miércoles, 8 de junio de 2011

Tic tac tic tac

El mundo se divide entre los A. cobardes, los B. supercobardes, los C. caguicas y los D. acojonados. Así es. Bueno, no vamos a ser tan simplistas, reconozcamos que existen puntualizaciones. Por ejemplo, entre el subgrupo de los cobardes, estamos los A.1: cobardes que disimulan serlo, los A.2: cobardes que aparentan precaución y los A.3: cobardes con justificación. Las subcategorías relativas al subtipo de explicación que pueden dar a su cobardía ya daría para un sinfín de A.subtreses que nos sumergiría en un maremagnum de causas que a todos nos suenan. Y es que el miedo es el peor cáncer de las capacidades del ser humano. Donde a todos nos salen metástasis en cada nuevo reto que afrontamos, en cada arruga que encontramos, cada escalón que nos tropezamos, en cada ex que nos cruzamos, o cada moco que nos sacamos.

Quizá el mayor miedo que le guardamos a la vida consiste en el propio vivir. Nos da miedo alejarnos de lo que nos da seguridad, desde que levantamos dos palmos del suelo. Tenemos un tembleque de piernas programado neuronalmente para que no se nos ocurra hacer tonterías que pongan en riesgo nuestra integridad (física, psicológica, emocional…). Pero es que esa integridad, muchas veces, sólo se conserva metiéndote en una urna de cristal donde tu vida a veces se convierte en el día a día monótono que tiene un pájaro enjaulado. Donde decir pío es lo más emocionante que uno puede hacer.

Tenemos miedo a vivir. A sentir. A pensar. A crecer. Miedo al cambio. Miedo a todo lo que suponga esfuerzo. Porque somos animalillos. Que nos quitan la correa y nos desorientamos. Sin saber si nos dejamos acariciar porque nos pica el lomo o necesitamos cariño, si enseñamos los dientes porque viene un perraco con mala pinta por la esquina o porque acabamos de estrenar el cepilllo eléctrico Oral B.

El peor de los miedos, sin duda alguna, es el miedo a intentar ser lo mejor que podemos ser. El miedo al esfuerzo por uno mismo. El miedo a levantar la cabeza y ver algo más allá. El miedo a aprender. El miedo a saber. El miedo a saber y querer saber más. Y este miedo se nutre de un sinfín de interruptores que ponen en OFF la capacidad de razonamiento humano. Porque desconectar la mente es el mejor anestésico contra el dolor que produce asomarse a la realidad. Y la realidad es que la vida pasa una vez y cada letra que lees eres un segundo más viejo. Una palabra más que te acerca al momento de tu muerte, o la de tu madre, la de tus piernas o tu razón. Una línea menos que te separa del punto en que ya no puedes o no quieres hacer más.

Y tu vida pasa y dejas que Telecinco se coma el tiempo que no te sirve de nada. Ese tiempo que transforma los músculos que hoy te permiten cosas, en dolores que maldirán lo que en su día pudiste hacer. Tu vida pasa mientras lees actualizaciones en Facebook que no te importan una puta mierda. Tus ojos pierden dioptrías a ritmo de clic sobre páginas que acumulan celulitis en tu muslo inferior. Tu vida corre y no te espera. Tu vida se caduca mientras dejas la juventud tirada entre personas que no compensa mirar si en realidad no te conocen. Mientras vacías la nevera sin sentido, matando el tiempo que le restas con tu amistad al colesterol. Tu vida se inmuniza de percibir lo verdadero mientras intentas escapar de ella a golpe de droga o puño cerrado. Tu tiempo se escapa mientras intentas escapar de lo que te ofrece. Y cada paso que el tiempo da, un camino más se cierra ante tus pies. Porque tienes tanto miedo de vivir tu vida, que prefieres que ella te encuentre a ti.

Porque el tiempo sólo es tuyo si lo sabes utilizar. Y el miedo es el sueño que lo acelera todo. Ya es hora de despertar.


Despierta.

lunes, 30 de mayo de 2011

Abuelos en el AVE

Me acompañan en la vuelta dos yayos manchegos. Ella se santigua cuando arrancamos. Él comenta cada canción del hilo musical. "Esto es música gallega" dice ahora. La música no es gallega ni de lejos, pero suelto un "sí" muy convencida. Hace un frío que pela.

