El otro día, un hombre con alto grado etílico, en el típico bar de hombres con alto grado etílico, se dirigió a mí para hablar de Dios. Y yo, le escuché. Y también hablé de Dios.
Me gustan esos bares. No los frecuento, aunque admito que disfruto cuando, por la razón que sea, entro a tomarme un vino y una tapa sentada en una barra con hombres que me miran como si fuera una muñeca y hubiera caído en el sitio (y también un poco en el mundo) por equivocación.
Me gustan esos bares, digo. Y me gustan esos hombres. Me gustan no como la que se los quiere llevar a casa, sentarlos en el sofá o meterlos en cama. Me gustan porque me parecen una muestra de autenticidad y un ejemplo de que Dios es la Mercedes Milá de un Gran Hermano magnífico, que nunca nos paramos a observar desde dentro. Desde esos bares. Desde esas banquetas altas donde se suele hablar de Dios.
Me gustan esos bares, decía. Y me gusta también hablar, más aún de Dios. Ese hombre, agarró el tema de Dios como el que saca un libro de Dostoievski y lo deja caer en medio de un quiosco. Como Tarantino poniendo encima de la mesa una pistola en medio de una cafetería donde suenan de fondo los Beach Boys.
Con su ceroconmuchos grados de alcohol en sangre, este hombre abarcó a Dios con la falsa grandeza que te otorga el whisky Dyc a las cuatro de la tarde, agotando a los cinco minutos todos los pasajes de la Biblia con los que teorizar sobre la vida, su sentido y su sinrazón. Pero en el minuto 6, Dios pareció dejarle de lado, y se quedó con su mirada perdida en la barra, su ineficacia en la pronunciación de sílabas y su vaso de tubo orientando el pulso de su mano. Como un niño que, queriendo jugar con los mayores, se da cuenta demasiado tarde de que a lo mejor hubiese sido mejor que le hubieran dicho que no. Dios le dejó en el banquillo, pensé.
Me quedé con él, hablando de otras cosas. Más mundanas. Más de estar por casa. Hablar de Dios es primera división, pensé también. Hablamos de los hijos. De su mujer. Hablamos del alcohol. Y pensé y no le dije que creo que Dios es ese árbitro que nos saca la roja sin saberlo. Que el banquillo es un sitio lleno de copas, drogas, heridas y vacuidad. El banquillo de Dios está lleno de personas que no saben jugar a la vida, que les queda grande y buscan refugio. Y terminan en sitios como ese bar.
Lo pensé y no lo dije. Pero le miré con la empatía con la que te mira el fisio que sabe que tienes una lesión que va a retirarte. Y le miré también obviando que lo que bebía y le ahogaba era su whisky Dyc. Y ahí, en el minuto 17, también sentí que el que nos miraba a nosotros puede que fuera Dios.
Pero Dios no está en los bares. Y si lo hace no se sienta, ni bebe whisky ni habla de sí mismo. Dios es entrenador y árbitro. Y muy listo y muy cabrón.
Pues eso.
Envío el enlace a pater Francisco, a ver qué opina.
ResponderEliminarJajaj, la misma de siempre! Parece que el escribir en las paredes de los baños del insti era solo el principio!!!
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