¿No tenéis momentos donde parece que despertéis de un sueño, sólo que en vez de dormidos, pasa despiertos? Yo sí. Y a veces creo que me voy a encontrar de repente a Leonardo di Caprio al lado enchufado por vena a un maletín, mientras suena “Rien de rien” de Edith Piaf. A los que no hayan visto Origen, les sonará raro. Pero creo que esto es una sensación bastante común.
Algunos filósofos defienden la idea de que el hombre en su día a día está profundamente dormido. Y así lo creo. Nos dejamos consumir por el hábito, por la normalidad de estar vivo, por la desidia de vivir por derecho. Y esa es la clave de mucha infelicidad.
Además de estar dormidos en vida, creo que esta vida forma parte de otro sueño que vivimos juntos, donde nuestra capacidad de acción es limitada y el arquitecto del sueño nos enseña a aprender. Y ahí es donde incido.
Nos creemos dueños de nuestras vidas, como ese personaje de videojuego que no sabe dónde está. Habiendo nacido en ese sueño, nos dan cierto derecho a pensar que tenemos el control de lo que pasa alrededor. Y nos dan tanto tiempo para acostumbrarnos que, cuando de repente sentimos que todo esto es más grande/imprevisible de lo que podemos imaginar, nos entra el pánico. Para no sentir ese pánico, la gente a veces vive su vida como en piloto automático. Sin pensar demasiado, sin hacerse preguntas, ni valorar la oportunidad que se le ha otorgado vivir. O sin afrontar lo inevitable de enfrentarse a morir.
Pero la vida es así, ese es el reto. Viviendo en ese universo, tenemos el desafío de no creer que dictamos las reglas. Nacemos, vivimos y morimos en el videojuego. En este sueño. En este Gran Hermano. Me pregunto ahora si la luz blanca que uno ve cuando muere no serán los flashes de las cámaras que nos siguen hasta el plató de Mercedes Milá. Sólo que, el que irá vestido de diseños raros no será ella, sino Dios. Y ese Dios será un alter ego de nuestras conciencias disfrazado con un cuerpo adaptado a nuestros ídolos y preferencias. A mi Dios seguro que le ponen un disfraz de Punset, House o de Encantador de Perros (sí, el encantador de perros).
Pues eso, que tengo total fe de que estamos en una especie de realidad paralela. No me he comido ninguna seta, ni acabo de ver Cuarto Milenio, ni soy víctima de un poltergeist, ni soy fan de Matrix. Tampoco sé si esa fe se traduce en una exacta filosofía, religión o axioma científico.
Soy consciente de que vivimos en una superficie, donde pocos son los que se atreven a profundizar. Soy consciente de que vivimos en una necesidad de control constante, que nunca llega a funcionar. Consciente de que, a pesar de decidir muchas de las cosas que nos definen, sólo somos un personaje en esta historia. Un personaje que, cuando ve irse a otro personaje, putea al guionista. Personaje que, cree que vivirá en una única historia, con un único papel. Personaje que estudia incesante las influencias teatrales que rigen su existencia. Personaje que se carga el decorado (anti-desarrollo sostenible), se inventa los finales (cual Aramís Fuster), o no aguanta la insoportable levedad del ser y se tira al río con zapatos de cemento. Un personaje que no acepta la condición de personaje.
No sé si esto es un sueño dentro de un sueño. Pero a veces siento que me despierto. Sin tótem, ni Leo di Caprio. Me despierto cuando cierro los ojos y me sigo viendo. Cuando abro un libro, cuando creo, cuando pienso que pienso. Cuando apago telecinco. Cuando corro kilómetros. Cuando me equivoco. Cuando aprendo.
Me despierto cuando me alejo de mi personaje y me encuentro. Cuando me doy cuenta de que sueño. Cuando no me importa despertar. Cuando acepto la existencia. Cuando dejo ir lo que se va. Ahí es cuando despierto. Aunque luego me vuelva a acostar.
lunes, 6 de diciembre de 2010
domingo, 28 de noviembre de 2010
Ex-istencia amistad hombre-mujer
No sé cómo empezar este tema porque tiene tela marinera. Sólo diré que me he inspirado al ver alguna foto de algunos de los que, hace no tanto, fueron mis amigos. Y ahora, simplemente, no los tengo cerca. Ni a sus (ahora) novias por cierto tampoco.
Yo era de las que sacaba uñas defendiendo que la amistad entre hombre y mujer existe. De hecho hace pocos años podía presumir de que el que fue mi primer novio era mi mejor amigo, mi segundo novio mi otro mejor amigo y algún otro que quiso ser mi novio y no lo fue, era mi amigo también. Eso, mi por entonces novio, no lo entendía. Pero ese era su problema. (Y quizá el de tantos otros...).
Decir que la amistad entre hombre y mujer no existe es decir que la amistad entre un israelí y un palestino tampoco. Es decir que un perro y un gato no se pueden llevar bien. Es decir que el café debe ir con leche. Es decir que una cerradura y una llave por cojones tienen que encajar. Y esto, me parece poco menos que triste.
Pero claro, decir que tal amistad no es posible, nos viene muy bien para apaciguar celos, tener controlado al otro, tenernos controlados a nosotros mismos y en definitiva evitar complicaciones. Porque sí, otra cosa no sé, pero la amistad entre hombre y mujer es un poquito más compleja de la cuenta. Más todavía si ha habido algo entre ellos.
Ser amiga de un amigo implica cosas. Implica no sólo que no podéis intercambiar ropa. Que veréis diferente ciertas cuestiones de la vida. Implica que la gente os preguntará mil veces si tenéis algo. Implica que su novia te mirará con cara de poker algún día que otro. Implica que ciertos afectos deberán regularse un poco. Porque puede que, en un momento dado, se dé un clic y uno de los dos mire al otro diferente. Y eso sí que es cierto. A más cercanía, con según qué personas, más probabilidad de que haya un pequeño momento en el que pueda haber atracción del uno hacia al otro y/o viceversa.
Y es que, en el fondo, nadie está totalmente seguro de la amistad que se tiene con otra persona de sexo opuesto. Porque tú eres una cara de la moneda, y la otra puede o no tener el mismo concepto que tú sobre la misma relación. Esto no siempre es transparente. Porque a veces, ni uno mismo lo quiere ver. Y me refiero a saber lo que siente el otro, o lo que siente uno mismo.
Mirando atrás (y a las uñas que sacaba) creo que he pecado un poco de idealista. Porque la soledad con la que te topas, cuando esos amigos desaparecen, te lo muestra así. Esa ausencia te dice que algo de vuestra relación ha impedido que tal vínculo se mantuviese. Y, que justo ese algo aparezca cuando uno de los dos encuentra novio/a, da mucho que pensar.
Sobre mi caso, sólo diré que el que era mi mejor amigo desapareció del mapa cuando empecé una relación con un amigo común; el segundo ex y mejor amigo acudió a las faldas de su novia (tras alguna reincidencia conmigo) y el que por entonces era mi novio, desde que me dejó no he vuelto a saber si vive, respira o se ha cambiado de sexo. Sobre los que en su momento fueron (sólo) mis grandes amigos, y hoy los veo de lejos en el Caralibro… a veces, la verdad, me hago muchas preguntas.
Me pregunto si me quisieron del mismo modo que yo a ellos. Me pregunto si se cansaron de esperar algo más o simplemente dejamos de estar cerca. Me pregunto si estarán enfadados, dolidos o mirando a otro lado. Me pregunto si lo estarán justificadamente. Me pregunto si leen esto y se preguntan cosas.
Me pregunto si me echan de menos... Me pregunto si se preguntan lo mismo que yo.
Yo era de las que sacaba uñas defendiendo que la amistad entre hombre y mujer existe. De hecho hace pocos años podía presumir de que el que fue mi primer novio era mi mejor amigo, mi segundo novio mi otro mejor amigo y algún otro que quiso ser mi novio y no lo fue, era mi amigo también. Eso, mi por entonces novio, no lo entendía. Pero ese era su problema. (Y quizá el de tantos otros...).
Decir que la amistad entre hombre y mujer no existe es decir que la amistad entre un israelí y un palestino tampoco. Es decir que un perro y un gato no se pueden llevar bien. Es decir que el café debe ir con leche. Es decir que una cerradura y una llave por cojones tienen que encajar. Y esto, me parece poco menos que triste.
Pero claro, decir que tal amistad no es posible, nos viene muy bien para apaciguar celos, tener controlado al otro, tenernos controlados a nosotros mismos y en definitiva evitar complicaciones. Porque sí, otra cosa no sé, pero la amistad entre hombre y mujer es un poquito más compleja de la cuenta. Más todavía si ha habido algo entre ellos.
Ser amiga de un amigo implica cosas. Implica no sólo que no podéis intercambiar ropa. Que veréis diferente ciertas cuestiones de la vida. Implica que la gente os preguntará mil veces si tenéis algo. Implica que su novia te mirará con cara de poker algún día que otro. Implica que ciertos afectos deberán regularse un poco. Porque puede que, en un momento dado, se dé un clic y uno de los dos mire al otro diferente. Y eso sí que es cierto. A más cercanía, con según qué personas, más probabilidad de que haya un pequeño momento en el que pueda haber atracción del uno hacia al otro y/o viceversa.