Ella se manga unos cascos de más y me observa el escote. Se aguanta las ganas de combatir mi delgadez. Piensa que no como potajes y no deja de sonreír. Cruza los brazos sobre su barriga en ese modo que sólo las abuelas hacen. Es canija pero sus rodillas son de anchas como el muslo de Beyonce. Sus varices hacen dibujitos que me dan ganas de tocar. 

Él tiene dientes postizos que se le mueven un poco cuando pronuncia algunas letras. Lleva un sonotone y huele a Brummel. En el bolsillo de su camisa tiene un pañuelo de tela muy bien planchado y un boli del PP. De su mariconera asoma un Nokia antiguo que mira con desafío de vez en cuando. Me entran ganas de saber qué más guardan dentro. Apuesto mi vida a que llevan caramelos Respiral o Werthers original.

"Olivos" dice él mirando por la ventana. Tardan muy poquito en dormirse. Él muy solemne, con la mano sobre la mesa. Ella con esa cara de complacida resignación. Me encantan. 

viernes, 13 de mayo de 2011

Running 38 de fiebre

Tengo mocos. Y mi voz, ahora entre apitufada y gangosa, deja atrás su habitual tono para pasar al modo Epi. O Blas… (que nunca me aclaro cual es el que habla bajito). Me duele la cabeza rollo ‘estoy a 80 metros bajo el agua’ y siento mi cerebro abrazado fuerte por su novia celosa: la presión intracraneal. El ibuprofeno se vuelve mi compañero de tienda en esta acampada por el bosque de lo que no distingo como alergia, resfriado o gripe A.

Pero me niego a aceptar la realidad, me enfundo las Mizuno y me disfrazo de persona saludable con más defensas que un palé de Actimeles en el camión de descarga del Carrefour. Avanzo por mi hogar con paso firme. Mi madre me mira estupefacta preguntándome una y otra vez qué hago, mientras esquiva en el pasillo los pañuelos de mocos que los bolsillos de mi chaqueta desprenden sin ton ni son. Como si de un momento crucial de telenovela se tratase, extiendo el brazo hacia ella inclinando mi cabeza hacia el otro lado y sostengo un 'NO ME FRENES. Estoy estupendabente. Nada se interpondrá entre los kilóbetros y yo.'

Así que, superdigna, con mi chaqueta de falsa impermeabilidad, ante mi perra artrítica con un ojo cubierto por el tercer párpado ese que tienen los perros, y mi madre negando con sus labios apretados pintados del tono que yo denomino 'rosa puti', atravieso la puerta… y me voy.

La brisa aterciopelada me mueve los pelos que se escapan de las horquillas del Todo a Cien, que parecen desaparecer de mis cajones como si tuvieran patas. Mi garganta percibe las moléculas de aire como si tragase tuercas de pendientes oxidados. Los pelos de mis piernas que han logrado escapar a la implacable Silkepil, se erizan cual gatico viendo a Lobezno pasar. Mis músculos me mandan faxes en braile, diciendo que en la despensa quedan Oreo falsas y que en la FDF vuelven a reponer Friends. Mi mp3 se enciende levantando una ceja, cegándome al informarme de la hora con su imperceptible tono ‘azul foco de ovni’. Y los auriculares se topan con mis oídos taponados por el sobrestock de mocos que ya no saben por dónde salir.

Paso por la basura, y una tele de plasma descansa triste como un muñeco abandonado de Toy Story, esperando que un voluntario la lleve bajo su axila silbando bajito hasta su salón. Mi vecino el guapo pasea a su perro en dirección contraria y hace un amago de hablarme. Las farolas fundidas me trasladan a un momento de escena chunga de Stephen King. La hora punta de los secuestradores de corredoras resuena al ritmo del afónico reloj de la iglesia. Los calcetines me pican. El sujetador me aprieta. Un gato maúlla y las cacas de perro amenazan en mi camino hacia el asfalto en la oscuridad.

Mañana, todo mi entorno me dice que estaré muerta. Pero hoy, por mis cojones que yo salgo a correr.

