martes, 25 de marzo de 2014

Amputadme la empatía


Cuando exista una expresión que represente mejor que "hasta el coño" el sentimiento de estar hasta el coño, avisadme, y salvadme el glamour que hoy pierdo entre la eñe y demás teclas. 

Intentando reflexionar sobre los estados anímicos, la depresión de los domingos, los problemas de comunicación, los estilos pasivo-agresivos y alguna que otra mierda que dice Bucay y Coehlo en fotomontajes de chicas mirando al vacío, me doy cuenta de que estar hasta el coño es un padrenuestro emocional. Será por ser mujer, por subnormal o autoexigente, será porque de pequeñas no nos dieron muchos besos, o porque lo que nos dieron fue una pedrada en el corazón, un día decidimos pensar que entender el por qué la gente hace lo que hace tiene más ventajas que inconvenientes. Y, ay almas de cántaro, AY.

Yo a veces rezo por que me amputen la empatía. Y poder mirar a los ojos a los mascotas sin dueño, enfadarme sin sentir culpa y al menos así poder identificar ese punto medio entre lo que necesito y lo que debería necesitar. Porque es que yo no me aclaro,  no me encuentro. Y al final es a mí a la que no sé entender.

Y es que entender al otro a veces es más jodido que no entenderlo, aunque para escribir esto trate los preceptos de la inteligencia emocional como un calcetín sucio. Que me digan a mí y al overbooking de psicópatas en el mundo, por qué ellos y la gente egoísta al final se llevan el top 3 de éxitos laborales, satisfacción vital y el menor índice de estrés y cáncer. Y encima tienen el pelo bonito. 

En serio, que me amputen la empatía. Porque entonces, encontrar el fundamento de mis necesidades será más fácil que lo que ahora para mí parece una jodida Gimkhana de la Once, cuya única compañía es de perros callejeros que te miran como niños de unicef y gente que hace el perro porque mover el rabito es mucho más fácil que ayudar a otros a levantarlo. Que me amputen la empatía, en fin.

Porque el puñetero drama de la sensibilidad, al final no es tener los días impares el corazón roto, sino aguantar con tu corazón roto esa mierda de entender al otro hasta el punto de culparte a ti misma por tener ganas de llorar. Menuda pequeña jodida mierda. 

jueves, 22 de agosto de 2013

Enamorrndnncmdkdkjdjdjd

Hay personas que durante toda su vida se especializan en sobrevivir sin ser queridos. Sin sentirse queridos o serlo así tal cual, a lo loco. Y el caso es que, cuando llega alguien que los quiere así igual un poco, paradójicamente, su mundo se descoloca y se vuelven animalicos indefensos ante un mundo mucho más terrorífico del que conocían hasta entonces. Ratillas que pasan de un laberinto a un Marina d'Or. Ornitorrincos en una peluquería. Fans de la Pantoja en un puto Dcode.

Y sienten que su autosuficiencia peligra, su corazón pierde el alicatado con el que cubrieron su pared. Sienten eso de tener miedo a que el otro se muera, pille cáncer, frío por las noches y toda la pesca. Sienten eso de querer hacer cosas con el otro,  dormir, ir al Lidl, al Tívoli, a Cuenca. Sienten eso de sentirse adolescente en un capítulo de Sensación de Vivir. Sienten eso de lo que viene siendo querer matar a todas las zorras que quieran acostarse con él o le toquen el pelo. Lo típico.

En fin. Toda esa bonita mierda.


miércoles, 24 de abril de 2013

El fin de las tetas pequeñas



No puedo evitar sentir como el que está luchando en Vietnam (aunque yo nunca he luchado en Vietnam) al ver cómo, una a una, todas las tetas pequeñas que conozco van desapareciendo a mi alrededor. Pobres tetas pequeñas, me digo yo, que terminan en los álbumes de fotos que se hacían sin filtro, escondidas junto a las plataformas y cintas de cassette, borradas de Facebook (si no había un jersey gordo que las disimulase) o metidas a la papelera de reciclaje junto a las películas que ya has visto y las fotos porno que te da vergüenza tener.

Pobres tetas, me repito. Pobre de lo pequeño que pierde gracia. Pobre de todo aquello que se ve pisoteado por las modas, los trendic topic, por lo mainstream (que todavía no sé lo exactamente ni lo que es). Pobres de los sujetadores talla 80 que se quedan en el bidón de Madre Coraje esperando ser cogidos con pena o encontrando otras tetas pequeñas que les den un futuro mejor.

Y es que no puedo evitar sentirme como la que está en un colegio de chicas (aunque yo nunca he ido a un colegio de chicas) y ve a sus amigas cantando la última de las Spice Girls, y ella ni quiere cantar ni quiere escuchar a las Spice Girls porque piensa que las Spice Girls son muy ridículas y muy putas y en el fondo sus compañeras de clase lo son mucho también y se queda en el recreo sola escribiendo en un cuaderno sobre la falta de valores adolescentes en los colegios de pago al final de la EGB.

Así que me da como pena sentir que, cuando llega el verano, cada vez más de mis amigas parecen azafatas de Valerio Lazarov. No puedo evitar buscar a mi amiga detrás de esa mamachicho, queriendo gritarle a sus tetas ¡devuélveme a mi amiga!, mientras bajo el sol las miro y me pierdo en el vacío absoluto con el que me comía el bocadillo en el recreo y pensaba que, en el fondo, no ser guay era más guay que serlo. Me ensimismo en el (ahora) canalillo de lo que antes veía como unas tetas personales y en la actualidad observo como dos bolas con las que gastar botes de aceite Johnsons y rellenar los modelos del Bershka. Y me pregunto: ¿dónde quedó el inconformismo? ¿dónde la seguridad en ti misma? ¿dónde la resistencia a los valores superficiales? ¿dónde? ¿dónde?? EH???

Y yo en el fondo me siento mal. Me siento fatal. Y no porque tenga las tetas pequeñas y mi único recurso para tener canalillo sea abrazarme fuerte juntando los codos. Porque A VER, hostia, arriba la libertad de expresión, de operación y de “quiérete mucho a ti mismo delaformaquetesalgadeloscojoneshacer", ¿no? Que quien no quiera cambiar su cuerpo que tire la primera faja. Que juzgar es más feo que las tetas pequeñas (y que las tetas grandes también).

Pero la realidad es triste. Las tetas pequeñas desaparecen al mismo ritmo que desaparecen los valores reales que van más allá del postureo, el gafapastismo, o el feminismo de palo. Porque de la misma forma que detrás de una camiseta de Stop Desahucios hay alguien que se supone que defiende  esa causa, detrás de unas tetas de plástico hay otra distinta reivindicación.

Quizá aceptar la diferencia en un mundo en el que todos queremos ser guapos, sea un gesto de excesiva hipocresía. Quizá en el fondo yo de adolescente también quería ser Mel C y cantaba el wannabe. Quizá solo esté decepcionada con cómo gira el mundo. Quizá los verdaderos complejos insolventables los tenga yo. Evidentemente cruzo los dedos, los brazos y codos y, con mi falso canalillo, rezo por seguir siendo fuerte y defender la forma menos fácil de combatirlos.