Y es que, en el fondo, nadie está totalmente seguro de la amistad que se tiene con otra persona de sexo opuesto. Porque tú eres una cara de la moneda, y la otra puede o no tener el mismo concepto que tú sobre la misma relación. Esto no siempre es transparente. Porque a veces, ni uno mismo lo quiere ver. Y me refiero a saber lo que siente el otro, o lo que siente uno mismo.
Mirando atrás (y a las uñas que sacaba) creo que he pecado un poco de idealista. Porque la soledad con la que te topas, cuando esos amigos desaparecen, te lo muestra así. Esa ausencia te dice que algo de vuestra relación ha impedido que tal vínculo se mantuviese. Y, que justo ese algo aparezca cuando uno de los dos encuentra novio/a, da mucho que pensar.
Sobre mi caso, sólo diré que el que era mi mejor amigo desapareció del mapa cuando empecé una relación con un amigo común; el segundo ex y mejor amigo acudió a las faldas de su novia (tras alguna reincidencia conmigo) y el que por entonces era mi novio, desde que me dejó no he vuelto a saber si vive, respira o se ha cambiado de sexo. Sobre los que en su momento fueron (sólo) mis grandes amigos, y hoy los veo de lejos en el Caralibro… a veces, la verdad, me hago muchas preguntas.
Me pregunto si me quisieron del mismo modo que yo a ellos. Me pregunto si se cansaron de esperar algo más o simplemente dejamos de estar cerca. Me pregunto si estarán enfadados, dolidos o mirando a otro lado. Me pregunto si lo estarán justificadamente. Me pregunto si leen esto y se preguntan cosas.
Me pregunto si me echan de menos... Me pregunto si se preguntan lo mismo que yo.
sábado, 20 de noviembre de 2010
¿Control de emociones?
Pocos saben que las emociones tienen cada una su función. Y digo pocos, que incluso yo psicóloga, a veces lo olvido mientras me sueno los mocos intentando reabsorber lágrimas y sacar entereza. Y es que a veces no la hay. Entereza digo. Y lo más importante, la mayoría de veces no debemos intentar buscarla.
El mundo nos educa en filosofías anti-emoción. Mejor dicho: en el control de las mismas. Aprendemos a negarlas (celosa ¿yo???), taponarlas (un dos tres cuatro cinco seis yo me calmaré todos lo veréis), transformarlas (Uy ¿cabrón? No nooo, he dicho Ramón), obviarlas (la la la…) e incluso racionalizarlas (no estoy en crisis, sólo es una desaceleración transitoria de mi estado de ánimo).
Las emociones es como si no estuviesen de moda. Y conceptos superenrollados como inteligencia emocional o coaching sumergen todavía más su valor. Parece que la emoción sea el anticristo de la autoeficacia y el cáncer de la autoestima. Que en la imagen del hombre/mujer del año nunca se ve a nadie haciendo pucheros, o tirándose de los pelos o de la peluca del de al lado.
Nos enseñan por ejemplo que hay que evitar la tristeza. A quién no le han dicho en pleno berrinche: “no llores, no llores...”. Nos crían en pro de la alegría, pero siempre mesurada (que hay que guardar las formas, nada de yiaaajas, yupis ni yupiyeis, con un “Estupendo” y sonrisa, basta). Nos aplacan el enfado casi con virtual camisa de fuerza: ¡Tranquilízate mujer! (y apretando los dientes decimos: que-se-tran-qui-li-ce-tu-pu-tta-ma-drrre). El asco también es algo muy poco fino (seguro que nadie ha visto escupir a Carmen Lomana). ¿El miedo? Eso es de mariquitas. Y la sorpresa evidentemente tampoco tiene nada de glamour, uno siempre tiene que aparentar que lo que viene ya lo sabía (o lo había leído en el Times, visto en la BBC o a lo sumo en documental de la dos).
Aprendemos a huir de la emoción. Nos entrenamos duramente en el arte de su camuflaje. Y lo hacemos de un modo tan sutil y asumido que cuando queremos darnos cuenta somos como un avatar robótico de la esencia del ser humano.
Cuando queremos darnos cuenta nos cuesta trabajo distinguir la tristeza de un dolor de cabeza. Confundimos el miedo con el enfado, la sorpresa con la alegría y hacemos una macedonia emocional indigesta en todas las direcciones. Y ni siquiera llorando por dentro ante el espejo uno mismo es capaz de escucharse gritar.
Y es que la emoción es el arma de supervivencia más inteligente que la inteligencia misma. Nos permite adaptarnos a todo lo que el mundo trae. Nos da información esencial sobre donde direccionar el camino y nos atrevemos (¡álmas de cántaro!) a desear el lujo de no tener que sentirlas.
Pero es que las emociones son como el alfabeto de la verdadera felicidad. La tristeza nos permite la reintegración, la asimilación de la pérdida y la reorganización de nuestras vidas. El miedo nos da claves del peligro almacenadas como en GPS cerebral. La sorpresa permite orientarnos hacia lo nuevo. El asco nos protege de lo que necesitamos rechazar. La ira focaliza nuestra energía para defendernos de un daño. Y la alegría, evidentemente, nos empuja hacia lo que en esencia es imprescindible seguir buscando: sexo, comida, amor y logros.
No hay emoción negativa. Ni dañina, si se acepta tal cual. Si nos permitimos vivirla. Lo negativo de la emoción es la interpretación que le otorgamos. Vivir la emoción nos libera. Nos comunica con nosotros mismos. Nos pone en contacto con la realidad. La realidad de vivir la vida tal y como viene. La vida tal cual.
Aceptar la emoción es en esencia aceptar eso. Y esa es, muchas veces, la lucha que hay en la base de toda esta resistencia.
Porque aceptar lo incontenible de la emoción es en parte aceptar lo incontrolable de la existencia. Aceptar los acontecimientos que nos dan vida y nos la quitan. Aceptar que no elegimos. Que por muy racionales que seamos, seguimos siendo ante todo humanos. Que no hay explicaciones que cuadriculen lo incomprensible de nuestro mundo. Que simplemente existimos. Eso es vivir felices. Esa es la verdadera lucha. Y eso en esencia es el verdadero vivir.
El mundo nos educa en filosofías anti-emoción. Mejor dicho: en el control de las mismas. Aprendemos a negarlas (celosa ¿yo???), taponarlas (un dos tres cuatro cinco seis yo me calmaré todos lo veréis), transformarlas (Uy ¿cabrón? No nooo, he dicho Ramón), obviarlas (la la la…) e incluso racionalizarlas (no estoy en crisis, sólo es una desaceleración transitoria de mi estado de ánimo).
Las emociones es como si no estuviesen de moda. Y conceptos superenrollados como inteligencia emocional o coaching sumergen todavía más su valor. Parece que la emoción sea el anticristo de la autoeficacia y el cáncer de la autoestima. Que en la imagen del hombre/mujer del año nunca se ve a nadie haciendo pucheros, o tirándose de los pelos o de la peluca del de al lado.
Nos enseñan por ejemplo que hay que evitar la tristeza. A quién no le han dicho en pleno berrinche: “no llores, no llores...”. Nos crían en pro de la alegría, pero siempre mesurada (que hay que guardar las formas, nada de yiaaajas, yupis ni yupiyeis, con un “Estupendo” y sonrisa, basta). Nos aplacan el enfado casi con virtual camisa de fuerza: ¡Tranquilízate mujer! (y apretando los dientes decimos: que-se-tran-qui-li-ce-tu-pu-tta-ma-drrre). El asco también es algo muy poco fino (seguro que nadie ha visto escupir a Carmen Lomana). ¿El miedo? Eso es de mariquitas. Y la sorpresa evidentemente tampoco tiene nada de glamour, uno siempre tiene que aparentar que lo que viene ya lo sabía (o lo había leído en el Times, visto en la BBC o a lo sumo en documental de la dos).
Aprendemos a huir de la emoción. Nos entrenamos duramente en el arte de su camuflaje. Y lo hacemos de un modo tan sutil y asumido que cuando queremos darnos cuenta somos como un avatar robótico de la esencia del ser humano.
Cuando queremos darnos cuenta nos cuesta trabajo distinguir la tristeza de un dolor de cabeza. Confundimos el miedo con el enfado, la sorpresa con la alegría y hacemos una macedonia emocional indigesta en todas las direcciones. Y ni siquiera llorando por dentro ante el espejo uno mismo es capaz de escucharse gritar.
Y es que la emoción es el arma de supervivencia más inteligente que la inteligencia misma. Nos permite adaptarnos a todo lo que el mundo trae. Nos da información esencial sobre donde direccionar el camino y nos atrevemos (¡álmas de cántaro!) a desear el lujo de no tener que sentirlas.