 

lunes, 4 de abril de 2011

Estar habiéndome ido

Siete claves que dan sentido a los pasos que hoy no quieren moverse. Siete trozos de cristal que componen algo roto. Siete puntos suspensivos que permiten respirar.

1. Hay luchas que se encuentran entre palabras, entre las teclas, entre tú y Dios, algunas forman un juego, un puzzle sin solución. Hoy sólo quiero escuchar el silencio que hace mucho tiempo sólo me daba la almohada. Los gritos ajenos me rompen la voz.

2. Algunas personas definen su ser sobre un cuadro descolgado. Forjan su identidad en trazos bruscos y siempre oscuros, y sienten perder su esencia estando entre los demás. La tristeza es causa y consecuencia de un círculo absurdo, mucho más fácil de andar sin una Black&Decker y tornillos en mano. Porque crecer duele. 

3. Tantas visiones de la realidad como ojos miran este mundo. Ojalá el brillo de unos pocos fuese capaz de restar hipermetropía a tanta ceguera de la razón que tacha de ilusas muchas verdades. 

4. El viento a veces nos despierta, nos enfurece, nos empuja... Y la misma fuerza que hace llegar a ti una pluma perdida, se la lleva dejándote sólo el recuerdo de su tacto. Barcos que se mueven soplando o plumas que pesan como losas de hormigón. Nunca nada se queda en el exacto mismo sitio.

5. El orgullo es frío y triste como un hielo perdido en el suelo de la cocina. Cuando se derrite es una mancha similar a un pipí de perro o un descuido a la hora de fregar. La soberbia es el golpe seco de ese saco de hielo que escupe escarcha, congelando el silencio que se crea alrededor.

6. Jamás acostumbro a cerrar puertas, a no ser que se golpeen o me traigan frío. La misma libertad que concedo a mi perra para que monte guardia en mi alcoba se la doy a todo aquel que me sepa cuidar. Ella siempre está ahí cuando me despierto.

7. El exceso de lógica es a la felicidad lo que el exceso de normas a la libertad. La verdad no llega a los que no dejan de buscarla. El talento no existe si no encuentra aplicación. 

miércoles, 30 de marzo de 2011

Es el Festival

Mientras espero en un banco a una amiga en pleno centro, me doy cuenta de que estamos en la estupenda semana del estupendo Festival de Cine de Málaga. Tachán. Y no ha sido porque me haya encontrado a Hugo Silva, a la hija de Marisol o al nuevo vocalista de los 'Khaggcres weikin sky on the floor"  caminando sobre el mismo suelo. Más quisiera yo, que viniese aunque sea Rossi de Palma a sonarse un moco a mi lado con tal de haber evitado esa submunda realidad en la que me he visto metida en esta estupenda tarde de este estupendo festival.

Iba yo semitrotando sobre la acera, con unos leotardos manchados de restos de Licor del Polo, pelo suelto sin peinar desde ayer y un pañuelito de perretes raros que parecen alimentados en Bosnia Herzegovina. Iba mona, a la par que sencilla, a la par que en modo "odio vestirme de profesional cuando soy igual de profesional cuando voy en pijama". Total, que iba caminando por la calle, sumida en mi normalidad estética y actitudinal... cuando de repente veo llegar a una manada de adolescentes con el pelo como sacado de un anuncio de Pantenne pro V, las medias con brillo nivel piernas de Aída Nízar y maquillaje para disfrazar en Halloween a 6 camellos.

Buscando coherencia he sacado el reloj (por si he cambiado la hora mal), las he mirado mejor por si eran las Pussycats dolls o algún grupo estrella del Pop a punto de dar un concierto, las he vuelto a examinar como buscando una razón coherente por las que quince quinceañeras fuesen dando tal espectáculo una tarde cualquiera por las calles de Málaga... y, abrumada por la cantidad de "o sea´s" en su vocabulario, obnubilada por el brillo de joyas en proyectos de pechos que ya casidoblan los míos, colapsada por profundas teorías sobre la clave del atractivo de Mario Casas... he dicho: ay coño, que es el Festival.