Pero, EH: mujeres del mundo con tetas pequeñas, no os rindáis. O al final me tendré que operar también yo.

lunes, 22 de abril de 2013

Sobrevivir a la vida



Sobrevivimos nuestro parto, a infancias con aparato y motes de colegio. Sobrevivimos a comer lentejas, a vestir ropa color rosa, a los gritos de mamá. Sobrevivimos a las enfermedades de los otros, a las hombreras y medias de rejilla, a la muerte de nuestra amiga, a que se rompa el router. Sobrevivimos a Jesulín cantando, al divorcio de nuestros padres, a la ruta del bacalao. Sobrevivimos al final de Lost, al 11 M, al 11 S, a los maridos que nos pegan, a Jorge Bucay. Sobrevivimos a Gran Hermano 13, a Splash a Se llama Copla. Sobrevivimos a las albóndigas de Ikea. Sobrevivimos a la puta vida. Y a lo que más nos cuesta sobrevivir es a convivir con nosotros mismos. Porque decidme si el peor atentado no es nuestra puta mente. Esa mala forma de pensar las cosas, que nos hace olvidar que la vida es eso de sobrevivir a todo lo realmente terrorífico que vamos evitando en el camino.

Vivir no es más que evitar la muerte. Esquivarla como te dejen y puedas, mientras dices Ola ke ase a lo que vas encontrando por ahí. Pero nos dictan aquello del sentido de la vida desde que comemos con Espinete, como si todo lo que nos queda por recorrer tuviese un verdadero objetivo. Un porqué. Un para qué. Y yo me pregunto mientras como galletas si el único objetivo es solo sobrevivir. Superar el medio. Porque el fin es superar los medios. Y lo jodido es que esos medios a veces nunca justifican el fin.

Porque dime tú a mí, en según qué casos, si está justificado todo este devenir vital, todo ese pagar hipotecas, ponerte a dieta, saberte los ríos de España, opositar, trabajar, dejar de trabajar, buscar trabajo, actualizar Facebook, seguir buscando trabajo, volver a estudiar, declarar a Hacienda, amar, putear a Bárcenas, desenamorarte, putear a Urdangarín, tener hijos, tener cáncer, tener miedo, tener depresión, estar hasta los cojones, querer tirarte por la ventana, no hacerlo, ver cómo se tiran otros, ver cómo los tiran otros, ver que otros mueren, ver cómo otros viven, sentirte muerto, preguntarte el sentido de la vida, comer galletas… y mientras tanto, por momentos, solo en algunos momentos, tener la sensación de que a veces eres feliz. Y luego decir: no, espera no, feliz no era, me he equivocao.

Que eso, que me pregunto si todo esto de la vida realmente tiene sentido, porque yo lo busco, lo pregunto, lo pido, lo intento hasta comprar. Miro en los bolsillos, en la mirada de un perro, en las bolsas de plástico que se mueven con el viento como en American Beauty, en American Beauty, en el resto de películas, en el amor, en correr, en el sexo, en las drogas, en Leonard Cohen, en las bolsas de pipas, en la nevera, en el tarot, en la India, en alguna aplicación del iPhone, en las fotos de mi comunión. Como un ratón en un laberinto, como un niño en a una gymkhana, y no encuentro el sentido. No.

A veces rezo. A veces rezo para recordarme que quizá cuando nos muramos encontremos una fiesta sorpresa al final del túnel, con Dios y toda la peña muerta, con Elvis y Kenny G bailando suave suave su su suave,  y ya allí nos lo explican todo. Y entonces nos reiremos. Y nos darán palmadas en la espalda mientras decimos: “Ahh, coño, eso era”. A veces pienso eso. Luego termino de rezar y veo que todo sigue igual, y que no me he muerto, no ha venido Dios a verme ni nada. Y que no queda otra que seguir vivo por aquello de que morirse sin venir a cuento no está bien visto y tal. Que la vida es esa fiesta a la que tienes que ir por cojones y si no bailas te jodes, y si te vas a la francesa terminas manchando todo de sangre y quedas muy mal. Y digo: pues qué putada todo, voy a por otra galleta.

martes, 26 de marzo de 2013

Dios no está en los bares

El otro día, un hombre con alto grado etílico, en el típico bar de hombres con alto grado etílico, se dirigió a mí para hablar de Dios. Y yo, le escuché. Y también hablé de Dios. 

Me gustan esos bares. No los frecuento, aunque admito que disfruto cuando, por la razón que sea, entro a tomarme un vino y una tapa sentada en una barra con hombres que me miran como si fuera una muñeca y hubiera caído en el sitio (y también un poco en el mundo)  por equivocación.

Me gustan esos bares, digo. Y me gustan esos hombres. Me gustan no como la que se los quiere llevar a casa, sentarlos en el sofá o meterlos en cama. Me gustan porque me parecen una muestra de autenticidad y un ejemplo de que Dios es la Mercedes Milá de un Gran Hermano magnífico, que nunca nos paramos a observar desde dentro. Desde esos bares. Desde esas banquetas altas donde se suele hablar de Dios.

Me gustan esos bares, decía. Y me gusta también hablar, más aún de Dios. Ese hombre, agarró el tema de Dios como el que saca un libro de Dostoievski y lo deja caer en medio de un quiosco. Como Tarantino poniendo encima de la mesa una pistola en medio de una cafetería donde suenan de fondo  los Beach Boys.

Con su ceroconmuchos  grados de alcohol en sangre, este hombre abarcó a Dios con la falsa grandeza que te otorga el whisky Dyc a las cuatro de la tarde, agotando a los cinco minutos todos  los pasajes de la Biblia con los que teorizar sobre la vida, su sentido y su sinrazón. Pero en el minuto 6, Dios pareció dejarle de lado, y se quedó con su mirada perdida en la barra, su ineficacia en la pronunciación  de sílabas y su vaso de tubo orientando el pulso de su mano. Como un niño que, queriendo jugar con los mayores, se da cuenta demasiado tarde de que a lo mejor hubiese sido mejor que le hubieran dicho que no. Dios le dejó en el banquillo, pensé.

Me quedé con él, hablando de otras cosas. Más mundanas. Más de estar por casa. Hablar de Dios es primera división, pensé también. Hablamos de los hijos. De su mujer. Hablamos del alcohol. Y pensé y no le dije que creo que Dios es ese árbitro que nos saca la roja sin saberlo. Que el banquillo es un sitio lleno de copas, drogas, heridas y vacuidad. El banquillo de Dios está lleno de personas que no saben jugar a la vida, que les queda grande y buscan refugio. Y terminan en sitios como ese bar.

Lo pensé y no lo dije. Pero le miré con la empatía con la que te mira el fisio que sabe que tienes una lesión que va a retirarte. Y le miré también obviando que lo que bebía y le ahogaba era su whisky Dyc. Y ahí, en el minuto 17, también sentí que el que nos miraba a nosotros puede que fuera Dios.

Pero Dios no está en los bares. Y si lo hace no se sienta, ni bebe whisky ni habla de sí mismo. Dios es entrenador y árbitro. Y muy listo y muy cabrón.

Pues eso.

lunes, 18 de marzo de 2013

La vida se hace bola

A mí es que la vida se me hace bola.


Me acuerdo de mi primo el pequeño. En casa de mis abuelos, a la hora de comer todas las miradas se centraban en él con angustia. Comiese lo que comiese sus mofletes se llenaban de materia infinita y, por blando que fuera lo que había en el plato, por pequeño que fuese el trozo llevado a la boca, todo lo que masticaba, por arte de magia, se hacía más y más grande, mi primo se convertía en un hámster y todos le miraban con angustia y desesperación, animándole a tragar aquello que por bueno que estuviese adquiría un sabor traumático a los ojos de todos los que le animábamos a deglutir. Un coñazo de comida. Un espectáculo. Un horror, vaya.

Y es que a veces la vida también se te hace bola.