Pero es que las emociones son como el alfabeto de la verdadera felicidad. La tristeza nos permite la reintegración, la asimilación de la pérdida y la reorganización de nuestras vidas. El miedo nos da claves del peligro almacenadas como en GPS cerebral. La sorpresa permite orientarnos hacia lo nuevo. El asco nos protege de lo que necesitamos rechazar. La ira focaliza nuestra energía para defendernos de un daño. Y la alegría, evidentemente, nos empuja hacia lo que en esencia es imprescindible seguir buscando: sexo, comida, amor y logros.
No hay emoción negativa. Ni dañina, si se acepta tal cual. Si nos permitimos vivirla. Lo negativo de la emoción es la interpretación que le otorgamos. Vivir la emoción nos libera. Nos comunica con nosotros mismos. Nos pone en contacto con la realidad. La realidad de vivir la vida tal y como viene. La vida tal cual.
Aceptar la emoción es en esencia aceptar eso. Y esa es, muchas veces, la lucha que hay en la base de toda esta resistencia.
Porque aceptar lo incontenible de la emoción es en parte aceptar lo incontrolable de la existencia. Aceptar los acontecimientos que nos dan vida y nos la quitan. Aceptar que no elegimos. Que por muy racionales que seamos, seguimos siendo ante todo humanos. Que no hay explicaciones que cuadriculen lo incomprensible de nuestro mundo. Que simplemente existimos. Eso es vivir felices. Esa es la verdadera lucha. Y eso en esencia es el verdadero vivir.
sábado, 30 de octubre de 2010
Si no hubiese segundas oportunidades
Tengo una amiga muy inteligente (…bueno, varias). El caso es que, la más bella y profunda de ellas me sorprendió el otro día exponiendo lo siguiente:
Amiga bella -> "¿Y si no hubiese segundas oportunidades? ¿No nos esforzaríamos más? ¿No aprenderíamos más rápido? ¿No seríamos más felices? ¿No aprovecharíamos más la vida??"
Yo -> "Si no hubiese segundas oportunidades… Si no hubiese segundas oportunidades… Si no hubiese segundas oportunidades......"
Y de repente, un sin fin de hipótesis me abordaban el cerebro… como rebelándome ante el hecho de que la amiga más cerebralmente competente me estuviese defendiendo tal estupi-hipótesis. Y ante tal estupipótesis me rebelé con un sinfín de estupicontrahipótesis.
Si no hubiese segundas oportunidades. Si no hubiese segundas oportunidades viviríamos como encorsetados con una presión psicológica de la leche. Sería como un todo o nada. Yo me moriría de estrés y me saldría psoriasis hasta en el globo ocular. No habría espontaneidad ni creatividad. Todos iríamos a la apuesta segura. El mundo tendría por bandera un sinfín de eslóganes conservadores tipo “pan para hoy… cría cuervos… más vale pájaro en mano” y tal.
Si no hubiese segundas oportunidades no existirían los programas tipo Hermano mayor y Gran hermano vip. Las teleoperadoras de Orange se morirían de aburrimiento o de agobio impidiendo cambios infinitos de operador. La mayoría de mis amigos, delincuentes o drogadictos estarían fuera del juego. Los niños que salen en Supernanny quedarían a la mano de Dios. Tamara/Ambar/Yurena se habría quedado sin nombre a la primera de cambio.
Si no hubiera segundas oportunidades viviríamos en un elitismo mental donde no se respetarían los distintos ritmos de aprendizaje. Cada vez que hiciésemos algo nuevo sería como selectividad, hasta para aprender a atarnos los cordones. Si no diéramos segundas oportunidades no nos quedarían amigos, sólo nos quedarían los del Facebook. No existiría ni por asomo anatomía de Grey y hubiésemos lapidado a House en el minuto uno. Adiós también a las segundas partes de películas. Las series serían un sin fin de entrar y salir personajes, aunque adiós también al paro de actores. Las relaciones serían o estables o inexistentes. No existirían las reconciliaciones y por tanto adiós al sexo de reconciliación (Dios noooo). Creo que las ex pejigueras serían más pejigueras todavía. Todos viviríamos como con un post-it cerebral perenne diciendo ¿qué hubiera pasado si…? Seguro que no existiríamos la mayoría de nosotros. Lidia Lozano trabajaría en un Mercadona.
Si no hubiera segundas oportunidades sería como si todos los juegos terminasen nada más empezar. Como un cara o cruz. No podríamos afrontar los miedos. No nos dejarían saldar cuentas pendientes. No podría haber reinserción, ni podríamos plantearnos ni por asomo la reencarnación. Quizá no existirían los transplantes, sobre todo para los cirróticos. Los gordos o flacos y los calvos lo serían para siempre. No existirían ni el Gym Body 8, ni el Biomanán, ni los crecepelos tampoco. Ni siquiera el Just for men. Ahora que lo pienso tampoco existirían las tetas de plástico. Adiós a la cirugía en general. Dios ¿cómo sería entonces Cher?? Michael Jackson a lo mejor no habría muerto. Adiós por cierto también a Nip Tuck. Kate Moss también iría a echar currículum al Mercadona.
Si no hubiera segundas oportunidades quizá en nuestros errores no tendríamos tanto cargo de conciencia. No habría riesgo de tropezar con la misma piedra. Todas serían distintas y el camino sería más recto. Quizá los golpes no fuesen repetidos en el mismo sitio. Quizá no lloviese sobre mojado. Pero si no hubiese segundas oportunidades… se perdería la esencia del esfuerzo. Porque las segundas oportunidades permiten que, en la libertad de elegir no volver a equivocarse, esté el verdadero valor de la acción.
Amiga bella -> "¿Y si no hubiese segundas oportunidades? ¿No nos esforzaríamos más? ¿No aprenderíamos más rápido? ¿No seríamos más felices? ¿No aprovecharíamos más la vida??"
Yo -> "Si no hubiese segundas oportunidades… Si no hubiese segundas oportunidades… Si no hubiese segundas oportunidades......"
Y de repente, un sin fin de hipótesis me abordaban el cerebro… como rebelándome ante el hecho de que la amiga más cerebralmente competente me estuviese defendiendo tal estupi-hipótesis. Y ante tal estupipótesis me rebelé con un sinfín de estupicontrahipótesis.
Si no hubiese segundas oportunidades. Si no hubiese segundas oportunidades viviríamos como encorsetados con una presión psicológica de la leche. Sería como un todo o nada. Yo me moriría de estrés y me saldría psoriasis hasta en el globo ocular. No habría espontaneidad ni creatividad. Todos iríamos a la apuesta segura. El mundo tendría por bandera un sinfín de eslóganes conservadores tipo “pan para hoy… cría cuervos… más vale pájaro en mano” y tal.
Si no hubiese segundas oportunidades no existirían los programas tipo Hermano mayor y Gran hermano vip. Las teleoperadoras de Orange se morirían de aburrimiento o de agobio impidiendo cambios infinitos de operador. La mayoría de mis amigos, delincuentes o drogadictos estarían fuera del juego. Los niños que salen en Supernanny quedarían a la mano de Dios. Tamara/Ambar/Yurena se habría quedado sin nombre a la primera de cambio.
Si no hubiera segundas oportunidades viviríamos en un elitismo mental donde no se respetarían los distintos ritmos de aprendizaje. Cada vez que hiciésemos algo nuevo sería como selectividad, hasta para aprender a atarnos los cordones. Si no diéramos segundas oportunidades no nos quedarían amigos, sólo nos quedarían los del Facebook. No existiría ni por asomo anatomía de Grey y hubiésemos lapidado a House en el minuto uno. Adiós también a las segundas partes de películas. Las series serían un sin fin de entrar y salir personajes, aunque adiós también al paro de actores. Las relaciones serían o estables o inexistentes. No existirían las reconciliaciones y por tanto adiós al sexo de reconciliación (Dios noooo). Creo que las ex pejigueras serían más pejigueras todavía. Todos viviríamos como con un post-it cerebral perenne diciendo ¿qué hubiera pasado si…? Seguro que no existiríamos la mayoría de nosotros. Lidia Lozano trabajaría en un Mercadona.
Si no hubiera segundas oportunidades sería como si todos los juegos terminasen nada más empezar. Como un cara o cruz. No podríamos afrontar los miedos. No nos dejarían saldar cuentas pendientes. No podría haber reinserción, ni podríamos plantearnos ni por asomo la reencarnación. Quizá no existirían los transplantes, sobre todo para los cirróticos. Los gordos o flacos y los calvos lo serían para siempre. No existirían ni el Gym Body 8, ni el Biomanán, ni los crecepelos tampoco. Ni siquiera el Just for men. Ahora que lo pienso tampoco existirían las tetas de plástico. Adiós a la cirugía en general. Dios ¿cómo sería entonces Cher?? Michael Jackson a lo mejor no habría muerto. Adiós por cierto también a Nip Tuck. Kate Moss también iría a echar currículum al Mercadona.
Si no hubiera segundas oportunidades quizá en nuestros errores no tendríamos tanto cargo de conciencia. No habría riesgo de tropezar con la misma piedra. Todas serían distintas y el camino sería más recto. Quizá los golpes no fuesen repetidos en el mismo sitio. Quizá no lloviese sobre mojado. Pero si no hubiese segundas oportunidades… se perdería la esencia del esfuerzo. Porque las segundas oportunidades permiten que, en la libertad de elegir no volver a equivocarse, esté el verdadero valor de la acción.
viernes, 29 de octubre de 2010
¿...y por qué mi blog?
