Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un letargo en el que yacía mucho antes de dormirse. Se despertó entre letras y significados que tenían una forma simétrica, con una textura firme pero flexible a la vez. La extraña caligrafía de las palabras componía un trazo de líneas paralelas, unidas por puntos, compuestas de subpuntos… cuya distancia tendía al lado opuesto del infinito.
Miró a su alrededor. Las palabras eran blancas sobre un fondo negro. Un fondo como el vacío o como el fondo del mar. De pronto tuvo miedo. Esa composición simétrica tejida cerca de ella desprendía un brillo luminoso y roto. Como el que refleja un cuchillo que se agita a lo lejos. Siguió leyendo. La curiosidad tiraba de ella recorriendo esas líneas blancas, paralelas, afiladas, donde por un segundo en ciertas esquinas veía su cara, fruto de espejismos, o de espejos quizás. Cerró los ojos un momento. Y su alrededor cobró forma. Era una tela de araña. Cuando quiso darse cuenta, un extraño sueño la devolvió a un lugar donde el tiempo dejó de pasar.
Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un lugar donde el tic tac de su reloj no se escuchaba. Sólo se escuchaba el mar. Los destellos que la alcanzaban eran reflejo de las olas. Estaba tendida en una superficie tejida de letras y significados con forma simétrica, textura firme y flexible a la vez. Reconoció la caligrafía.
Miró a su alrededor. El miedo se había ahogado en el fondo del vacío que ahora sentía lejano, a muchos metros por debajo del papel que le permitía flotar. La movió el ronroneo de la marea. Siguió leyendo. Con un sentimiento familiar extraño, reconocía los significados que la envolvían. Cerró los ojos y se vio. Un barco de papel la sostenía. Sobre él, ella: un dibujo. Un dibujo hecho de esos colores que solía ver cuando empezaba a soñar.
El tiempo volvió a pararse.
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