Y hay realidades que no se pueden masticar. Hay realidades que la vida te las mete en la boca y te obliga a tragar mientras te pregunta cosas, te da palmadas en el pecho o te obliga a decir "Pamplona". Hay cosas que uno vomita y se tiene que volver a tragar, así en plan perrico por hambre o porque alguien le ofrece dinero por hacer esa asquerosidad. Hay realidades que parten los dientes y luego tienes que recogerlos por el suelo y sonreír. Y después, hay realidades muy simples como las que le daban a mi primo, realidades tan fáciles como los fideos, que en determinados momentos también se te hacen bola. Y entonces, te observas a ti misma, ahí, dándole vueltas a la sopa de letras, formando y teorizando palabras, masticando el caldo y diciéndote a ti misma: "lamadredelcordero, traga ya de una vez". Con la garganta bloqueada de tu propia presión. Y ganas de escupirlo todo y decirle a la vida: estoyhastaelmismísimodenopoderelegirloquequierodecomer.

Pero en fin. Mi primo el cabrón aunque fuese viendo los dibujos, con toda la familia mirando en plan jurado de Splash, o con un petisuis puesto delante del plato a modo de zanahoria al final del camino, al final, al final, tragaba. Y nosotros, pues mira, también.

Que si la vida te pone lentejas aquí no te equivoques, que no las dejas. Y lo único que te queda es acostumbrarte desde el principio a sentarte, poner buena cara, echarle ketchup a lo que no te gusta y en la medida de lo posible nunca dejar de masticar. Y empujar la bola aunque sea con gintonics.  Que en la cocina solo entra Dios. Que Dios es esa madre que no se quita el delantal nunca. Esa que con los restos de todo hace croquetas. Y que aquí el que no traga, muere, de hostias, de pena o de inanición.

Pero qué queréis que os diga, hoy yo es que no tengo ketchup, no veo el petisuis y no tengo tele. Y a mí es que la vida se me hace bola.

jueves, 7 de marzo de 2013

HOLA



Un año y medio después: Hola. Una vez alguien me dijo que cuando uno empieza algo ya tiene la mayor parte del trabajo hecho. Y yo con un hola empiezo más o menos todo. Con un hola y poniendo ojitos. Así que, nada: Hola.

Un año y medio después me siento aquí delante y reflexiono sobre lo que me hizo dejar de sentarme aquí delante. Y volviendo al post anterior, sobre los miedos y el tic tac y los tiempos y todoesesermónqueosechésuperbonitoyverdaderoyauténticamenteimportante, pues todo eso que dije, me lo pasé por el forro. Básicamente. (He intentado buscar sinónimos para “forro” pero comprenderéis que era peor el remedio que la enfermedad).

Total, que me doy cuenta de que dejé no solo de publicar sino de escribir cosas porque me entró un ataque de inseguridad en mi aptitud narrativa y  una ola de pudor y autocensura basada en el soberbio axioma de “si no lo haces bien, no lo hagas”. Porque claro, yo no soy escritora. De hecho, no sé lo que soy. De hecho, no sé si soy algo. Pero, de hecho: ¿es que alguien lo sabe?

Pues eso, la inseguridad. Y esa inseguridad sobre la propia competencia viene de mano de personas imaginarias que se ponen en miniatura en tu hombro y te susurran: “Quilla, ¿qué haces? / Pff valiente porquería que estás haciendo… / La mediocridad hay que erradicarla del mundo. / Y tú quieres escribir? / Y bla bla bla”. Personas que en un momento dado de tu vida te muestran una manera de entender el mundo basada en unos rígidos criterios de lo correcto y lo incorrecto, de la calidad y la mediocridad, de lo que es o no talento... que identificarás por su capacidad de deslumbrar al personal con su uniforme de seguridad en sí mismos y de provocar en quien les escucha una sensación de volverte más insignificante que un trocico de pan en el catering de la boda de Alfonso de Borbón.

Esa gente a veces levanta grandes imperios y provoca modas, religiones, ideales o genocidios. Pero, ¿realmente hacen bien lo que hacen? ¿Realmente el éxito o reconocimiento que tienen está ligado a su competencia? ¿Realmente es importante tener competencia en algo para hacer lo que te salga de los cojones? ¿Realmente cuando haces lo que te sale de los cojones tiene derecho alguien a decirte lo que le sale de los cojones? Sí. Puede. No sé. Yo qué sé.

El caso es que yo he vuelto a escribir. Con mi teclado con restos de pipas. Con mi pijama de Hello Kitty. Con mi complejo de que el mundo es demasiado hostil para mi falta de talento y fragilidad. Y vuelvo a escribir porque al final me he pasado por el forro lo que determinadas personas imaginarias me dicen por encima de mi hombro. Porque en el hombro también se queda la caspa y porque hasta la caspa tiene derecho a caerse y escribir lo que le dé la gana. Porque si todos hiciéramos solo lo que se nos da bien hacer, el mundo sería un lugar lleno de Ristos Mejide señalando con el dedo, y porque al final de lo que se trata es de tolerar que uno nunca podrá ser ni hacer nada perfecto. Que la mediocridad es una genialidad, según la escuadra y el cartabón que la mide, y que estamos en el mundo para hacer, con todos los respetos, loquenossaledeloscojoneshacer. Y a mí lo que me sale es esto.

miércoles, 8 de junio de 2011

Tic tac tic tac

El mundo se divide entre los A. cobardes, los B. supercobardes, los C. caguicas y los D. acojonados. Así es. Bueno, no vamos a ser tan simplistas, reconozcamos que existen puntualizaciones. Por ejemplo, entre el subgrupo de los cobardes, estamos los A.1: cobardes que disimulan serlo, los A.2: cobardes que aparentan precaución y los A.3: cobardes con justificación. Las subcategorías relativas al subtipo de explicación que pueden dar a su cobardía ya daría para un sinfín de A.subtreses que nos sumergiría en un maremagnum de causas que a todos nos suenan. Y es que el miedo es el peor cáncer de las capacidades del ser humano. Donde a todos nos salen metástasis en cada nuevo reto que afrontamos, en cada arruga que encontramos, cada escalón que nos tropezamos, en cada ex que nos cruzamos, o cada moco que nos sacamos.

Quizá el mayor miedo que le guardamos a la vida consiste en el propio vivir. Nos da miedo alejarnos de lo que nos da seguridad, desde que levantamos dos palmos del suelo. Tenemos un tembleque de piernas programado neuronalmente para que no se nos ocurra hacer tonterías que pongan en riesgo nuestra integridad (física, psicológica, emocional…). Pero es que esa integridad, muchas veces, sólo se conserva metiéndote en una urna de cristal donde tu vida a veces se convierte en el día a día monótono que tiene un pájaro enjaulado. Donde decir pío es lo más emocionante que uno puede hacer.

Tenemos miedo a vivir. A sentir. A pensar. A crecer. Miedo al cambio. Miedo a todo lo que suponga esfuerzo. Porque somos animalillos. Que nos quitan la correa y nos desorientamos. Sin saber si nos dejamos acariciar porque nos pica el lomo o necesitamos cariño, si enseñamos los dientes porque viene un perraco con mala pinta por la esquina o porque acabamos de estrenar el cepilllo eléctrico Oral B.

El peor de los miedos, sin duda alguna, es el miedo a intentar ser lo mejor que podemos ser. El miedo al esfuerzo por uno mismo. El miedo a levantar la cabeza y ver algo más allá. El miedo a aprender. El miedo a saber. El miedo a saber y querer saber más. Y este miedo se nutre de un sinfín de interruptores que ponen en OFF la capacidad de razonamiento humano. Porque desconectar la mente es el mejor anestésico contra el dolor que produce asomarse a la realidad. Y la realidad es que la vida pasa una vez y cada letra que lees eres un segundo más viejo. Una palabra más que te acerca al momento de tu muerte, o la de tu madre, la de tus piernas o tu razón. Una línea menos que te separa del punto en que ya no puedes o no quieres hacer más.