Confirmando tal hallazgo, he encontrado en mi campo visual varios ejemplos del género de los llamados MCCQIDQTLAAF"Modernos Con Chapitas Que Informan De Que Tienen Libre Acceso Al Festival". Identificaciones que llevan para hacer la compra en el Supersol, para ir al wc, para pasear por las calles, los boulevares, las avenidas, para sacar al perro, echar gasolina, para barrer su patio, para ir a visitar a su abuela a la residencia, para poner lavadoras, para tenderlas, para comer pipas, caramelos, espaguetis, lacitos. Para todo. Para todo. No sea que haya un habitante a 87 kilómetros a la redonda que no se haya enterado de dónde cojones trabaja. Hombre: coño, que es el Festival.

Así que nada, con mis leotardos manchados, mis uñas con lo que un día fue esmalte, mi pañuelo estampado de perretes desnutridos, el pelo desestructurado y mi cara de: coño, que es el Festival, me he ido alejando de esa curiosa escena. Con mi sensación de pseudo homeless, sin chapita identificativa, sin maquillaje, sin estilo ni tacón suficiente y sin cultura televisiva para distinguir a un actor del Internado de otro de Pasión de Gavilanes, he huído de la marabunta de gente guay que rodeaba mi microsistema. Dejando atrás conversaciones estupendas, denso olor a Amour Amour de Cacharel y cierta incertidumbre de no saber si tras la esquina hay algún actor que le diese sentido a toda esa escena... he visto a mi amiga y le he dicho: Sofi, pordiosbendito, sácame de aquí, coño, que es el Festival.

martes, 8 de marzo de 2011

Palabras que me sostienen

Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un letargo en el que yacía mucho antes de dormirse. Se despertó entre letras y significados que tenían una forma simétrica, con una textura firme pero flexible a la vez. La extraña caligrafía de las palabras componía un trazo de líneas paralelas, unidas por puntos, compuestas de subpuntos… cuya distancia tendía al lado opuesto del infinito. 

Miró a su alrededor. Las palabras eran blancas sobre un fondo negro. Un fondo como el vacío o como el fondo del mar. De pronto tuvo miedo. Esa composición simétrica tejida cerca de ella desprendía un brillo luminoso y roto. Como el que refleja un cuchillo que se agita a lo lejos. Siguió leyendo. La curiosidad tiraba de ella recorriendo esas líneas blancas, paralelas, afiladas, donde por un segundo en ciertas esquinas veía su cara, fruto de espejismos, o de espejos quizás. Cerró los ojos un momento. Y su alrededor cobró forma. Era una tela de araña. Cuando quiso darse cuenta, un extraño sueño la devolvió a un lugar donde el tiempo dejó de pasar.

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Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un lugar donde el tic tac de su reloj no se escuchaba. Sólo se escuchaba el mar. Los destellos que la alcanzaban eran reflejo de las olas. Estaba tendida en una superficie tejida de letras y significados con forma simétrica, textura firme y flexible a la vez. Reconoció la caligrafía. 

Miró a su alrededor. El miedo se había ahogado en el fondo del vacío que ahora sentía lejano, a muchos metros por debajo del papel que le permitía flotar. La movió el ronroneo de la marea. Siguió leyendo. Con un sentimiento familiar extraño, reconocía los significados que la envolvían. Cerró los ojos y se vio. Un barco de papel la sostenía. Sobre él, ella: un dibujo. Un dibujo hecho de esos colores que solía ver cuando empezaba a soñar. 

El tiempo volvió a pararse.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un cuento ya escrito

A veces me siento en un cuento que está ya escrito. Un cuento que al pasar la página esconde un giro que, por alguna razón, presentía. Y sonrío, leyendo mis pasos hacia un lugar ya visitado. A veces me siento en un cuento ya escrito.

A veces busco personajes de mi cuento que sé que existen y todavía no están. Todavía no tienen una página donde leer su nombre, donde den pistas de su aspecto y las comillas escolten sus palabras. Los busco, sin saberlo. Pasando las páginas esperando, como quien espera en el portal de alguien que está por llegar.

A veces un personaje desaparece de tu vida. Uno de esos cuya presencia parecía indispensable en toda la narración. Y desaparece, dejándote la sensación de que necesitas que la historia que lees no sea la tuya. Que se transforme en la de otro, en otra cosa. Donde las personas que se van, vuelven, donde todo tiene arreglo. Donde existe la posibilidad de que volvamos a ser los de ayer, en la primera página.