El otro día me preguntaron sobre el sentido de mi blog. Y me pillaron un poco vulgarmente dicho en bragas. Supongo que cuando uno hace un blog debería tener clara la intencionalidad de sus escritos, los valores a transmitir, el público al que se dirige, bla bla bla bla bla bla. Me puse a reflexionar entonces sobre la adecuación o no de palabras como bragas, joderes, pedos, etc. Me puse a analizar entonces la necesidad o no de hablar de mi vida tal cual así la vivo. Me planteé muchos capítulos que, dependiendo de quien los lea…. Pues me daría más o menos repelús. Reflexioné sobre si estas páginas reflejan mi valía profesional, mi cv, mi cociente intelectual,… Y luego también valoré si de aquí se desprende mi calidad humana, mis actitudes, mis yoquesécuantascosas más.
Unos cuantos minutos u horas o días después… dije: al carajo.
Esto es una ventana a mi mundo interno. Esto es un cajón abierto a muchas páginas que quizá mañana queden muertas si me atropella un autobús. Esto es mucho más que un fondo de caramelos con experiencias sembradas de palabras poco glamurosas. Es mi forma de ver y transformar el mundo. Es mi desagüe de expresión. Es mi impulso a la reflexión, a la conciencia sobre el porqué de las cosas. Es un empujón hacia el lado positivo de la vida. Es realismo y surrealismo jugando a expresar lo mismo. Es un lápiz de creatividad capaz de reescribir todo lo que nos llega, nos duele o nos hace reir… Un lápiz al que saco punta cada vez que me siento ante el portátil. Tal cual. Sin miedo. Y sin goma de borrar.
De pequeña me encantaban las manualidades. Y he aquí una más. Hecha de transparencia y espontaneidad que quien me conoce, reconoce. Barnizada con sentido del humor, evitando que el dibujo se pierda. Tengo una cartulina que sustenta todo, que se llama necesidad incombustible de análisis. Y una barra de pegamento que siempre llevo en mano para luchar contra el sufrimiento de uno mismo y de los demás. Los trozos de cosas que vivo, que aprendo y que cada día llenan mi cerebro de interrogaciones también llenan lo que dejo aquí. Y la herramienta base de la Psicología es mi mesa de trabajo. Lo demás que escondo (como persona y profesional) se queda mucha mucha distancia por delante o detrás de mis palabras.
Este es mi pequeño collage. Mi ventana donde gritar sin miedo a que miren los vecinos. Mi dibujo del mundo. Y el resto de palomitas que encuentro a veces en el bolso. Que os llegue, os las comáis o no, creo que ya… es cosa vuestra.
Unos cuantos minutos u horas o días después… dije: al carajo.
Esto es una ventana a mi mundo interno. Esto es un cajón abierto a muchas páginas que quizá mañana queden muertas si me atropella un autobús. Esto es mucho más que un fondo de caramelos con experiencias sembradas de palabras poco glamurosas. Es mi forma de ver y transformar el mundo. Es mi desagüe de expresión. Es mi impulso a la reflexión, a la conciencia sobre el porqué de las cosas. Es un empujón hacia el lado positivo de la vida. Es realismo y surrealismo jugando a expresar lo mismo. Es un lápiz de creatividad capaz de reescribir todo lo que nos llega, nos duele o nos hace reir… Un lápiz al que saco punta cada vez que me siento ante el portátil. Tal cual. Sin miedo. Y sin goma de borrar.
De pequeña me encantaban las manualidades. Y he aquí una más. Hecha de transparencia y espontaneidad que quien me conoce, reconoce. Barnizada con sentido del humor, evitando que el dibujo se pierda. Tengo una cartulina que sustenta todo, que se llama necesidad incombustible de análisis. Y una barra de pegamento que siempre llevo en mano para luchar contra el sufrimiento de uno mismo y de los demás. Los trozos de cosas que vivo, que aprendo y que cada día llenan mi cerebro de interrogaciones también llenan lo que dejo aquí. Y la herramienta base de la Psicología es mi mesa de trabajo. Lo demás que escondo (como persona y profesional) se queda mucha mucha distancia por delante o detrás de mis palabras.
Este es mi pequeño collage. Mi ventana donde gritar sin miedo a que miren los vecinos. Mi dibujo del mundo. Y el resto de palomitas que encuentro a veces en el bolso. Que os llegue, os las comáis o no, creo que ya… es cosa vuestra.
lunes, 25 de octubre de 2010
Tras la Red Social
Cuando salgo del cine, mi mente está tan noqueada por las moralejas internas que se me desencadenan que el que a veces me acompaña me tacha de autista. La verdad en que en esos y otros momentos soy muy selectiva con el tipo de comentarios que quiero atender. Será una clase de elitismo mental o algo porque en realidad hasta me molesta en algún instante que me puedan enturbiar mis reflexiones post-peli.
Supongo que quien me conoce sabe que mi mundo interno es un universo aparte. Y que cuando mi mirada se pierde y mi cerebro se acoraza es mejor dejarme. Aprecio a la gente que así lo acepta y que no se lo toma a mal.
Este ha sido también el caso tras ver La Red Social.
Siempre procuro, tras ver, sentir o pensar alguna cosa (sea film, conversación, libro o paseo con perros) el analizarla. El ver qué quiero sacar de ahí. Qué mensaje, qué lección, qué producto quiero meter en mi carro de la compra. Porque la vida (y más la mental) es como estar en un supermercado inmenso de donde saber seleccionar te condiciona no sólo el peso de tu cartera sino tu celulitis emocional y el ritmo de tus neuronas.
En la peli se avista la historia de un chico, algo más que inteligente… que es capaz de hacer el carro de la compra más productivo de los últimos tiempos. Se me mezclan muchas ideas que no sé si ya tienen que ver unas con otras o no. Pero subrayo varias clave-productos estrella como sacadas de un folleto de promoción. Ahí van:
La fragilidad de las ideas… La relatividad de la originalidad de las mismas. Realmente la persona más inteligente no es quien es capaz de idearla si no la susceptible de llevarla a la realidad. La inteligencia práctica, lo que convierte a alguien inteligente en alguien listo. Y la importancia de analizar de lo que ese paso depende… El no tener miedo, el trabajar, el querer avanzar, el inconformismo, la defensa de tus principios, la creación de tus propias normas… la lucha hacia metas que no persiguen billetes de colores. Las que buscan un sentido a tus ideas y tu labor.
El valor del aprendizaje. No sé qué falla en la educación (o mejor decir, no sé qué no falla) pero ojalá la gente tuviese clara la importancia de aprender, trabajar, estudiar, de crear… y labrar un camino con el esfuerzo, no para conseguir un trabajo, no para ganar dinero. Sino para ser quien uno quiere ser. Para conocerse, para conocer el mundo, para vivir… para elegir un camino y para que ese camino no te encuentre a ti. Esa es la verdadera lucha, joder. Y no entiendo cómo se pierden cerebros y cerebros en el intento, que al final son cabecitas que aspiran a llegar a fin de mes y a ponerse cuanto antes las mechas.
El valor de la elección de las personas que te rodean. Creo que mucha de esa inconsciencia también la tenemos a la hora de invertir el tiempo con la gente que nos rodea. La pregunta es ¿elegimos a los amigos/as? Y la otra es ¿estamos seguros de por qué?... Me entristece reconocer que, al igual que pasa con la televisión, muchas veces terminamos eligiendo un canal porque “no hay otra cosa” o simplemente nos “entretiene”… Y siendo, yo la primera que peca de ello, queridos todos reconoceré que eso es pecado mortal. Porque… volviendo al supermercado: nuestros logros, nuestra propia identidad y nuestra felicidad depende de que, ese supuesto carro de la compra sea realizado de la forma más inteligente, intencional y productiva posible. Y todo elemento que empape nuestro tiempo y así nuestro cerebro y nuestras vidas debería ser elegido, no simplemente recibido tal cual.
A lo mejor entre tanta clave, mi cerebro anda sobreexitado con el sobrestock de palomitas, pero bueno. Ahora entendereis porqué cuando salen los créditos y me dirigen comentarios tipo “tía me entran ganas de abrir el facebook q te cagas” dude entre escupir palomitas, suicidarme butacas abajo o meterme en mi reserva elitista mental.
Supongo que quien me conoce sabe que mi mundo interno es un universo aparte. Y que cuando mi mirada se pierde y mi cerebro se acoraza es mejor dejarme. Aprecio a la gente que así lo acepta y que no se lo toma a mal.
Este ha sido también el caso tras ver La Red Social.
Siempre procuro, tras ver, sentir o pensar alguna cosa (sea film, conversación, libro o paseo con perros) el analizarla. El ver qué quiero sacar de ahí. Qué mensaje, qué lección, qué producto quiero meter en mi carro de la compra. Porque la vida (y más la mental) es como estar en un supermercado inmenso de donde saber seleccionar te condiciona no sólo el peso de tu cartera sino tu celulitis emocional y el ritmo de tus neuronas.