Y tu vida pasa y dejas que Telecinco se coma el tiempo que no te sirve de nada. Ese tiempo que transforma los músculos que hoy te permiten cosas, en dolores que maldirán lo que en su día pudiste hacer. Tu vida pasa mientras lees actualizaciones en Facebook que no te importan una puta mierda. Tus ojos pierden dioptrías a ritmo de clic sobre páginas que acumulan celulitis en tu muslo inferior. Tu vida corre y no te espera. Tu vida se caduca mientras dejas la juventud tirada entre personas que no compensa mirar si en realidad no te conocen. Mientras vacías la nevera sin sentido, matando el tiempo que le restas con tu amistad al colesterol. Tu vida se inmuniza de percibir lo verdadero mientras intentas escapar de ella a golpe de droga o puño cerrado. Tu tiempo se escapa mientras intentas escapar de lo que te ofrece. Y cada paso que el tiempo da, un camino más se cierra ante tus pies. Porque tienes tanto miedo de vivir tu vida, que prefieres que ella te encuentre a ti.

Porque el tiempo sólo es tuyo si lo sabes utilizar. Y el miedo es el sueño que lo acelera todo. Ya es hora de despertar.


Despierta.

lunes, 30 de mayo de 2011

Abuelos en el AVE

Me acompañan en la vuelta dos yayos manchegos. Ella se santigua cuando arrancamos. Él comenta cada canción del hilo musical. "Esto es música gallega" dice ahora. La música no es gallega ni de lejos, pero suelto un "sí" muy convencida. Hace un frío que pela.

Ella se manga unos cascos de más y me observa el escote. Se aguanta las ganas de combatir mi delgadez. Piensa que no como potajes y no deja de sonreír. Cruza los brazos sobre su barriga en ese modo que sólo las abuelas hacen. Es canija pero sus rodillas son de anchas como el muslo de Beyonce. Sus varices hacen dibujitos que me dan ganas de tocar. 

Él tiene dientes postizos que se le mueven un poco cuando pronuncia algunas letras. Lleva un sonotone y huele a Brummel. En el bolsillo de su camisa tiene un pañuelo de tela muy bien planchado y un boli del PP. De su mariconera asoma un Nokia antiguo que mira con desafío de vez en cuando. Me entran ganas de saber qué más guardan dentro. Apuesto mi vida a que llevan caramelos Respiral o Werthers original.

"Olivos" dice él mirando por la ventana. Tardan muy poquito en dormirse. Él muy solemne, con la mano sobre la mesa. Ella con esa cara de complacida resignación. Me encantan. 

viernes, 13 de mayo de 2011

Running 38 de fiebre

Tengo mocos. Y mi voz, ahora entre apitufada y gangosa, deja atrás su habitual tono para pasar al modo Epi. O Blas… (que nunca me aclaro cual es el que habla bajito). Me duele la cabeza rollo ‘estoy a 80 metros bajo el agua’ y siento mi cerebro abrazado fuerte por su novia celosa: la presión intracraneal. El ibuprofeno se vuelve mi compañero de tienda en esta acampada por el bosque de lo que no distingo como alergia, resfriado o gripe A.

Pero me niego a aceptar la realidad, me enfundo las Mizuno y me disfrazo de persona saludable con más defensas que un palé de Actimeles en el camión de descarga del Carrefour. Avanzo por mi hogar con paso firme. Mi madre me mira estupefacta preguntándome una y otra vez qué hago, mientras esquiva en el pasillo los pañuelos de mocos que los bolsillos de mi chaqueta desprenden sin ton ni son. Como si de un momento crucial de telenovela se tratase, extiendo el brazo hacia ella inclinando mi cabeza hacia el otro lado y sostengo un 'NO ME FRENES. Estoy estupendabente. Nada se interpondrá entre los kilóbetros y yo.'

Así que, superdigna, con mi chaqueta de falsa impermeabilidad, ante mi perra artrítica con un ojo cubierto por el tercer párpado ese que tienen los perros, y mi madre negando con sus labios apretados pintados del tono que yo denomino 'rosa puti', atravieso la puerta… y me voy.

La brisa aterciopelada me mueve los pelos que se escapan de las horquillas del Todo a Cien, que parecen desaparecer de mis cajones como si tuvieran patas. Mi garganta percibe las moléculas de aire como si tragase tuercas de pendientes oxidados. Los pelos de mis piernas que han logrado escapar a la implacable Silkepil, se erizan cual gatico viendo a Lobezno pasar. Mis músculos me mandan faxes en braile, diciendo que en la despensa quedan Oreo falsas y que en la FDF vuelven a reponer Friends. Mi mp3 se enciende levantando una ceja, cegándome al informarme de la hora con su imperceptible tono ‘azul foco de ovni’. Y los auriculares se topan con mis oídos taponados por el sobrestock de mocos que ya no saben por dónde salir.

Paso por la basura, y una tele de plasma descansa triste como un muñeco abandonado de Toy Story, esperando que un voluntario la lleve bajo su axila silbando bajito hasta su salón. Mi vecino el guapo pasea a su perro en dirección contraria y hace un amago de hablarme. Las farolas fundidas me trasladan a un momento de escena chunga de Stephen King. La hora punta de los secuestradores de corredoras resuena al ritmo del afónico reloj de la iglesia. Los calcetines me pican. El sujetador me aprieta. Un gato maúlla y las cacas de perro amenazan en mi camino hacia el asfalto en la oscuridad.

Mañana, todo mi entorno me dice que estaré muerta. Pero hoy, por mis cojones que yo salgo a correr.

 

lunes, 4 de abril de 2011

Estar habiéndome ido

Siete claves que dan sentido a los pasos que hoy no quieren moverse. Siete trozos de cristal que componen algo roto. Siete puntos suspensivos que permiten respirar.

1. Hay luchas que se encuentran entre palabras, entre las teclas, entre tú y Dios, algunas forman un juego, un puzzle sin solución. Hoy sólo quiero escuchar el silencio que hace mucho tiempo sólo me daba la almohada. Los gritos ajenos me rompen la voz.

2. Algunas personas definen su ser sobre un cuadro descolgado. Forjan su identidad en trazos bruscos y siempre oscuros, y sienten perder su esencia estando entre los demás. La tristeza es causa y consecuencia de un círculo absurdo, mucho más fácil de andar sin una Black&Decker y tornillos en mano. Porque crecer duele. 

3. Tantas visiones de la realidad como ojos miran este mundo. Ojalá el brillo de unos pocos fuese capaz de restar hipermetropía a tanta ceguera de la razón que tacha de ilusas muchas verdades. 

4. El viento a veces nos despierta, nos enfurece, nos empuja... Y la misma fuerza que hace llegar a ti una pluma perdida, se la lleva dejándote sólo el recuerdo de su tacto. Barcos que se mueven soplando o plumas que pesan como losas de hormigón. Nunca nada se queda en el exacto mismo sitio.

5. El orgullo es frío y triste como un hielo perdido en el suelo de la cocina. Cuando se derrite es una mancha similar a un pipí de perro o un descuido a la hora de fregar. La soberbia es el golpe seco de ese saco de hielo que escupe escarcha, congelando el silencio que se crea alrededor.

6. Jamás acostumbro a cerrar puertas, a no ser que se golpeen o me traigan frío. La misma libertad que concedo a mi perra para que monte guardia en mi alcoba se la doy a todo aquel que me sepa cuidar. Ella siempre está ahí cuando me despierto.

