miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mi santa madre

Mi mente a veces es un prisma con el que transformo la realidad en una tira cómica. Me pasa con todo. Y sobre todo en momentos claves de hipomanía o depresión. Estados anímicos extremos convierten mi cabeza como en un canal de dibujos animados.

En el momento en el que abro la puerta de casa de mi madre tal mecanismo no deja de funcionar. Encontrar la Epil Lady encima del microondas, espejos retrovisores en el cuarto de baño, un paragüero junto al wc  y pipis de perro sin limpiar en sucesivas esquinas es lo que tiene. Mi madre es un ser peculiar con una forma de vida algo cuestionable que pone mi equilibrio mental en riesgo de forma constante. Pero mi amor por ella y mi sentido del humor luchan por transformar esa realidad en algo llevadero.

Mientras limpio los pipís de perro, recojo sus bragas del bidé, vacío ceniceros y recoloco objetos de forma coherente, respiro como controlando contracciones e intento sonreír. A veces reconozco que la llamo (como esperando que me de una explicación coherente a su forma de vida) y con un tono como el que diriges a un niño le digo: “mamá... eee...hola, … que nada… que es que… me he encontrado que has transformado mi cesto de mimbre de la ropa sucia en un macetero (como con 7kilos de tierra sustentando un geranio y un cáctus juntos) y… no sé si preguntarte la razón de tal hecho... o directamente regarlo…”.

En tales momentos me quedo en standby, barajando siempre las mismas opciones:
a- chillar
b- suicidarme
c- llamar a Almodóvar
d- seguir limpiando pipís de perro

Suelo coger siempre la opción a (chillando pero bajito) y seguir con la d hasta que se me vaya de la cabeza la opción b. Y como no tengo el teléfono de Almodóvar procuro imaginarme el posible guión hasta que me da la risa. Y de repente, veo a mi madre alcohólica, con síndrome de Diógenes y enamorada crónica de politoxicómanos varios como protagonista de un próximo Óscar. Sólo a veces así mi vida recobra sentido.

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