sábado, 20 de noviembre de 2010

¿Control de emociones?

Pocos saben que las emociones tienen cada una su función. Y digo pocos, que incluso yo psicóloga, a veces lo olvido mientras me sueno los mocos intentando reabsorber lágrimas y sacar entereza. Y es que a veces no la hay. Entereza digo. Y lo más importante, la mayoría de veces no debemos intentar buscarla.

El mundo nos educa en filosofías anti-emoción. Mejor dicho: en el control de las mismas. Aprendemos a negarlas (celosa ¿yo???), taponarlas (un dos tres cuatro cinco seis yo me calmaré todos lo veréis), transformarlas (Uy ¿cabrón? No nooo, he dicho Ramón), obviarlas (la la la…) e incluso racionalizarlas (no estoy en crisis, sólo es una desaceleración transitoria de mi estado de ánimo).

Las emociones es como si no estuviesen de moda. Y conceptos superenrollados como inteligencia emocional o coaching sumergen todavía más su valor. Parece que la emoción sea el anticristo de la autoeficacia y el cáncer de la autoestima. Que en la imagen del hombre/mujer del año nunca se ve a nadie haciendo pucheros, o tirándose de los pelos o de la peluca del de al lado.

Nos enseñan por ejemplo que hay que evitar la tristeza. A quién no le han dicho en pleno berrinche: “no llores, no llores...”. Nos crían en pro de la alegría, pero siempre mesurada (que hay que guardar las formas, nada de yiaaajas, yupis ni yupiyeis, con un “Estupendo” y sonrisa, basta). Nos aplacan el enfado casi con virtual camisa de fuerza: ¡Tranquilízate mujer! (y apretando los dientes decimos: que-se-tran-qui-li-ce-tu-pu-tta-ma-drrre). El asco también es algo muy poco fino (seguro que nadie ha visto escupir a Carmen Lomana). ¿El miedo? Eso es de mariquitas. Y la sorpresa evidentemente tampoco tiene nada de glamour, uno siempre tiene que aparentar que lo que viene ya lo sabía (o lo había leído en el Times, visto en la BBC o a lo sumo en documental de la dos).  

Aprendemos a huir de la emoción. Nos entrenamos duramente en el arte de su camuflaje. Y lo hacemos de un modo tan sutil y asumido que cuando queremos darnos cuenta somos como un avatar robótico de la esencia del ser humano.

Cuando queremos darnos cuenta nos cuesta trabajo distinguir la tristeza de un dolor de cabeza. Confundimos el miedo con el enfado, la sorpresa con la alegría y hacemos una macedonia emocional indigesta en todas las direcciones. Y ni siquiera llorando por dentro ante el espejo uno mismo es capaz de escucharse gritar.

Y es que la emoción es el arma de supervivencia más inteligente que la inteligencia misma. Nos permite adaptarnos a todo lo que el mundo trae. Nos da información esencial sobre donde direccionar el camino y nos atrevemos (¡álmas de cántaro!) a desear el lujo de no tener que sentirlas.

Pero es que las emociones son como el alfabeto de la verdadera felicidad. La tristeza nos permite la reintegración, la asimilación de la pérdida y la reorganización de nuestras vidas. El miedo nos da claves del peligro almacenadas como en GPS cerebral. La sorpresa permite orientarnos hacia lo nuevo. El asco nos protege de lo que necesitamos rechazar. La ira focaliza nuestra energía para defendernos de un daño. Y la alegría, evidentemente, nos empuja hacia lo que en esencia es imprescindible seguir buscando: sexo, comida, amor y logros.

No hay emoción negativa. Ni dañina, si se acepta tal cual. Si nos permitimos vivirla. Lo negativo de la emoción es la interpretación que le otorgamos. Vivir la emoción nos libera. Nos comunica con nosotros mismos. Nos pone en contacto con la realidad. La realidad de vivir la vida tal y como viene. La vida tal cual.

Aceptar la emoción es en esencia aceptar eso. Y esa es, muchas veces, la lucha que hay en la base de toda esta resistencia.

Porque aceptar lo incontenible de la emoción es en parte aceptar lo incontrolable de la existencia. Aceptar los acontecimientos que nos dan vida y nos la quitan. Aceptar que no elegimos. Que por muy racionales que seamos, seguimos siendo ante todo humanos. Que no hay explicaciones que cuadriculen lo incomprensible de nuestro mundo. Que simplemente existimos. Eso es vivir felices. Esa es la verdadera lucha. Y eso en esencia es el verdadero vivir.

5 comentarios:

  1. Leido! Que difícil es darle la vuelta a lo que culturalmente se ha adquirido.
    Me ha gustado.
    Besos Miriam
    Guille

    ResponderEliminar
  2. Cada día me identifico más contigo. Qué verdades más verdaderas dices!! Jeje. Precisamente ahora, y tú lo sabes, es cuando más vueltas estoy dando al tema de las emociones. Ciertamente, ni se puede ni se debe mantener un control riguroso de las mismas, pues son las que nos ayudan a crecer en el terreno individual y social. En mi opinión, esto es la inteligencia emocional bien entendida.

    ResponderEliminar
  3. no apagar ni reprimir emociones pero sí regularlas, tener el control sobre ellas, cuando descontroladas nos resulten un inconveniente, que para algo se supone que somos seres racionales!

    Un besito :)

    neus

    ResponderEliminar
  4. Ese es el gran error. Las emociones son las q son. Lo que regulamos con nuestra razón es la interpretación de las mismas. Querer entenderlas está bien pero verlas como un torrente de agua que regular es peligroso. Cuanto más quieres controlar algo, más te controla a tí. Además de ese riesgo, la clave es que pierdes unidad. El racionalismo también impulsa mucha infelicidad humana. Es un concepto más filosófico que psicológico...

    ResponderEliminar
  5. Gran reflexión Miriam! muy muy buena y muy muy cierta ;)
    fmd:perry

    ResponderEliminar