7. El exceso de lógica es a la felicidad lo que el exceso de normas a la libertad. La verdad no llega a los que no dejan de buscarla. El talento no existe si no encuentra aplicación. 

miércoles, 30 de marzo de 2011

Es el Festival

Mientras espero en un banco a una amiga en pleno centro, me doy cuenta de que estamos en la estupenda semana del estupendo Festival de Cine de Málaga. Tachán. Y no ha sido porque me haya encontrado a Hugo Silva, a la hija de Marisol o al nuevo vocalista de los 'Khaggcres weikin sky on the floor"  caminando sobre el mismo suelo. Más quisiera yo, que viniese aunque sea Rossi de Palma a sonarse un moco a mi lado con tal de haber evitado esa submunda realidad en la que me he visto metida en esta estupenda tarde de este estupendo festival.

Iba yo semitrotando sobre la acera, con unos leotardos manchados de restos de Licor del Polo, pelo suelto sin peinar desde ayer y un pañuelito de perretes raros que parecen alimentados en Bosnia Herzegovina. Iba mona, a la par que sencilla, a la par que en modo "odio vestirme de profesional cuando soy igual de profesional cuando voy en pijama". Total, que iba caminando por la calle, sumida en mi normalidad estética y actitudinal... cuando de repente veo llegar a una manada de adolescentes con el pelo como sacado de un anuncio de Pantenne pro V, las medias con brillo nivel piernas de Aída Nízar y maquillaje para disfrazar en Halloween a 6 camellos.

Buscando coherencia he sacado el reloj (por si he cambiado la hora mal), las he mirado mejor por si eran las Pussycats dolls o algún grupo estrella del Pop a punto de dar un concierto, las he vuelto a examinar como buscando una razón coherente por las que quince quinceañeras fuesen dando tal espectáculo una tarde cualquiera por las calles de Málaga... y, abrumada por la cantidad de "o sea´s" en su vocabulario, obnubilada por el brillo de joyas en proyectos de pechos que ya casidoblan los míos, colapsada por profundas teorías sobre la clave del atractivo de Mario Casas... he dicho: ay coño, que es el Festival.

Confirmando tal hallazgo, he encontrado en mi campo visual varios ejemplos del género de los llamados MCCQIDQTLAAF"Modernos Con Chapitas Que Informan De Que Tienen Libre Acceso Al Festival". Identificaciones que llevan para hacer la compra en el Supersol, para ir al wc, para pasear por las calles, los boulevares, las avenidas, para sacar al perro, echar gasolina, para barrer su patio, para ir a visitar a su abuela a la residencia, para poner lavadoras, para tenderlas, para comer pipas, caramelos, espaguetis, lacitos. Para todo. Para todo. No sea que haya un habitante a 87 kilómetros a la redonda que no se haya enterado de dónde cojones trabaja. Hombre: coño, que es el Festival.

Así que nada, con mis leotardos manchados, mis uñas con lo que un día fue esmalte, mi pañuelo estampado de perretes desnutridos, el pelo desestructurado y mi cara de: coño, que es el Festival, me he ido alejando de esa curiosa escena. Con mi sensación de pseudo homeless, sin chapita identificativa, sin maquillaje, sin estilo ni tacón suficiente y sin cultura televisiva para distinguir a un actor del Internado de otro de Pasión de Gavilanes, he huído de la marabunta de gente guay que rodeaba mi microsistema. Dejando atrás conversaciones estupendas, denso olor a Amour Amour de Cacharel y cierta incertidumbre de no saber si tras la esquina hay algún actor que le diese sentido a toda esa escena... he visto a mi amiga y le he dicho: Sofi, pordiosbendito, sácame de aquí, coño, que es el Festival.

martes, 8 de marzo de 2011

Palabras que me sostienen

Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un letargo en el que yacía mucho antes de dormirse. Se despertó entre letras y significados que tenían una forma simétrica, con una textura firme pero flexible a la vez. La extraña caligrafía de las palabras componía un trazo de líneas paralelas, unidas por puntos, compuestas de subpuntos… cuya distancia tendía al lado opuesto del infinito. 

Miró a su alrededor. Las palabras eran blancas sobre un fondo negro. Un fondo como el vacío o como el fondo del mar. De pronto tuvo miedo. Esa composición simétrica tejida cerca de ella desprendía un brillo luminoso y roto. Como el que refleja un cuchillo que se agita a lo lejos. Siguió leyendo. La curiosidad tiraba de ella recorriendo esas líneas blancas, paralelas, afiladas, donde por un segundo en ciertas esquinas veía su cara, fruto de espejismos, o de espejos quizás. Cerró los ojos un momento. Y su alrededor cobró forma. Era una tela de araña. Cuando quiso darse cuenta, un extraño sueño la devolvió a un lugar donde el tiempo dejó de pasar.

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Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un lugar donde el tic tac de su reloj no se escuchaba. Sólo se escuchaba el mar. Los destellos que la alcanzaban eran reflejo de las olas. Estaba tendida en una superficie tejida de letras y significados con forma simétrica, textura firme y flexible a la vez. Reconoció la caligrafía. 

Miró a su alrededor. El miedo se había ahogado en el fondo del vacío que ahora sentía lejano, a muchos metros por debajo del papel que le permitía flotar. La movió el ronroneo de la marea. Siguió leyendo. Con un sentimiento familiar extraño, reconocía los significados que la envolvían. Cerró los ojos y se vio. Un barco de papel la sostenía. Sobre él, ella: un dibujo. Un dibujo hecho de esos colores que solía ver cuando empezaba a soñar. 

El tiempo volvió a pararse.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un cuento ya escrito

A veces me siento en un cuento que está ya escrito. Un cuento que al pasar la página esconde un giro que, por alguna razón, presentía. Y sonrío, leyendo mis pasos hacia un lugar ya visitado. A veces me siento en un cuento ya escrito.

A veces busco personajes de mi cuento que sé que existen y todavía no están. Todavía no tienen una página donde leer su nombre, donde den pistas de su aspecto y las comillas escolten sus palabras. Los busco, sin saberlo. Pasando las páginas esperando, como quien espera en el portal de alguien que está por llegar.

A veces un personaje desaparece de tu vida. Uno de esos cuya presencia parecía indispensable en toda la narración. Y desaparece, dejándote la sensación de que necesitas que la historia que lees no sea la tuya. Que se transforme en la de otro, en otra cosa. Donde las personas que se van, vuelven, donde todo tiene arreglo. Donde existe la posibilidad de que volvamos a ser los de ayer, en la primera página.

A veces crees que lees, crees que entiendes lo que va pasando, y cuando reparas, muchas de las hojas que se quedan atrás aparecen vacías. Como el que se duerme sobre un libro que no espera a que te despiertes. Y pierdes el hilo. Y el tiempo deja su peso sobre tu pecho mientras respiras cada vez más despacio, pensando en otras cosas.

A veces escribes páginas que crees transparentes, coloridas y regalas. Las subrayas y haces notas a un lado. Incluso dibujos para ilustrar. Y tras el esfuerzo, ves que nadie las entiende. Nadie lee tu idioma. Nadie. Gritando tu cerebro en qwerty lo que otros sienten como un simple teclear.

A veces siento que soy yo la que escribo. Mis pasos suenan a teclas, los objetivos tienen forma de postit y una noche tiene nombre de capítulo con canción. A veces un error tiene un número de página, y pasas una página con un acierto detrás. Porque el cuento redefine sus reglas como el juego que inventan los niños. Como intentando hacer que ganes, aunque pierdas sin dignidad.

A veces descargo la ira sobre un papel que no se rompe. Intentando arrancar palabras que se vuelven a construir. Y vuelvo atrás para saber donde me encuentro. Preguntando a los personajes quién soy. Me miro en espejos que sólo reflejan el color de la tinta. Me pierdo en las páginas como quien no entiende números. Y siento que el papel se deshace en el agua… nadando en la nada. Convirtiéndose en tal.

