Me acompañan en la vuelta dos yayos manchegos. Ella se santigua cuando arrancamos. Él comenta cada canción del hilo musical. "Esto es música gallega" dice ahora. La música no es gallega ni de lejos, pero suelto un "sí" muy convencida. Hace un frío que pela.
Ella se manga unos cascos de más y me observa el escote. Se aguanta las ganas de combatir mi delgadez. Piensa que no como potajes y no deja de sonreír. Cruza los brazos sobre su barriga en ese modo que sólo las abuelas hacen. Es canija pero sus rodillas son de anchas como el muslo de Beyonce. Sus varices hacen dibujitos que me dan ganas de tocar.
Él tiene dientes postizos que se le mueven un poco cuando pronuncia algunas letras. Lleva un sonotone y huele a Brummel. En el bolsillo de su camisa tiene un pañuelo de tela muy bien planchado y un boli del PP. De su mariconera asoma un Nokia antiguo que mira con desafío de vez en cuando. Me entran ganas de saber qué más guardan dentro. Apuesto mi vida a que llevan caramelos Respiral o Werthers original.
"Olivos" dice él mirando por la ventana. Tardan muy poquito en dormirse. Él muy solemne, con la mano sobre la mesa. Ella con esa cara de complacida resignación. Me encantan.
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