Creo que una cosa que diferencia a las personas que consiguen el éxito de las que no, son la frialdad en sus decisiones. La planificación. La consciencia. El análisis. La estrategia. La valentía. La coherencia. El egoísmo.
Esa forma de apostar en la que cada paso que se da se realiza por algo. Aunque ese algo aparezca posteriormente en el plano de la consciencia. Esa forma de potenciar las capacidades a través del prisma de la estrategia. Esa forma de conectar lo que uno quiere, lo que uno tiene y lo que el mundo le ofrece y necesita.
Admiro esa capacidad. Y la venero en muchas de las figuras que me rodean, aunque ellos no lo sepan. Intento empaparme de ella. Tira de una parte de mí que a veces aparto para evitar esa autoexigencia que a veces me surte de psoriasis, de estrés y de logros (satisfactorios pero progresivamente insuficientes). Tiran de la parte más racional, más calculadora y más inteligentemente práctica. Creo que esa quizá sea la parte que marque la diferencia entre ser un trabajador mediocre (mileurista o no) o ser un profesional emprendedor con éxito.
Lo que muchas veces me pregunto es si esa parte será también la que marque ese paso entre casarse con un buen hombre o seleccionar al hombre de tu vida.
Esa racionalización, ese cálculo, esa estrategia, ese egoísmo y esa coherencia a veces se vienen abajo cuando se trata del corazón. Las decisiones emocionales ya no se mueven en ese plano. Y ese CI, ese analismo y esa consciencia a veces sirve tanto como una termomix en una tienda de campaña. Como una nevera en el ártico. Como un cascabel para un gato de escayola.
A veces me me frustra. Me jode. Me revienta. Porque no sé si es una cuestión de género (a la mujer nos puede el sentimiento?), de debilidad personal (no soy lo suficiente valiente?) o de principios (podemos vivir la vida dejando a un lado lo que nos dictan los sentimientos?).
Lo cierto es que admiro a esa gente que sabe lo que quiere, que sabe cómo conseguirlo y que lo lleva a cabo. Y no sé si Bill Gates o Ray Kroc así también en el plano relacional. Es decir, esa capacidad de tomar decisiones difíciles, sopesando ganancias y pérdidas, jugando siempre con las mejores cartas o tirándose en condiciones un farol, la aplican a la hora de marcar su camino sentimental. Dejando a un lado los panes para hoy y hambre para mañana.
Hago un esfuerzo por cerrar los ojos imaginándome a Bill peleándose con su mujer en plan calzonazos. Intento visualizar a Kasparov pasando los días al lado de una jovencita que ha ido a parar a su lado sin ningún árbol de decisión previo. Veo a Eduardo Punset contra sus sentimientos mirándose al espejo intentando aplicar todo ese maremagnum de teorías a su vida amorosa.Y no estoy segura de lo que puede haber detrás de los muros de su casa. Detrás de los muros de su cerebro racional. Detrás de su éxito profesional. Detrás de su recorrido.
Y no sé si se tratan de reglas que mandan sobre lo mismo. No estoy segura de que una misma filosofía enraice esas áreas. No estoy nada segura de que uno pueda aplicar esas herramientas a todo. No estoy nada nada segura. Y lo dudo tanto que vacilo a la hora de ser valiente y que mi camino esté tan calculado. Tan analizado. Y sea tan consecuente. No sé si es una cuestión de cobardía o de valentía. No sé si el apostar por lo que se siente a pesar de que los datos te frenen es de miedicas o de lo contrario. No sé si el jugar con cartas buenas sólo de corazón es infantil o simplemente honrado…. No sé.
No sé si elegir a alguien porque me tira la entraña es tan irracional como primitivo. No sé si seguir la inercia de la piel me empuja hacia el vacío de la incertidumbre. Hacia el abismo del fracaso. No sé si sería más inteligente considerar los factores que incrementan las posibilidades del producto de la potencia de la raíz cuadrada de la satisfacción en pareja. Pero me debato siempre entre los cosenos de la raíz cuadrada de todas esas claves… o mandar a tomar por saco la calculadora y mover el rabito como un perro con su felicidad inmediata.
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