A veces crees que lees, crees que entiendes lo que va pasando, y cuando reparas, muchas de las hojas que se quedan atrás aparecen vacías. Como el que se duerme sobre un libro que no espera a que te despiertes. Y pierdes el hilo. Y el tiempo deja su peso sobre tu pecho mientras respiras cada vez más despacio, pensando en otras cosas.

A veces escribes páginas que crees transparentes, coloridas y regalas. Las subrayas y haces notas a un lado. Incluso dibujos para ilustrar. Y tras el esfuerzo, ves que nadie las entiende. Nadie lee tu idioma. Nadie. Gritando tu cerebro en qwerty lo que otros sienten como un simple teclear.

A veces siento que soy yo la que escribo. Mis pasos suenan a teclas, los objetivos tienen forma de postit y una noche tiene nombre de capítulo con canción. A veces un error tiene un número de página, y pasas una página con un acierto detrás. Porque el cuento redefine sus reglas como el juego que inventan los niños. Como intentando hacer que ganes, aunque pierdas sin dignidad.

A veces descargo la ira sobre un papel que no se rompe. Intentando arrancar palabras que se vuelven a construir. Y vuelvo atrás para saber donde me encuentro. Preguntando a los personajes quién soy. Me miro en espejos que sólo reflejan el color de la tinta. Me pierdo en las páginas como quien no entiende números. Y siento que el papel se deshace en el agua… nadando en la nada. Convirtiéndose en tal.

A veces me siento en un cuento ya escrito. Y me intento asomar fuera, buscando mi ubicación. Como queriendo encontrar mi estante, cuánto polvo me cubre, el color de la cubierta y si tengo separador. Consciente de mi locura, vuelvo de nuevo a mi sitio. Busco una página donde dormirme y encontrar el personaje que se supone que soy. A veces me siento en un cuento ya escrito.

viernes, 18 de febrero de 2011

Un boceto de mí misma


Últimamente no leo tanto como me gustaría. Tampoco estudio, ni corro, ni escribo, ni pienso… tanto como me gustaría. Y me debato entre mis expectativas y mi realidad. Como tantos otros. Tolerar esa lucha entre esos dos frentes, a veces no es combinable con buscar un punto medio. Sobre todo en personas cuyo idealismo les empuja a subir las peores montañas.

A mi alrededor siempre he visto mucha fe en que algún día seré algo importante. Esta imagen colma de refuerzo, aunque también de frustración. Me acerco a los 30 y todavía no sé si me acerco a ese “algo grande” de lo que todos hablaban.

Últimamente no leo tanto como me gustaría. Y mi yo inteligente, eficaz y encantador se cabrea ante el espejo contra mi yo mediocre, pasivo e insoportable. Se pelean y me ponen la cabeza como un bombo. Y me quedo entre ellos dos, poniendo orden, con las manos tapándome los oídos mientras intento poner la música, la televisión o la distancia a correr cada vez más larga.

Y si me quedo en ese camino entre mi realidad y mis posibilidades, me pregunto si no soy más que un boceto de mí misma. Me pregunto si soy un esquema de mi propia narración. Y me pregunto quién soy. Y lo que quiero. Y qué hago. Y con quién quiero estar… Luego me pregunto quién coño soy. Qué coño quiero. Y qué coño hago. Y con quién coño quiero estar… Y nada. Que no tengo respuesta. Y entonces veo la montaña de libros que tengo por leer, el temario de oposición que me queda por estudiar, las páginas del cv que me quedan por rellenar… y me digo: no soy nadie.

Y ese “no soy nadie” muchas veces está anclado en ese punto medio en el que se encuentra lo que eres. A mitad de camino entre lo que has hecho y lo que podrías hacer. En ese punto donde a veces se siente que no eres suficientemente brillante para ser alguien, ni suficientemente ignorante para no ser nadie. Como en el puto limbo de la cualidad.

