Hoy es San Valentín. Para ser exactos San Valentín de los Cojones. También llamado San Calentín, San Regalín, San Corte Inglés o San Ballantines. Tendríamos la opción de pasarlo por alto y decir que hoy es un día cualquiera, a no ser que pongas la televisión o te metas en unos grandes almacenes. Entonces amigo: estás perdido/a. Yo, de momento, no he vuelto a poner la televisión desde que vi el anuncio de una pizza en forma de corazón. A partir de mañana ya, si eso, la enciendo.
He hecho una propuesta vía Facebook. ROBAR los regalos para demostrar el amor. Porque el amor no se compra, porque ya compramos todos los días y porque me he imaginado los centros comerciales llenos de enamorados metiéndose cosas en el sobaco y no podía parar de reír. Me encantaría ver a Matías Prats esta noche contando la noticia. A lo mejor viene por esto el FBI (que por lo visto tiene a Marck Zuckerberg cogido por los huevos) y hacen una redada en mi casa. Pero como creo que la gente no me hace mucho caso, pues sigo mi idealista iniciativa. En contra del consumismo, a favor del amor y a favor de la coherencia en la manifestación del mismo.
Me han colgado esa foto de cupido amenazado con una pistola y le he puesto un “me gusta” sin mucho ahínco. Porque la verdad, el dibujito hace gracia, pero creo que negarse al amor es de cobardes. Y que el miedo es el cáncer del crecimiento, ya sea éste personal, económico o social. El miedo nos hace pequeños. El miedo es el responsable de muchas heridas y mucha mierda que pisamos por la calle. Que por algo se dice “cagarse de miedo”. En el caso del amor, el miedo es el lastre que nos impide desde amarnos a nosotros mismos, hasta dejar que lo hagan los demás.
El miedo es como la voz esa de la abuela que dice todo el rato: ¡Cuidado no te vayas a caer!. Por culpa de lo cual, si nos crían así, al final vamos como de puntillas por el mundo, siempre con las bragas bien monas “no sea que nos vaya a pasar algo”. El miedo es responsable de que no seamos nosotros mismos. El miedo impide ponernos metas, porque no sabemos si podremos cumplirlas. El miedo nos obliga a disfrazarnos con trajes de tipo duro y una coraza de falsa seguridad. Y el miedo también nos hace jurar amor eterno, cuando lo necesitamos tanto que no aguantamos la idea de que se termine.
El ser humano es tan cobarde y tan soberbio que juega a prometer cosas que no están en su mano, como el amor. Nadie puede prometer que estará a tu lado, nunca. Y si lo hace, está hipotecando su felicidad, se convierte en un contrato, con lo cual el amor ya no es libre. Y eso precipita su fin. Luego viene el remordimiento por dejar a alguien, el enfado porque tú me abandonas o los socorridos cuernos/putadas varias para obligar al otro a que nos deje. Primero juramos y luego la liamos parda. Así funciona esto.
Y es que todo sería más fácil si entendiésemos el amor como lo que es: algo temporal. En realidad, todo en esta vida lo es. Todo se termina. Y es nuestra resistencia a aceptar eso, lo que nos lleva a aferrarnos siempre a algo. Si aceptamos tal clave, entenderemos que las personas entran en tu vida y algún día saldrán. Cuando se termine el amor nos enfadaremos con el mundo, pero no con el otro. Nos dolerá, pero no sufriremos. Cuando hablemos de la muerte lo haremos con naturalidad, como cuando hablamos de que un yogur se caduca. Cuando celebremos San Valentín, no nos saldrá sarpullido en contra del amor. Y cuando venga cupido a lanzarnos una flecha, no nos cagaremos en su señora madre. Y podremos comernos una pizza con forma de corazón sin un nudo en la garganta. Con la seguridad de que la pizza en un rato se termina, se transforma a cuchillazos… y que, cuando nos sacie el hambre y pasen las horas, elegiremos otra cosa con la que acallar las tripas… Quizá tal y como pasa con el amor.

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