A veces me siento en un cuento ya escrito. Y me intento asomar fuera, buscando mi ubicación. Como queriendo encontrar mi estante, cuánto polvo me cubre, el color de la cubierta y si tengo separador. Consciente de mi locura, vuelvo de nuevo a mi sitio. Busco una página donde dormirme y encontrar el personaje que se supone que soy. A veces me siento en un cuento ya escrito.

viernes, 18 de febrero de 2011

Un boceto de mí misma


Últimamente no leo tanto como me gustaría. Tampoco estudio, ni corro, ni escribo, ni pienso… tanto como me gustaría. Y me debato entre mis expectativas y mi realidad. Como tantos otros. Tolerar esa lucha entre esos dos frentes, a veces no es combinable con buscar un punto medio. Sobre todo en personas cuyo idealismo les empuja a subir las peores montañas.

A mi alrededor siempre he visto mucha fe en que algún día seré algo importante. Esta imagen colma de refuerzo, aunque también de frustración. Me acerco a los 30 y todavía no sé si me acerco a ese “algo grande” de lo que todos hablaban.

Últimamente no leo tanto como me gustaría. Y mi yo inteligente, eficaz y encantador se cabrea ante el espejo contra mi yo mediocre, pasivo e insoportable. Se pelean y me ponen la cabeza como un bombo. Y me quedo entre ellos dos, poniendo orden, con las manos tapándome los oídos mientras intento poner la música, la televisión o la distancia a correr cada vez más larga.

Y si me quedo en ese camino entre mi realidad y mis posibilidades, me pregunto si no soy más que un boceto de mí misma. Me pregunto si soy un esquema de mi propia narración. Y me pregunto quién soy. Y lo que quiero. Y qué hago. Y con quién quiero estar… Luego me pregunto quién coño soy. Qué coño quiero. Y qué coño hago. Y con quién coño quiero estar… Y nada. Que no tengo respuesta. Y entonces veo la montaña de libros que tengo por leer, el temario de oposición que me queda por estudiar, las páginas del cv que me quedan por rellenar… y me digo: no soy nadie.

Y ese “no soy nadie” muchas veces está anclado en ese punto medio en el que se encuentra lo que eres. A mitad de camino entre lo que has hecho y lo que podrías hacer. En ese punto donde a veces se siente que no eres suficientemente brillante para ser alguien, ni suficientemente ignorante para no ser nadie. Como en el puto limbo de la cualidad.

No sé si me estoy dando de bruces con mi mediocridad. Me cuesta aceptar que pueda corresponder a esa mayoría de personas que representa ese llamado “ni fu ni fa”, “ni pa ti ni pa mí”, “ni chicha ni limoná”. Y quizá por eso, muchos de los que demuestran un día su talento, sucumben al abismo de las verdaderas cagadas. De la dicotomía intelectiva y emocional, optando por sacudirse de extremo a extremo, con tal de no rozar ese temido punto medio. Porque ese punto medio tan defendido por la filosofía y el refranero popular, en la práctica no vende demasiado. Ni para con uno mismo.

Pues sí. Últimamente no leo tanto como me gustaría. Ni corro, ni pienso, ni trabajo, ni hago todo lo que puedo hacer. Y pasa el tiempo y la montaña de libros la sustituye una montaña de óleos, tras una montaña de discos y luego una montaña de personas a las que llamar. Y me enfrento de cara a la realidad de que quizá nunca sea algo grande, quizá nunca llegue a derribar esas montañas que rodean mi autoconcepto. Esas montañas que tiran de ese talento que también adormezco con drogas o programas de televisión. Y me enfrento a la realidad de que esa lucha a veces deja de lado lo importante. Que en el medio de tanta montaña hay una persona. Que esa persona ya lleva muchas montañas subidas. Y que esa persona soy yo. Sin óleos, sin escritos, sin conocimientos, sin adornos… Que un día podría quedarme sin piernas y seguiría siendo yo. Sin trabajo y seguiría siendo yo. Sin cultura y seguiría siendo yo.

Creo que nos rodeamos de montañas porque necesitamos subirlas. Pero no porque haya algo en la cima. Y nos cargamos de una mochila enorme, donde metemos mucho de lo que encontramos en el camino. Y a veces en ese camino hay tanto esfuerzo que parece que nos convirtamos en lo que hemos subido. En lo que tenemos en la mochila. Y tanto peso, tanto peso no nos deja crecer.

lunes, 14 de febrero de 2011

San Valentín

Hoy es San Valentín. Para ser exactos San Valentín de los Cojones. También llamado San Calentín, San Regalín, San Corte Inglés o San Ballantines.  Tendríamos la opción de pasarlo por alto y decir que hoy es un día cualquiera, a no ser que pongas la televisión o te metas en unos grandes almacenes. Entonces amigo: estás perdido/a. Yo, de momento, no he vuelto a poner la televisión desde que vi el anuncio de una pizza en forma de corazón. A partir de mañana ya, si eso, la enciendo.

He hecho una propuesta vía Facebook. ROBAR los regalos para demostrar el amor. Porque el amor no se compra, porque ya compramos todos los días y porque me he imaginado los centros comerciales llenos de enamorados metiéndose cosas en el sobaco y no podía parar de reír. Me encantaría ver a Matías Prats esta noche contando la noticia. A lo mejor viene por esto el FBI (que por lo visto tiene a Marck Zuckerberg cogido por los huevos) y hacen una redada en mi casa. Pero como creo que la gente no me hace mucho caso, pues sigo mi idealista iniciativa. En contra del consumismo, a favor del amor y a favor de la coherencia en la manifestación del mismo.

Me han colgado esa foto de cupido amenazado con una pistola  y le he puesto un “me gusta” sin mucho ahínco. Porque la verdad, el dibujito hace gracia, pero creo que negarse al amor es de cobardes. Y que el miedo es el cáncer del crecimiento, ya sea éste personal, económico o social. El miedo nos hace pequeños. El miedo es el responsable de muchas heridas y mucha mierda que pisamos por la calle. Que por algo se dice “cagarse de miedo”. En el caso del amor, el miedo es el lastre que nos impide desde amarnos a nosotros mismos, hasta dejar que lo hagan los demás.

El miedo es como la voz esa de la abuela que dice todo el rato: ¡Cuidado no te vayas a caer!. Por culpa de lo cual, si nos crían así, al final vamos como de puntillas por el mundo, siempre con las bragas bien monas “no sea que nos vaya a pasar algo”. El miedo es responsable de que no seamos nosotros mismos. El miedo impide ponernos metas, porque no sabemos si podremos cumplirlas. El miedo nos obliga a disfrazarnos con trajes de tipo duro y una coraza de falsa seguridad. Y el miedo también nos hace jurar amor eterno, cuando lo necesitamos tanto que no aguantamos la idea de que se termine.

El ser humano es tan cobarde y tan soberbio que juega a prometer cosas que no están en su mano, como el amor. Nadie puede prometer que estará a tu lado, nunca. Y si lo hace, está hipotecando su felicidad, se convierte en un contrato, con lo cual el amor ya no es libre. Y eso precipita su fin. Luego viene el remordimiento por dejar a alguien, el enfado porque tú me abandonas o los socorridos cuernos/putadas varias para obligar al otro a que nos deje. Primero juramos y luego la liamos parda. Así funciona esto.