En la peli se avista la historia de un chico, algo más que inteligente… que es capaz de hacer el carro de la compra más productivo de los últimos tiempos. Se me mezclan muchas ideas que no sé si ya tienen que ver unas con otras o no. Pero subrayo varias clave-productos estrella como sacadas de un folleto de promoción. Ahí van:
La fragilidad de las ideas… La relatividad de la originalidad de las mismas. Realmente la persona más inteligente no es quien es capaz de idearla si no la susceptible de llevarla a la realidad. La inteligencia práctica, lo que convierte a alguien inteligente en alguien listo. Y la importancia de analizar de lo que ese paso depende… El no tener miedo, el trabajar, el querer avanzar, el inconformismo, la defensa de tus principios, la creación de tus propias normas… la lucha hacia metas que no persiguen billetes de colores. Las que buscan un sentido a tus ideas y tu labor.
El valor del aprendizaje. No sé qué falla en la educación (o mejor decir, no sé qué no falla) pero ojalá la gente tuviese clara la importancia de aprender, trabajar, estudiar, de crear… y labrar un camino con el esfuerzo, no para conseguir un trabajo, no para ganar dinero. Sino para ser quien uno quiere ser. Para conocerse, para conocer el mundo, para vivir… para elegir un camino y para que ese camino no te encuentre a ti. Esa es la verdadera lucha, joder. Y no entiendo cómo se pierden cerebros y cerebros en el intento, que al final son cabecitas que aspiran a llegar a fin de mes y a ponerse cuanto antes las mechas.
El valor de la elección de las personas que te rodean. Creo que mucha de esa inconsciencia también la tenemos a la hora de invertir el tiempo con la gente que nos rodea. La pregunta es ¿elegimos a los amigos/as? Y la otra es ¿estamos seguros de por qué?... Me entristece reconocer que, al igual que pasa con la televisión, muchas veces terminamos eligiendo un canal porque “no hay otra cosa” o simplemente nos “entretiene”… Y siendo, yo la primera que peca de ello, queridos todos reconoceré que eso es pecado mortal. Porque… volviendo al supermercado: nuestros logros, nuestra propia identidad y nuestra felicidad depende de que, ese supuesto carro de la compra sea realizado de la forma más inteligente, intencional y productiva posible. Y todo elemento que empape nuestro tiempo y así nuestro cerebro y nuestras vidas debería ser elegido, no simplemente recibido tal cual.
A lo mejor entre tanta clave, mi cerebro anda sobreexitado con el sobrestock de palomitas, pero bueno. Ahora entendereis porqué cuando salen los créditos y me dirigen comentarios tipo “tía me entran ganas de abrir el facebook q te cagas” dude entre escupir palomitas, suicidarme butacas abajo o meterme en mi reserva elitista mental.
sábado, 23 de octubre de 2010
Estrategia en el sentimiento
Creo que una cosa que diferencia a las personas que consiguen el éxito de las que no, son la frialdad en sus decisiones. La planificación. La consciencia. El análisis. La estrategia. La valentía. La coherencia. El egoísmo.
Esa forma de apostar en la que cada paso que se da se realiza por algo. Aunque ese algo aparezca posteriormente en el plano de la consciencia. Esa forma de potenciar las capacidades a través del prisma de la estrategia. Esa forma de conectar lo que uno quiere, lo que uno tiene y lo que el mundo le ofrece y necesita.
Admiro esa capacidad. Y la venero en muchas de las figuras que me rodean, aunque ellos no lo sepan. Intento empaparme de ella. Tira de una parte de mí que a veces aparto para evitar esa autoexigencia que a veces me surte de psoriasis, de estrés y de logros (satisfactorios pero progresivamente insuficientes). Tiran de la parte más racional, más calculadora y más inteligentemente práctica. Creo que esa quizá sea la parte que marque la diferencia entre ser un trabajador mediocre (mileurista o no) o ser un profesional emprendedor con éxito.
Lo que muchas veces me pregunto es si esa parte será también la que marque ese paso entre casarse con un buen hombre o seleccionar al hombre de tu vida.
Esa racionalización, ese cálculo, esa estrategia, ese egoísmo y esa coherencia a veces se vienen abajo cuando se trata del corazón. Las decisiones emocionales ya no se mueven en ese plano. Y ese CI, ese analismo y esa consciencia a veces sirve tanto como una termomix en una tienda de campaña. Como una nevera en el ártico. Como un cascabel para un gato de escayola.
A veces me me frustra. Me jode. Me revienta. Porque no sé si es una cuestión de género (a la mujer nos puede el sentimiento?), de debilidad personal (no soy lo suficiente valiente?) o de principios (podemos vivir la vida dejando a un lado lo que nos dictan los sentimientos?).
Lo cierto es que admiro a esa gente que sabe lo que quiere, que sabe cómo conseguirlo y que lo lleva a cabo. Y no sé si Bill Gates o Ray Kroc así también en el plano relacional. Es decir, esa capacidad de tomar decisiones difíciles, sopesando ganancias y pérdidas, jugando siempre con las mejores cartas o tirándose en condiciones un farol, la aplican a la hora de marcar su camino sentimental. Dejando a un lado los panes para hoy y hambre para mañana.
Hago un esfuerzo por cerrar los ojos imaginándome a Bill peleándose con su mujer en plan calzonazos. Intento visualizar a Kasparov pasando los días al lado de una jovencita que ha ido a parar a su lado sin ningún árbol de decisión previo. Veo a Eduardo Punset contra sus sentimientos mirándose al espejo intentando aplicar todo ese maremagnum de teorías a su vida amorosa.Y no estoy segura de lo que puede haber detrás de los muros de su casa. Detrás de los muros de su cerebro racional. Detrás de su éxito profesional. Detrás de su recorrido.
Y no sé si se tratan de reglas que mandan sobre lo mismo. No estoy segura de que una misma filosofía enraice esas áreas. No estoy nada segura de que uno pueda aplicar esas herramientas a todo. No estoy nada nada segura. Y lo dudo tanto que vacilo a la hora de ser valiente y que mi camino esté tan calculado. Tan analizado. Y sea tan consecuente. No sé si es una cuestión de cobardía o de valentía. No sé si el apostar por lo que se siente a pesar de que los datos te frenen es de miedicas o de lo contrario. No sé si el jugar con cartas buenas sólo de corazón es infantil o simplemente honrado…. No sé.
No sé si elegir a alguien porque me tira la entraña es tan irracional como primitivo. No sé si seguir la inercia de la piel me empuja hacia el vacío de la incertidumbre. Hacia el abismo del fracaso. No sé si sería más inteligente considerar los factores que incrementan las posibilidades del producto de la potencia de la raíz cuadrada de la satisfacción en pareja. Pero me debato siempre entre los cosenos de la raíz cuadrada de todas esas claves… o mandar a tomar por saco la calculadora y mover el rabito como un perro con su felicidad inmediata.
Esa forma de apostar en la que cada paso que se da se realiza por algo. Aunque ese algo aparezca posteriormente en el plano de la consciencia. Esa forma de potenciar las capacidades a través del prisma de la estrategia. Esa forma de conectar lo que uno quiere, lo que uno tiene y lo que el mundo le ofrece y necesita.
Admiro esa capacidad. Y la venero en muchas de las figuras que me rodean, aunque ellos no lo sepan. Intento empaparme de ella. Tira de una parte de mí que a veces aparto para evitar esa autoexigencia que a veces me surte de psoriasis, de estrés y de logros (satisfactorios pero progresivamente insuficientes). Tiran de la parte más racional, más calculadora y más inteligentemente práctica. Creo que esa quizá sea la parte que marque la diferencia entre ser un trabajador mediocre (mileurista o no) o ser un profesional emprendedor con éxito.
Lo que muchas veces me pregunto es si esa parte será también la que marque ese paso entre casarse con un buen hombre o seleccionar al hombre de tu vida.
Esa racionalización, ese cálculo, esa estrategia, ese egoísmo y esa coherencia a veces se vienen abajo cuando se trata del corazón. Las decisiones emocionales ya no se mueven en ese plano. Y ese CI, ese analismo y esa consciencia a veces sirve tanto como una termomix en una tienda de campaña. Como una nevera en el ártico. Como un cascabel para un gato de escayola.
A veces me me frustra. Me jode. Me revienta. Porque no sé si es una cuestión de género (a la mujer nos puede el sentimiento?), de debilidad personal (no soy lo suficiente valiente?) o de principios (podemos vivir la vida dejando a un lado lo que nos dictan los sentimientos?).
Lo cierto es que admiro a esa gente que sabe lo que quiere, que sabe cómo conseguirlo y que lo lleva a cabo. Y no sé si Bill Gates o Ray Kroc así también en el plano relacional. Es decir, esa capacidad de tomar decisiones difíciles, sopesando ganancias y pérdidas, jugando siempre con las mejores cartas o tirándose en condiciones un farol, la aplican a la hora de marcar su camino sentimental. Dejando a un lado los panes para hoy y hambre para mañana.