No sé si me estoy dando de bruces con mi mediocridad. Me cuesta aceptar que pueda corresponder a esa mayoría de personas que representa ese llamado “ni fu ni fa”, “ni pa ti ni pa mí”, “ni chicha ni limoná”. Y quizá por eso, muchos de los que demuestran un día su talento, sucumben al abismo de las verdaderas cagadas. De la dicotomía intelectiva y emocional, optando por sacudirse de extremo a extremo, con tal de no rozar ese temido punto medio. Porque ese punto medio tan defendido por la filosofía y el refranero popular, en la práctica no vende demasiado. Ni para con uno mismo.

Pues sí. Últimamente no leo tanto como me gustaría. Ni corro, ni pienso, ni trabajo, ni hago todo lo que puedo hacer. Y pasa el tiempo y la montaña de libros la sustituye una montaña de óleos, tras una montaña de discos y luego una montaña de personas a las que llamar. Y me enfrento de cara a la realidad de que quizá nunca sea algo grande, quizá nunca llegue a derribar esas montañas que rodean mi autoconcepto. Esas montañas que tiran de ese talento que también adormezco con drogas o programas de televisión. Y me enfrento a la realidad de que esa lucha a veces deja de lado lo importante. Que en el medio de tanta montaña hay una persona. Que esa persona ya lleva muchas montañas subidas. Y que esa persona soy yo. Sin óleos, sin escritos, sin conocimientos, sin adornos… Que un día podría quedarme sin piernas y seguiría siendo yo. Sin trabajo y seguiría siendo yo. Sin cultura y seguiría siendo yo.

Creo que nos rodeamos de montañas porque necesitamos subirlas. Pero no porque haya algo en la cima. Y nos cargamos de una mochila enorme, donde metemos mucho de lo que encontramos en el camino. Y a veces en ese camino hay tanto esfuerzo que parece que nos convirtamos en lo que hemos subido. En lo que tenemos en la mochila. Y tanto peso, tanto peso no nos deja crecer.

lunes, 14 de febrero de 2011

San Valentín

Hoy es San Valentín. Para ser exactos San Valentín de los Cojones. También llamado San Calentín, San Regalín, San Corte Inglés o San Ballantines.  Tendríamos la opción de pasarlo por alto y decir que hoy es un día cualquiera, a no ser que pongas la televisión o te metas en unos grandes almacenes. Entonces amigo: estás perdido/a. Yo, de momento, no he vuelto a poner la televisión desde que vi el anuncio de una pizza en forma de corazón. A partir de mañana ya, si eso, la enciendo.

He hecho una propuesta vía Facebook. ROBAR los regalos para demostrar el amor. Porque el amor no se compra, porque ya compramos todos los días y porque me he imaginado los centros comerciales llenos de enamorados metiéndose cosas en el sobaco y no podía parar de reír. Me encantaría ver a Matías Prats esta noche contando la noticia. A lo mejor viene por esto el FBI (que por lo visto tiene a Marck Zuckerberg cogido por los huevos) y hacen una redada en mi casa. Pero como creo que la gente no me hace mucho caso, pues sigo mi idealista iniciativa. En contra del consumismo, a favor del amor y a favor de la coherencia en la manifestación del mismo.

Me han colgado esa foto de cupido amenazado con una pistola  y le he puesto un “me gusta” sin mucho ahínco. Porque la verdad, el dibujito hace gracia, pero creo que negarse al amor es de cobardes. Y que el miedo es el cáncer del crecimiento, ya sea éste personal, económico o social. El miedo nos hace pequeños. El miedo es el responsable de muchas heridas y mucha mierda que pisamos por la calle. Que por algo se dice “cagarse de miedo”. En el caso del amor, el miedo es el lastre que nos impide desde amarnos a nosotros mismos, hasta dejar que lo hagan los demás.

El miedo es como la voz esa de la abuela que dice todo el rato: ¡Cuidado no te vayas a caer!. Por culpa de lo cual, si nos crían así, al final vamos como de puntillas por el mundo, siempre con las bragas bien monas “no sea que nos vaya a pasar algo”. El miedo es responsable de que no seamos nosotros mismos. El miedo impide ponernos metas, porque no sabemos si podremos cumplirlas. El miedo nos obliga a disfrazarnos con trajes de tipo duro y una coraza de falsa seguridad. Y el miedo también nos hace jurar amor eterno, cuando lo necesitamos tanto que no aguantamos la idea de que se termine.

