lunes, 18 de marzo de 2013

La vida se hace bola

A mí es que la vida se me hace bola.


Me acuerdo de mi primo el pequeño. En casa de mis abuelos, a la hora de comer todas las miradas se centraban en él con angustia. Comiese lo que comiese sus mofletes se llenaban de materia infinita y, por blando que fuera lo que había en el plato, por pequeño que fuese el trozo llevado a la boca, todo lo que masticaba, por arte de magia, se hacía más y más grande, mi primo se convertía en un hámster y todos le miraban con angustia y desesperación, animándole a tragar aquello que por bueno que estuviese adquiría un sabor traumático a los ojos de todos los que le animábamos a deglutir. Un coñazo de comida. Un espectáculo. Un horror, vaya.

Y es que a veces la vida también se te hace bola.

Y hay realidades que no se pueden masticar. Hay realidades que la vida te las mete en la boca y te obliga a tragar mientras te pregunta cosas, te da palmadas en el pecho o te obliga a decir "Pamplona". Hay cosas que uno vomita y se tiene que volver a tragar, así en plan perrico por hambre o porque alguien le ofrece dinero por hacer esa asquerosidad. Hay realidades que parten los dientes y luego tienes que recogerlos por el suelo y sonreír. Y después, hay realidades muy simples como las que le daban a mi primo, realidades tan fáciles como los fideos, que en determinados momentos también se te hacen bola. Y entonces, te observas a ti misma, ahí, dándole vueltas a la sopa de letras, formando y teorizando palabras, masticando el caldo y diciéndote a ti misma: "lamadredelcordero, traga ya de una vez". Con la garganta bloqueada de tu propia presión. Y ganas de escupirlo todo y decirle a la vida: estoyhastaelmismísimodenopoderelegirloquequierodecomer.

Pero en fin. Mi primo el cabrón aunque fuese viendo los dibujos, con toda la familia mirando en plan jurado de Splash, o con un petisuis puesto delante del plato a modo de zanahoria al final del camino, al final, al final, tragaba. Y nosotros, pues mira, también.

Que si la vida te pone lentejas aquí no te equivoques, que no las dejas. Y lo único que te queda es acostumbrarte desde el principio a sentarte, poner buena cara, echarle ketchup a lo que no te gusta y en la medida de lo posible nunca dejar de masticar. Y empujar la bola aunque sea con gintonics.  Que en la cocina solo entra Dios. Que Dios es esa madre que no se quita el delantal nunca. Esa que con los restos de todo hace croquetas. Y que aquí el que no traga, muere, de hostias, de pena o de inanición.

Pero qué queréis que os diga, hoy yo es que no tengo ketchup, no veo el petisuis y no tengo tele. Y a mí es que la vida se me hace bola.

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