Hago un esfuerzo por cerrar los ojos imaginándome a Bill peleándose con su mujer en plan calzonazos. Intento visualizar a Kasparov pasando los días al lado de una jovencita que ha ido a parar a su lado sin ningún árbol de decisión previo. Veo a Eduardo Punset contra sus sentimientos mirándose al espejo intentando aplicar todo ese maremagnum de teorías a su vida amorosa.Y no estoy segura de lo que puede haber detrás de los muros de su casa. Detrás de los muros de su cerebro racional. Detrás de su éxito profesional. Detrás de su recorrido.
Y no sé si se tratan de reglas que mandan sobre lo mismo. No estoy segura de que una misma filosofía enraice esas áreas. No estoy nada segura de que uno pueda aplicar esas herramientas a todo. No estoy nada nada segura. Y lo dudo tanto que vacilo a la hora de ser valiente y que mi camino esté tan calculado. Tan analizado. Y sea tan consecuente. No sé si es una cuestión de cobardía o de valentía. No sé si el apostar por lo que se siente a pesar de que los datos te frenen es de miedicas o de lo contrario. No sé si el jugar con cartas buenas sólo de corazón es infantil o simplemente honrado…. No sé.
No sé si elegir a alguien porque me tira la entraña es tan irracional como primitivo. No sé si seguir la inercia de la piel me empuja hacia el vacío de la incertidumbre. Hacia el abismo del fracaso. No sé si sería más inteligente considerar los factores que incrementan las posibilidades del producto de la potencia de la raíz cuadrada de la satisfacción en pareja. Pero me debato siempre entre los cosenos de la raíz cuadrada de todas esas claves… o mandar a tomar por saco la calculadora y mover el rabito como un perro con su felicidad inmediata.
miércoles, 6 de octubre de 2010
unir los puntos
Recuerdo muchas veces las palabras de Steve Jobs. Los puntos en tu vida a veces sólo pueden unirse una vez recorridos. Yo siempre he tenido facilidad para ver ese camino. O inventármelo. Creo que soy de las llamadas optimistas empedernidas. De las que le intentan encontrar un sentido hasta al hecho de pisar un pipí de perro. De las que creen en el destino. El destino que uno crea. El que uno escribe sobre unas líneas ya esbozadas… sin saberlo. El destino y la fuerza.
Pues eso. Que yo soy de las que cuando al coche se le pincha la rueda da gracias al cielo por no haber tenido un accidente. Que cuando se le pierden cincuenta euros piensa que mejor eso que perder la tarjeta. Que cuando pierde el tren piensa que en el siguiente puede que encuentre al hombre de su vida… De las que ve señales donde quizá solo haya suerte. De las que veneran la serie Lost. Y de las que por ello todavía aún brinda por Jack.
Hace dos semanas lidiaba contra mi intolerancia a la incertidumbre laboral. Me autofustigaba a golpe de clic sobre ofertas del infojobs. Rasgando mi currículum invocando los miles de euros invertidos en él. Planeando ahorcarme con las típicas medias tupidas de entrevista de trabajo. Y preguntándome una y otra vez (como dijo un alguien a quien admiro) por qué soy un Cristiano Ronaldo jugando en tercera regional.
En tal momento crítico, una no sabe si mañana será diputada, quizá puta o el p lastre de la jubilación de sus padres. No sabes si eres la futura Amancia Ortega o un potencial concursante de gran hermano. Te debates entre montar tu empresa o poner copas en un bar hortera. Joder. Yo sólo os diré que escribí a Cesar Millán para ofrecerle mis servicios paseando a sus perros en su centro canino de la Baja California.
Unos días después, puedo dejar de invertir creatividad en planes alternativos a mi stand by. De repente, tengo un ascenso. Cataplás. Dos proyectos en mis manos. Yuju.
Y es que la vida es imprevisible. O no? … Qué buena becaria habré sido pensarán algunos... Pues no. Aunque mi ilusidad ¿? me empuje a sentir inseguridad por lo merecido de este golpe de suerte, tengo que hacer un esfuerzo por mirar atrás. Y unir puntos. Porque no me he rendido. Porque no he trabajado por dinero. Porque he currado como una leona. Porque una vez sumergida en barro al menos me he puesto el bikini. Porque aun con la agenda vacía la he llenado con listas de la compra, cursos, opción a, b y c. Y c 1 c2 y c3 por si acaso. Porque mi cabeza no ha dejado de funcionar. Porque me levanto en sueños con nuevas ideas para afianzar un camino. Porque estoy segura del poder de la autodeterminación. Aunque sea con retardo, en direcciones imprevistas y sin climatizador. Porque he luchado y lucho por seguir luchando. Y sé que al final del camino no se alcanza el objetivo. Soy espartana. De las que corre sin mirar el reloj. De las que come yogures caducados. De las que no se rinde. De las que ama la guerra. Porque sabe que en esa lucha (por sí misma y no en su final) está la verdadera meta.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Patito
Hablemos de mi perra. Y como no va a ser menos en esta historia, pues le pondremos un pseudónimo (que ella también tiene derecho a salvaguardar su identidad). La llamaremos patito. Patito es una collie preciosa (véase raza de Lassie si procede). Mi madre para meterla en casa dijo q se la había encontrado en medio de calle Larios sola y sin collar (un poco raro sí, pero viniendo de mi madre pues coherente). Al final la acogimos porque tiene como ojos de persona y un morrito picudo (de ahí lo de patito…). Pues eso, que es como la miss perra de la zona, y allá donde vaya todos se quedan mirando como obnubilados por su belleza y simpatía (sí, porque además parece cuando abre la boca que sonríe).
Es lo más fiel que he conocido. Me acompaña hasta a hacer pipí. Y cuando estudié la oposición la tuve perennemente acostadita al lado de mi mesa de estudio. Cuando la dejo dormir en mi cuarto se acuesta siempre en el mismo sitio, cerquita mía. Y por la mañana se pone todavía más cerca dándose paseitos y mirándome mientras duermo como diciendo “ya es de día, me sacas? Me sacas? Me sacas? Porfi porfi porfi porfi”.
Antes de que cumpliese sus 13 años de perra la llevaba a correr conmigo siempre. Me ponía las zapatillas y a su lado los kilómetros se hacían menos. Yo voy por tierra y ella prefiere ir por encima del paseo, con lo que corremos al mismo ritmo pero separadas por el murito y es supergracioso. Cuando el murito se hace grande y nos separa ladra nerviosa rollo ansiedad por separación.
La última vez q la saqué a correr creo que le dio un desmayo o algo y cuando se levantó se fue a la carretera desorientada. No le pasó nada pero me tiré la noche llorando de pena de pensar que ya no puede correr conmigo. Y que pronto se morirá. Y solo será un recuerdo en mi vida. Un recuerdo peludo, fiel y cuya presencia en mi camino me ha aportado algo que solo algunos entenderán.
La unión a tu perro te enseña cosas… Te enseña cosas que no están en el plano de las explicaciones racionales. Te enseña a entenderte sin palabras. Te enseña lo que es el vínculo interespecie. Te enseña la importancia del hábito. Y el valor de la fidelidad.
Pues eso que cuando se muera ya no tendré q buscarle garrapatas. No tendré quien me espere moviendo el rabito cuando vuelva a casa. No tendré que cepillarla sacando bolachas de pelo rubio (que de vez en cuando ruedan por mi casa como los cardos esos del oeste desértico). No tendré que fabricar chubasqueros con bolsas del mercadona en los días de lluvia.
Y será más traumático que la muerte de chanquete. Y me vestiré de negro. Y ya no podré ver al encantador de perros durante un tiempo… No exagero. Que se me saltan las lágrimas de pensarlo. Y que está ahora al lado durmiendo y cada 5 minutos compruebo que respira… Es mi perrunáncana. Y lo único que me quedará cuando se muera es la ilusión por que cuando me toque lo de pasar el túnel con la luz ella me espere al otro lado moviendo el rabito…
viernes, 24 de septiembre de 2010
Sufrir - fácil, entender- difícil
Nunca he querido ir por el camino fácil. Y juzgar es fácil. Culpar a los demás es fácil. Señalar los errores es fácil. Criticar a las guapas. Putear a tu jefe. Odiar a las ex de tu novio. Etc. Etc. Etc. Dentro de todo eso, una de las cosas que considero más fácil es responsabilizar a los demás de tu propio sufrimiento. "Es que tú me has hecho daño". Por duro que sea, cuando el sufrimiento es grande, la mayor parte del mismo reside dentro de tí.
Siempre he tenido devoción por saber el porqué de las cosas. Y dentro de esas cosas, saber porqué la gente hace lo que hace y siente lo que siente me parece fascinante. Por qué un drogadicto se droga. Por qué una anoréxica no come. Por qué ese tío es así de borde. Por qué mi marido me pega. Por qué mi marido me pega y yo me dejo. Por qué una amiga se enfada... No solo por satisfacer la curiosidad. Sino porque te da herramientas para no sufrir y ayudar a no sufrir al resto.