Y es que todo sería más fácil si entendiésemos el amor como lo que es: algo temporal. En realidad, todo en esta vida lo es. Todo se termina. Y es nuestra resistencia a aceptar eso, lo que nos lleva a aferrarnos siempre a algo. Si aceptamos tal clave, entenderemos que las personas entran en tu vida y algún día saldrán. Cuando se termine el amor nos enfadaremos con el mundo, pero no con el otro. Nos dolerá, pero no sufriremos. Cuando hablemos de la muerte lo haremos con naturalidad, como cuando hablamos de que un yogur se caduca. Cuando celebremos San Valentín, no nos saldrá sarpullido en contra del amor. Y cuando venga cupido a lanzarnos una flecha, no nos cagaremos en su señora madre. Y podremos comernos una pizza con forma de corazón sin un nudo en la garganta. Con la seguridad de que la pizza en un rato se termina,  se transforma a cuchillazos… y que, cuando nos sacie el hambre y pasen las horas, elegiremos otra cosa con la que acallar las tripas… Quizá tal y como pasa con el amor.

lunes, 31 de enero de 2011

Uno de mis mayores se va

Se ha ido don Francisco Bustamante. Y seguro que alguno buscará algún dato en su mente sobre un posible familiar de los de operación triunfo. Pero no. Paco es una de las decenas de personas llenas de arrugas, dolor de huesos y pastillas en el bolsillo que tengo en mi trabajo. Un taller de memoria es la excusa que encuentran para tener un sitio donde ir, sacar su cuaderno y ese niño que llevan dentro. Y encontrármelos cada día con su carpeta en la mano que no lleva el bastón, es la alegría más grande que tengo cada mañana.

Se les ilumina la cara cuando entran por la puerta. Vienen a pesar de un marido ciego que espera en casa, un luto sin cumplir o una retina a medio desprender. Los besos que me dan, aun cuando te manchan de Nivea o te raspan con sus pieles lija del 4, son como una manta de franela. Son mis niños disfrazados con arrugas. Y corregir esas láminas con letras faltas de cultura y ortografía de pequeñuelo es como un regalo bajo papel desgastado.

Después de la noticia de Paco he tenido que dar una clase mojada de tristeza. Tristeza de esa que no se seca. Tragándome el nudo en la garganta porque no me siento con derecho a sentirme mal. Y porque mi papel es rellenar los huecos que, la ausencia de Paco y sus duras vidas, van dejando cada vez más solos a los que quedan mirándome frente a mí. Y con su silla vacía, mientras les hablo de otras cosas, me planteo la sencillez de la muerte. Y me aplasta el pecho. Y mis dientes se aprietan como dejando en mi garganta la realidad de que Paco no vuelve. Y a los demás sólo nos queda echarle de menos y mirar hacia atrás.

Cuando escucho a la gente decir “yo no podría trabajar con mayores”, me da pena que se pierdan esto. Porque sentir que eres una persona importante en el último tramo de la vida de alguien no se puede explicar. Me llenan los ratos de momentos entre de Paco Martínez Soria y Muchachada Nui. Esas señoras con sus camisas estampadas, esos caramelillos que nunca te faltan, esos pañuelos sacados del escote, esas permanentes grandiosas, esos monederos sobaqueros, ese ímpetu por presentarme a sus nietos en edad de merecer… y esa filosofía vital como de cola del supermercado… me emblandece el alma.

He vuelto a mi casa y en el escritorio se me ha quedado una foto de Paco y yo. No me ha dado tiempo a dársela. Y a él no le ha dado tiempo a secuestrarme al próximo viaje del IMSERSO, como había prometido. Para colmo, el gangurrián me ha dejado el bolso lleno de trozos de romero que me trajo el otro día de su paseo por el campo… Me deja la memoria con contados recuerdos. Y aunque tengo miedo de que la imagen de su sonrisa desdentada, su palillo en la boca y sus ojos de chaval desaparezcan con el tiempo… sé que el tiempo que nos dimos nunca se podrá perder. Él hizo de los minutos que le di, algo grande. Y espero que lo sepa allí donde esté.

miércoles, 5 de enero de 2011

La Navidad

Las navidades son una tortura china para muchos de nosotros. Esa banda sonora del anuncio de El Almendro está diseñada específicamente para torturar psicológicamente a quienes no tenemos casa donde volver. O así lo sentimos. Los que tenemos familias  tocadas o hundidas bien lo sabemos. Y cuando llegan las fechas me toca gestionar esa sensación de ser un satélite sin planeta donde girar.

Yo en concreto, soy hija única de padres divorciados al levantar un palmo del suelo. Mi padre rehizo su vida. Mi madre la rehace cada dos por tres. Hasta mi abuelo tiene novia. Y yo voy dando tumbos de un sitio para otro en función de cómo sople el viento. Condenada por esa inestabilidad que mamé desde que comía potitos. Y en Navidad esa inestabilidad es la misma, con obligado protocolo y polvorones y mazapanes. Y sabiendo que los Reyes no existen.

Supongo que esa es la situación normal del ser humano. Estamos solos. Nacemos solos, morimos solos. Y todo lo demás son espejismos para intentar que esa realidad sea más llevadera.  La familia nos garantiza sobrevivir. Aunque sólo sea porque al principio somos muy monos y olemos bien. Nos enseñan a adaptarnos (mejor o peor) al mundo. E incluso luego nos avalan o nos vienen a buscar al calabozo si procede.

Pero no toda familia es esa que sale en los anuncios. Ni en las series de la Neox. En realidad casi ninguna. Y en Navidad esa disonancia cognitiva* se acentúa. Nos ensordecen con villancicos horteras, nos bombardean con luces paranormales, nos ciegan con envoltorios de regalo estridentes y nos avasallan con muestras de cariño familiar que, en mi caso, me dan más arcadas que una pota de risquetos. Y entonces, miramos nuestro salón, sin árbol, sin regalos, sin gente y el teléfono sin sonar y nos queremos morir del asco, sin saber porqué.

Chocar con lo que se espera de nosotros (y nuestras familias) es el día a día de esta cultura de “hagamos ver que somos felices”. Nos crían en un ir y venir de mensajes en los que ser guap@, exitos@, inteligente, sociable, hetero, cult@, casad@, con piso y con hij@s es la base de la integración. Si no, pobre de ti.

La Navidad es como una foto de familia en la que todos tienen que estar bien juntos y guapos y sonrientes y bien alimentados pero no gordos y con regalos preparados y me cago en la leche de cosas más por favor. Que si bajase el niño Jesús repartía ostias a diestro y siniestro preguntándonos qué cojones estamos haciendo.

Porque es que a mí me empiezan a temblar las piernas desde noviembre. Que ya se encarga el hilo musical del Mercadona y las luces de la calle de que no se te vaya a olvidar. Cualquiera se olvida. La madre que los parió. Y no digo más tacos que mañana vienen los Reyes Magos. Pero ahora que lo pienso a mí no me traen nada y sigo cagándome en la madre de todo lo que se menea en torno a la Navidad. Con fundamento. Y con perdón.

Mi conclusión y solución, que siempre lanzo a primeros de diciembre, es hacer un llamamiento a todos los ovnis cercanos a la Tierra, para que desde el 23 de diciembre al 7 de enero me abduzca alguno, por favor. Que pago gastos de manutención. Que no doy problemas. Que les canto villancicos y les llevo turrón si hace falta. Y que luego lo guardo en secreto. Que no llamaré a Iker Jiménez ni a Mulder y Scully. Sin shock postraumático ni nada. Lo prometo. Todo con tal de no volver a sufrir a Anne Igartiburu dando las uvas, las muñecas de Famosa, las burbujas de Freixenet, la capa de Ramón García, los intentos frustrados de que toque la lotería, el porompompero de Rafael, los niños con los petardos, la zambomba, las caras de falsa ilusión ante regalos horrendos, los disfraces de Papá Noel hasta en los que venden pañuelos en los semáforos, las sobras de comidas hasta febrero, los amigos invisibles, el Grinch y Vaya Santa Claus en TVE1, los corticoles (a no, que esto es en septiembre).


lunes, 6 de diciembre de 2010

Vivir dormidos

¿No tenéis momentos donde parece que despertéis de un sueño, sólo que en vez de dormidos, pasa despiertos? Yo sí. Y a veces creo que me voy a encontrar de repente a Leonardo di Caprio al lado enchufado por vena a un maletín, mientras suena “Rien de rien” de Edith Piaf. A los que no hayan visto Origen, les sonará raro. Pero creo que esto es una sensación bastante común.

