Últimamente no leo tanto como me gustaría. Tampoco estudio, ni corro, ni escribo, ni pienso… tanto como me gustaría. Y me debato entre mis expectativas y mi realidad. Como tantos otros. Tolerar esa lucha entre esos dos frentes, a veces no es combinable con buscar un punto medio. Sobre todo en personas cuyo idealismo les empuja a subir las peores montañas.
A mi alrededor siempre he visto mucha fe en que algún día seré algo importante. Esta imagen colma de refuerzo, aunque también de frustración. Me acerco a los 30 y todavía no sé si me acerco a ese “algo grande” de lo que todos hablaban.
Últimamente no leo tanto como me gustaría. Y mi yo inteligente, eficaz y encantador se cabrea ante el espejo contra mi yo mediocre, pasivo e insoportable. Se pelean y me ponen la cabeza como un bombo. Y me quedo entre ellos dos, poniendo orden, con las manos tapándome los oídos mientras intento poner la música, la televisión o la distancia a correr cada vez más larga.
Y si me quedo en ese camino entre mi realidad y mis posibilidades, me pregunto si no soy más que un boceto de mí misma. Me pregunto si soy un esquema de mi propia narración. Y me pregunto quién soy. Y lo que quiero. Y qué hago. Y con quién quiero estar… Luego me pregunto quién coño soy. Qué coño quiero. Y qué coño hago. Y con quién coño quiero estar… Y nada. Que no tengo respuesta. Y entonces veo la montaña de libros que tengo por leer, el temario de oposición que me queda por estudiar, las páginas del cv que me quedan por rellenar… y me digo: no soy nadie.
Y ese “no soy nadie” muchas veces está anclado en ese punto medio en el que se encuentra lo que eres. A mitad de camino entre lo que has hecho y lo que podrías hacer. En ese punto donde a veces se siente que no eres suficientemente brillante para ser alguien, ni suficientemente ignorante para no ser nadie. Como en el puto limbo de la cualidad.
No sé si me estoy dando de bruces con mi mediocridad. Me cuesta aceptar que pueda corresponder a esa mayoría de personas que representa ese llamado “ni fu ni fa”, “ni pa ti ni pa mí”, “ni chicha ni limoná”. Y quizá por eso, muchos de los que demuestran un día su talento, sucumben al abismo de las verdaderas cagadas. De la dicotomía intelectiva y emocional, optando por sacudirse de extremo a extremo, con tal de no rozar ese temido punto medio. Porque ese punto medio tan defendido por la filosofía y el refranero popular, en la práctica no vende demasiado. Ni para con uno mismo.
Pues sí. Últimamente no leo tanto como me gustaría. Ni corro, ni pienso, ni trabajo, ni hago todo lo que puedo hacer. Y pasa el tiempo y la montaña de libros la sustituye una montaña de óleos, tras una montaña de discos y luego una montaña de personas a las que llamar. Y me enfrento de cara a la realidad de que quizá nunca sea algo grande, quizá nunca llegue a derribar esas montañas que rodean mi autoconcepto. Esas montañas que tiran de ese talento que también adormezco con drogas o programas de televisión. Y me enfrento a la realidad de que esa lucha a veces deja de lado lo importante. Que en el medio de tanta montaña hay una persona. Que esa persona ya lleva muchas montañas subidas. Y que esa persona soy yo. Sin óleos, sin escritos, sin conocimientos, sin adornos… Que un día podría quedarme sin piernas y seguiría siendo yo. Sin trabajo y seguiría siendo yo. Sin cultura y seguiría siendo yo.
Creo que nos rodeamos de montañas porque necesitamos subirlas. Pero no porque haya algo en la cima. Y nos cargamos de una mochila enorme, donde metemos mucho de lo que encontramos en el camino. Y a veces en ese camino hay tanto esfuerzo que parece que nos convirtamos en lo que hemos subido. En lo que tenemos en la mochila. Y tanto peso, tanto peso no nos deja crecer.
Un verdad verdadera....de logica aplastante. Solo un consejo, lo que quieras cuando quieras, dejate llevar. Bstos
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