Un ejemplo es llegar a aceptar que las cosas tienen la importancia que tienen por la interpretación que le damos. Entender que no hay verdades, que sólo hay puntos de vista. Y manejar eso en el día a día de las relaciones humanas. Todo esto no es difícil, es un auténtico desafío. Sobre todo con personas diferentes a nosotros. Y con personas que nos importan y de las que dependemos de algún modo.
Creo que lo más duro de eso es sobrellevar la relatividad de los hechos. Porque aceptar que un hecho puede estar bien o mal según se analice desde un punto o de otro es incómodo. Te deja muchas veces sin justificación para tu sufrimiento. Y te arrebata ese derecho de culpabilizar al otro. Quedántote solo ante tu dolor, con la única opción de modificar tu forma de sentirlo. Y eso es complicado.
Ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos decía nosequién. Y eso, incluso ya adultos, hay gente que le cuesta trabajo verlo. Las películas Disney (y no Disney) han hecho gran daño a tal causa. Nuestra organización cerebral tampoco favorece tal misión. Porque la parte emocional "anula" la capacidad de razonamiento y cuando hay conflictos y algo te hace daño, el corazón manda. Porque a más fuerte el sufrimiento peor funciona nuestra cabeza. Ese dolor te ancla en tu punto de vista. Como ese niño que llora porque ha tropezado con el escalón.
El caso es ese, que enfadarse es fácil y sufrir también lo es (aunque no sea agradable). El camino difícil es analizar las cosas y no etiquetar lo que se ve, se escucha o se siente, a primera vista. Una de las claves que considero esencial para no sufrir absurdamente, es conocerse a sí mismo. Saber de qué pata cojeas es básico para saber si el plato te lo han tirado o se ha resbalado sobre tí. Responsabilizarse de lo que pasa en tu vida es esencial para aprender. Porque aprender es saber mejorar la herramienta más imprescindible de la vida (tú). Y por duro que sea, la lucha no está en cambiar al resto, está en hacerlo uno mismo.
Siempre he tenido devoción por saber el porqué de las cosas. Y dentro de esas cosas, saber porqué la gente hace lo que hace y siente lo que siente me parece fascinante. Por qué un drogadicto se droga. Por qué una anoréxica no come. Por qué ese tío es así de borde. Por qué mi marido me pega. Por qué mi marido me pega y yo me dejo. Por qué una amiga se enfada... No solo por satisfacer la curiosidad. Sino porque te da herramientas para no sufrir y ayudar a no sufrir al resto.
Un ejemplo es llegar a aceptar que las cosas tienen la importancia que tienen por la interpretación que le damos. Entender que no hay verdades, que sólo hay puntos de vista. Y manejar eso en el día a día de las relaciones humanas. Todo esto no es difícil, es un auténtico desafío. Sobre todo con personas diferentes a nosotros. Y con personas que nos importan y de las que dependemos de algún modo.
Creo que lo más duro de eso es sobrellevar la relatividad de los hechos. Porque aceptar que un hecho puede estar bien o mal según se analice desde un punto o de otro es incómodo. Te deja muchas veces sin justificación para tu sufrimiento. Y te arrebata ese derecho de culpabilizar al otro. Quedántote solo ante tu dolor, con la única opción de modificar tu forma de sentirlo. Y eso es complicado.
Ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos decía nosequién. Y eso, incluso ya adultos, hay gente que le cuesta trabajo verlo. Las películas Disney (y no Disney) han hecho gran daño a tal causa. Nuestra organización cerebral tampoco favorece tal misión. Porque la parte emocional "anula" la capacidad de razonamiento y cuando hay conflictos y algo te hace daño, el corazón manda. Porque a más fuerte el sufrimiento peor funciona nuestra cabeza. Ese dolor te ancla en tu punto de vista. Como ese niño que llora porque ha tropezado con el escalón.
El caso es ese, que enfadarse es fácil y sufrir también lo es (aunque no sea agradable). El camino difícil es analizar las cosas y no etiquetar lo que se ve, se escucha o se siente, a primera vista. Una de las claves que considero esencial para no sufrir absurdamente, es conocerse a sí mismo. Saber de qué pata cojeas es básico para saber si el plato te lo han tirado o se ha resbalado sobre tí. Responsabilizarse de lo que pasa en tu vida es esencial para aprender. Porque aprender es saber mejorar la herramienta más imprescindible de la vida (tú). Y por duro que sea, la lucha no está en cambiar al resto, está en hacerlo uno mismo.
domingo, 12 de septiembre de 2010
El vacío existencial
Hay días q la mente parece apagada o fuera de cobertura. Pero q a la vez los sentidos están como hipersensibles. Y en esos momentos me siento en un callejón sin salida. Porque no hay explicación racional a que se te escapen las lágrimas escuchando algo, tocando algo o viendo otra cosa. El siempre fuerte escudo de la racionalidad te abandona. Y te deja indefensa... ante lo que no es otra cosa que tú misma. Frente al mundo. Ante la incoherencia. La incertidumbre. La belleza incomprensible. El dolor. El placer. La vida. Ante la vida que puede tener un perro. A merced de lo que siente sin poder darle explicación. A merced de estar en un lugar donde no sabe porqué está.
A veces siento que siento demasiado. Me abruman días en los que el vacío se apodera de mí. Y me siento como una muñeca de porcelana hueca. Como en un mundo demasiado inabarcable. Y con una sensibilidad desbocada y una cabeza indomable. Mi vida parece una travesía en una colchoneta hinchable, donde se deja aparcada la profundidad que existe debajo. Como haciendo la vista gorda a la inmensidad del océano debajo de la superficie.
Entonces el sueño es un refugio donde separarte del mundo. El bolígrafo la única cosa en el mundo que parece traducir lo que te anuda la garganta. Y la comida, la droga o la telebasura una forma de mirar a otro lado. De seguir en esa superficie poniéndote morena, a salvo de medusas y hallazgos tan fascinantes como incómodos, sin pasar frío y en contacto visual con la fauna de a pie de la playa (osea domingueros, sombrillas asesinas y bikinis criticables). La diversión, las dependencias, incluso el humor son armas con las que obviar esa profundidad que a veces dejamos a un lado. La evadimos muchas veces por la dificultad de afrontarla y abarcarla sin sufrimiento. Ese sufrimiento del ser que se asoma a un precipicio, que cuanto más se acerca más profundo parece ser.
Al contrario que mucha gente, pienso que el sufrimiento a veces es necesario. Te manda mensajes, aunque sin formato. Te da un lienzo en blanco sobre el que expresar. Y te ayuda a encontrar caminos por los que volverte a reencontrar. Escuchar lo que uno siente a veces es más importante que interpretarlo.
A veces siento que siento demasiado. Me abruman días en los que el vacío se apodera de mí. Y me siento como una muñeca de porcelana hueca. Como en un mundo demasiado inabarcable. Y con una sensibilidad desbocada y una cabeza indomable. Mi vida parece una travesía en una colchoneta hinchable, donde se deja aparcada la profundidad que existe debajo. Como haciendo la vista gorda a la inmensidad del océano debajo de la superficie.
Entonces el sueño es un refugio donde separarte del mundo. El bolígrafo la única cosa en el mundo que parece traducir lo que te anuda la garganta. Y la comida, la droga o la telebasura una forma de mirar a otro lado. De seguir en esa superficie poniéndote morena, a salvo de medusas y hallazgos tan fascinantes como incómodos, sin pasar frío y en contacto visual con la fauna de a pie de la playa (osea domingueros, sombrillas asesinas y bikinis criticables). La diversión, las dependencias, incluso el humor son armas con las que obviar esa profundidad que a veces dejamos a un lado. La evadimos muchas veces por la dificultad de afrontarla y abarcarla sin sufrimiento. Ese sufrimiento del ser que se asoma a un precipicio, que cuanto más se acerca más profundo parece ser.
Al contrario que mucha gente, pienso que el sufrimiento a veces es necesario. Te manda mensajes, aunque sin formato. Te da un lienzo en blanco sobre el que expresar. Y te ayuda a encontrar caminos por los que volverte a reencontrar. Escuchar lo que uno siente a veces es más importante que interpretarlo.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Mi santa madre
Mi mente a veces es un prisma con el que transformo la realidad en una tira cómica. Me pasa con todo. Y sobre todo en momentos claves de hipomanía o depresión. Estados anímicos extremos convierten mi cabeza como en un canal de dibujos animados.
En el momento en el que abro la puerta de casa de mi madre tal mecanismo no deja de funcionar. Encontrar la Epil Lady encima del microondas, espejos retrovisores en el cuarto de baño, un paragüero junto al wc y pipis de perro sin limpiar en sucesivas esquinas es lo que tiene. Mi madre es un ser peculiar con una forma de vida algo cuestionable que pone mi equilibrio mental en riesgo de forma constante. Pero mi amor por ella y mi sentido del humor luchan por transformar esa realidad en algo llevadero.
Mientras limpio los pipís de perro, recojo sus bragas del bidé, vacío ceniceros y recoloco objetos de forma coherente, respiro como controlando contracciones e intento sonreír. A veces reconozco que la llamo (como esperando que me de una explicación coherente a su forma de vida) y con un tono como el que diriges a un niño le digo: “mamá... eee...hola, … que nada… que es que… me he encontrado que has transformado mi cesto de mimbre de la ropa sucia en un macetero (como con 7kilos de tierra sustentando un geranio y un cáctus juntos) y… no sé si preguntarte la razón de tal hecho... o directamente regarlo…”.