Algunos filósofos defienden la idea de que el hombre en su día a día está profundamente dormido. Y así lo creo. Nos dejamos consumir por el hábito, por la normalidad de estar vivo, por la desidia de vivir por derecho. Y esa es la clave de mucha infelicidad.

Además de estar dormidos en vida, creo que esta vida forma parte de otro sueño que vivimos juntos, donde nuestra capacidad de acción es limitada y el arquitecto del sueño nos enseña  a aprender. Y ahí es donde incido.

Nos creemos dueños de nuestras vidas, como ese personaje de videojuego que no sabe dónde está. Habiendo nacido en ese sueño, nos dan cierto derecho a pensar que tenemos el control de lo que pasa alrededor. Y nos dan tanto tiempo para acostumbrarnos que, cuando de repente sentimos que todo esto es más grande/imprevisible de lo que podemos imaginar, nos entra el pánico. Para no sentir ese pánico, la gente a veces vive su vida como en piloto automático. Sin pensar demasiado, sin hacerse preguntas, ni valorar la oportunidad que se le ha otorgado vivir. O sin afrontar lo inevitable de enfrentarse a morir.

Pero la vida es así, ese es el reto. Viviendo en ese universo, tenemos el desafío de no creer que dictamos las reglas. Nacemos, vivimos y morimos en el videojuego. En este sueño. En este Gran Hermano. Me pregunto ahora si la luz blanca que uno ve cuando muere no serán los flashes de las cámaras que nos siguen hasta el plató de Mercedes Milá. Sólo que, el que irá vestido de diseños raros no será ella, sino Dios. Y ese Dios será un alter ego de nuestras conciencias disfrazado con un cuerpo adaptado a nuestros ídolos y preferencias. A mi Dios seguro que le ponen un disfraz de Punset, House o de Encantador de Perros (sí, el encantador de perros).

Pues eso, que tengo total fe de que estamos en una especie de realidad paralela. No me he comido ninguna seta, ni acabo de ver Cuarto Milenio, ni soy víctima de un poltergeist, ni soy fan de Matrix. Tampoco sé si esa fe se traduce en una exacta filosofía, religión o axioma científico.

Soy consciente de que vivimos en una superficie, donde pocos son los que se atreven a profundizar. Soy consciente de que vivimos en una necesidad de control constante, que nunca llega a funcionar. Consciente de que, a pesar de decidir muchas de las cosas que nos definen, sólo somos un personaje en esta historia. Un personaje que, cuando ve irse a otro personaje, putea al guionista. Personaje que, cree que vivirá en una única historia, con un único papel. Personaje que estudia incesante las influencias teatrales que rigen su existencia. Personaje que se carga el decorado (anti-desarrollo sostenible), se inventa los finales (cual Aramís Fuster), o no aguanta la insoportable levedad del ser y se tira al río con zapatos de cemento. Un personaje que no acepta la condición de personaje.

No sé si esto es un sueño dentro de un sueño. Pero a veces siento que me despierto. Sin tótem, ni Leo di Caprio. Me despierto cuando cierro los ojos y me sigo viendo. Cuando abro un libro, cuando creo, cuando pienso que pienso. Cuando apago telecinco. Cuando corro kilómetros. Cuando me equivoco. Cuando aprendo.

Me despierto cuando me alejo de mi personaje y me encuentro. Cuando me doy cuenta de que sueño. Cuando no me importa despertar. Cuando acepto la existencia. Cuando dejo ir lo que se va. Ahí es cuando despierto. Aunque luego me vuelva a acostar.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ex-istencia amistad hombre-mujer

No sé cómo empezar este tema porque tiene tela marinera. Sólo diré que me he inspirado al ver alguna foto de algunos de los que, hace no tanto, fueron mis amigos. Y ahora, simplemente, no los tengo cerca. Ni a sus (ahora) novias por cierto tampoco.

Yo era de las que sacaba uñas defendiendo que la amistad entre hombre y mujer existe. De hecho hace pocos años podía presumir de que el que fue mi primer novio era mi mejor amigo, mi segundo novio mi otro mejor amigo y algún otro que quiso ser mi novio y no lo fue, era mi amigo también. Eso, mi por entonces novio, no lo entendía. Pero ese era su problema. (Y quizá el de tantos otros...).

Decir que la amistad entre hombre y mujer no existe es decir que la amistad entre un israelí y un palestino tampoco. Es decir que un perro y un gato no se pueden llevar bien. Es decir que el café debe ir con leche. Es decir que una cerradura y una llave por cojones tienen que encajar. Y esto, me parece poco menos que triste.

Pero claro, decir que tal amistad no es posible, nos viene muy bien para apaciguar celos, tener controlado al otro, tenernos controlados a nosotros mismos y en definitiva evitar complicaciones. Porque sí, otra cosa no sé, pero la amistad entre hombre y mujer es un poquito más compleja de la cuenta. Más todavía si ha habido algo entre ellos.

Ser amiga de un amigo implica cosas. Implica no sólo que no podéis intercambiar ropa. Que veréis  diferente ciertas cuestiones de la vida. Implica que la gente os preguntará mil veces si tenéis algo. Implica que su novia te mirará con cara de poker algún día que otro. Implica que ciertos afectos deberán regularse un poco. Porque puede que, en un momento dado, se dé un clic y uno de los dos mire al otro diferente. Y eso sí que es cierto. A más cercanía, con según qué personas, más probabilidad de que haya un pequeño momento en el que pueda haber atracción del uno hacia al otro y/o viceversa.

Y es que, en el fondo, nadie está totalmente seguro de la amistad que se tiene con otra persona de sexo opuesto. Porque tú eres una cara de la moneda, y la otra puede o no tener el mismo concepto que tú sobre la misma relación. Esto no siempre es transparente. Porque a veces, ni uno mismo lo quiere ver. Y me refiero a saber lo que siente el otro, o lo que siente uno mismo.

Mirando atrás (y a las uñas que sacaba) creo que he pecado un poco de idealista. Porque la soledad con la que te topas, cuando esos amigos desaparecen, te lo muestra así. Esa ausencia te dice que algo de vuestra relación ha impedido que tal vínculo se mantuviese. Y, que justo ese algo aparezca cuando uno de los dos encuentra novio/a, da mucho que pensar.

Sobre mi caso, sólo diré que el que era mi mejor amigo desapareció del mapa cuando empecé una relación con un amigo común; el segundo ex y mejor amigo acudió a las faldas de su novia (tras alguna reincidencia conmigo) y el que por entonces era mi novio, desde que me dejó no he vuelto a saber si vive, respira o se ha cambiado de sexo. Sobre los que en su momento fueron (sólo) mis grandes amigos, y hoy los veo de lejos en el Caralibro… a veces, la verdad, me hago muchas preguntas.

Me pregunto si me quisieron del mismo modo que yo a ellos. Me pregunto si se cansaron de esperar algo más o simplemente dejamos de estar cerca. Me pregunto si estarán enfadados, dolidos o mirando a otro lado. Me pregunto si lo estarán justificadamente. Me pregunto si leen esto y se preguntan cosas.

Me pregunto si me echan de menos... Me pregunto si se preguntan lo mismo que yo.