En tales momentos me quedo en standby, barajando siempre las mismas opciones:
a- chillar
b- suicidarme
c- llamar a Almodóvar
d- seguir limpiando pipís de perro
Suelo coger siempre la opción a (chillando pero bajito) y seguir con la d hasta que se me vaya de la cabeza la opción b. Y como no tengo el teléfono de Almodóvar procuro imaginarme el posible guión hasta que me da la risa. Y de repente, veo a mi madre alcohólica, con síndrome de Diógenes y enamorada crónica de politoxicómanos varios como protagonista de un próximo Óscar. Sólo a veces así mi vida recobra sentido.
En el momento en el que abro la puerta de casa de mi madre tal mecanismo no deja de funcionar. Encontrar la Epil Lady encima del microondas, espejos retrovisores en el cuarto de baño, un paragüero junto al wc y pipis de perro sin limpiar en sucesivas esquinas es lo que tiene. Mi madre es un ser peculiar con una forma de vida algo cuestionable que pone mi equilibrio mental en riesgo de forma constante. Pero mi amor por ella y mi sentido del humor luchan por transformar esa realidad en algo llevadero.
Mientras limpio los pipís de perro, recojo sus bragas del bidé, vacío ceniceros y recoloco objetos de forma coherente, respiro como controlando contracciones e intento sonreír. A veces reconozco que la llamo (como esperando que me de una explicación coherente a su forma de vida) y con un tono como el que diriges a un niño le digo: “mamá... eee...hola, … que nada… que es que… me he encontrado que has transformado mi cesto de mimbre de la ropa sucia en un macetero (como con 7kilos de tierra sustentando un geranio y un cáctus juntos) y… no sé si preguntarte la razón de tal hecho... o directamente regarlo…”.
En tales momentos me quedo en standby, barajando siempre las mismas opciones:
a- chillar
b- suicidarme
c- llamar a Almodóvar
d- seguir limpiando pipís de perro
Suelo coger siempre la opción a (chillando pero bajito) y seguir con la d hasta que se me vaya de la cabeza la opción b. Y como no tengo el teléfono de Almodóvar procuro imaginarme el posible guión hasta que me da la risa. Y de repente, veo a mi madre alcohólica, con síndrome de Diógenes y enamorada crónica de politoxicómanos varios como protagonista de un próximo Óscar. Sólo a veces así mi vida recobra sentido.
Superhéroes
El que fue hace poco mi chico tiene muchas peculiaridades. A veces se depila todo menos el culo y parece que tiene un tenue calzoncillo de pelo cuando está en pelotillas. Odia verme hacer pis y siempre me cierra la puerta del baño poniendo la misma cara de indignación. Siempre que expulsa gases hace un ruido a destiempo con cualquier otra cosa (con la suela del zapato, la tapa del wc o dando golpes a la pared) como no renunciando a intentar disimularlo. Se acuerda de los dibujos que tenía mi vestido el día que me conoció y desde entonces no dejó de luchar por gustarme. Todavía hoy se levanta el flequillo justo antes de que nos veamos e intenta dejarse barba porque sabe que me encanta. Cada 3 semanas le entra un ataque de pánico al compromiso y me pregunta si lo dejamos. Tenemos una hija imaginaria de dos años (como la niña de Monstruos S.A.) a la que siempre aludo cuando nos peleamos. Cuando le pido que me baile un poco lo hace (en plan fama, superdivertido). Y siempre que de noche me pica un mosquito se levanta y se pone en guardia para buscarlo y matarlo sin piedad. Es supernoble, es un guerrero y siento que a su lado todo es sencillo.
Además de todo eso, tiene un sobaco como un poco grande que siempre huele bien y a veces tiene pelos superlargos. Al hilo de esto último, a veces le cuento historias sobre un superhéroe imaginario “Zuperzobaco man"... El otro día estaba en la playa tumbado enseñando su supersobaco y dije así:
Zuperzobaco man recorre laz playaz alerta de que la humanidad lo necezite. Mientraz duerme, zu zentido zobáquido detecta loz gritoz de loz niñoz que ze ahogan en el mar… con zuz zuperpeloz ez capaz de rezcatarloz zin necezidad de acercarze a la orilla… A la vez que loz peloz de zu otro zobaco echan crema zobre laz perzonaz para que no dezarrollen un cancer de piel…
Aún hoy, siento que lo quiero tanto porque juntos convertimos nuestro día a día en una serie de televisión. Tengo total fe de que si nos viesen por un agujero nos ficharían para la Paramount Comedy.
Además de todo eso, tiene un sobaco como un poco grande que siempre huele bien y a veces tiene pelos superlargos. Al hilo de esto último, a veces le cuento historias sobre un superhéroe imaginario “Zuperzobaco man"... El otro día estaba en la playa tumbado enseñando su supersobaco y dije así:
Zuperzobaco man recorre laz playaz alerta de que la humanidad lo necezite. Mientraz duerme, zu zentido zobáquido detecta loz gritoz de loz niñoz que ze ahogan en el mar… con zuz zuperpeloz ez capaz de rezcatarloz zin necezidad de acercarze a la orilla… A la vez que loz peloz de zu otro zobaco echan crema zobre laz perzonaz para que no dezarrollen un cancer de piel…
Aún hoy, siento que lo quiero tanto porque juntos convertimos nuestro día a día en una serie de televisión. Tengo total fe de que si nos viesen por un agujero nos ficharían para la Paramount Comedy.
lunes, 30 de agosto de 2010
Extraños en mi toalla
Hay un fenómeno que debería ser analizado por los más prestigiosos físicos y sociólogos. Pongámonos en situación: playa, tumbada, relajada, escuchando el mar, notando las gotitas de agua secándose sobre mi piel... cuando... tachán: una pareja que acude a la playa planta sus bártulos como a doce centrímetros de mi punto de ubicación.
Están tan cerca que puedo ver los pelos de las piernas de las ingles de la recién llegada. Cuando abren la sobrilla casi me sacan un ojo. La muchacha se abanica y provoca el movimiento de mis cabellos. El hombre se estira y casi me araña con las uñas de sus pies. Y ahí es cuando tengo que invocar a Sidartha para que me devuelva el equilibrio mental que tanto dinero en terapia requisó. Porque mi vena Olimpia (Física o química) hace que les lance una mirada con la que casi le quito el nudo del bikini a la muchacha en cuestión.
Respiro y me pregunto: ¿es que en la playa hay un fenómeno paranormal que anula la capacidad de respetar los espacios vitales? ¿es que sobre la arena la gente deja de calcular bien las distancias? ¿es que me quieren mangar el bolso o es que quieren que les chupe los pies?
Están tan cerca que puedo ver los pelos de las piernas de las ingles de la recién llegada. Cuando abren la sobrilla casi me sacan un ojo. La muchacha se abanica y provoca el movimiento de mis cabellos. El hombre se estira y casi me araña con las uñas de sus pies. Y ahí es cuando tengo que invocar a Sidartha para que me devuelva el equilibrio mental que tanto dinero en terapia requisó. Porque mi vena Olimpia (Física o química) hace que les lance una mirada con la que casi le quito el nudo del bikini a la muchacha en cuestión.
Respiro y me pregunto: ¿es que en la playa hay un fenómeno paranormal que anula la capacidad de respetar los espacios vitales? ¿es que sobre la arena la gente deja de calcular bien las distancias? ¿es que me quieren mangar el bolso o es que quieren que les chupe los pies?
domingo, 22 de agosto de 2010
Las piedras en el camino
En la búsqueda de sentido en nuestras vidas a veces encontramos piedras curiosas con las que tropezar. En muchos momentos, esa lucha por recobrar el equilibrio caída tras caída hace que olvidemos mirar al suelo con una interrogación. Yo llevo ese signo de interrogación en la cabeza desde que Espinete y compañía llenaban mi vida mental. Ahora también distraigo ese ¿? con programas como GH, excesos de azúcar sintético y running ilimitado. Pero nada de eso aplaca mi sed reflexiva. Y los cuadernillos de cuadros con portada rollo Wini de Poo empiezan a ser insuficientes.
La búsqueda de sentido a mi vida deja piedras con caritas sonrientes, emoción desmedida y conclusiones a veces dignas de Punset. Nunca he sido de tirar piedras al río. Yo era más de guardarlas en el bolsillo hasta que se me caía el pantalón. Y a mis años enseñar el trasero no creo q sea menester... Un cajón donde guardarlas es la mejor solución q encuentro a ese peso a través del camino.
La búsqueda de sentido a mi vida deja piedras con caritas sonrientes, emoción desmedida y conclusiones a veces dignas de Punset. Nunca he sido de tirar piedras al río. Yo era más de guardarlas en el bolsillo hasta que se me caía el pantalón. Y a mis años enseñar el trasero no creo q sea menester... Un cajón donde guardarlas es la mejor solución q encuentro a ese peso a través del camino.
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