El ser humano es tan cobarde y tan soberbio que juega a prometer cosas que no están en su mano, como el amor. Nadie puede prometer que estará a tu lado, nunca. Y si lo hace, está hipotecando su felicidad, se convierte en un contrato, con lo cual el amor ya no es libre. Y eso precipita su fin. Luego viene el remordimiento por dejar a alguien, el enfado porque tú me abandonas o los socorridos cuernos/putadas varias para obligar al otro a que nos deje. Primero juramos y luego la liamos parda. Así funciona esto.

Y es que todo sería más fácil si entendiésemos el amor como lo que es: algo temporal. En realidad, todo en esta vida lo es. Todo se termina. Y es nuestra resistencia a aceptar eso, lo que nos lleva a aferrarnos siempre a algo. Si aceptamos tal clave, entenderemos que las personas entran en tu vida y algún día saldrán. Cuando se termine el amor nos enfadaremos con el mundo, pero no con el otro. Nos dolerá, pero no sufriremos. Cuando hablemos de la muerte lo haremos con naturalidad, como cuando hablamos de que un yogur se caduca. Cuando celebremos San Valentín, no nos saldrá sarpullido en contra del amor. Y cuando venga cupido a lanzarnos una flecha, no nos cagaremos en su señora madre. Y podremos comernos una pizza con forma de corazón sin un nudo en la garganta. Con la seguridad de que la pizza en un rato se termina,  se transforma a cuchillazos… y que, cuando nos sacie el hambre y pasen las horas, elegiremos otra cosa con la que acallar las tripas… Quizá tal y como pasa con el amor.

lunes, 31 de enero de 2011

Uno de mis mayores se va

Se ha ido don Francisco Bustamante. Y seguro que alguno buscará algún dato en su mente sobre un posible familiar de los de operación triunfo. Pero no. Paco es una de las decenas de personas llenas de arrugas, dolor de huesos y pastillas en el bolsillo que tengo en mi trabajo. Un taller de memoria es la excusa que encuentran para tener un sitio donde ir, sacar su cuaderno y ese niño que llevan dentro. Y encontrármelos cada día con su carpeta en la mano que no lleva el bastón, es la alegría más grande que tengo cada mañana.

Se les ilumina la cara cuando entran por la puerta. Vienen a pesar de un marido ciego que espera en casa, un luto sin cumplir o una retina a medio desprender. Los besos que me dan, aun cuando te manchan de Nivea o te raspan con sus pieles lija del 4, son como una manta de franela. Son mis niños disfrazados con arrugas. Y corregir esas láminas con letras faltas de cultura y ortografía de pequeñuelo es como un regalo bajo papel desgastado.

Después de la noticia de Paco he tenido que dar una clase mojada de tristeza. Tristeza de esa que no se seca. Tragándome el nudo en la garganta porque no me siento con derecho a sentirme mal. Y porque mi papel es rellenar los huecos que, la ausencia de Paco y sus duras vidas, van dejando cada vez más solos a los que quedan mirándome frente a mí. Y con su silla vacía, mientras les hablo de otras cosas, me planteo la sencillez de la muerte. Y me aplasta el pecho. Y mis dientes se aprietan como dejando en mi garganta la realidad de que Paco no vuelve. Y a los demás sólo nos queda echarle de menos y mirar hacia atrás.

Cuando escucho a la gente decir “yo no podría trabajar con mayores”, me da pena que se pierdan esto. Porque sentir que eres una persona importante en el último tramo de la vida de alguien no se puede explicar. Me llenan los ratos de momentos entre de Paco Martínez Soria y Muchachada Nui. Esas señoras con sus camisas estampadas, esos caramelillos que nunca te faltan, esos pañuelos sacados del escote, esas permanentes grandiosas, esos monederos sobaqueros, ese ímpetu por presentarme a sus nietos en edad de merecer… y esa filosofía vital como de cola del supermercado… me emblandece el alma.

He vuelto a mi casa y en el escritorio se me ha quedado una foto de Paco y yo. No me ha dado tiempo a dársela. Y a él no le ha dado tiempo a secuestrarme al próximo viaje del IMSERSO, como había prometido. Para colmo, el gangurrián me ha dejado el bolso lleno de trozos de romero que me trajo el otro día de su paseo por el campo… Me deja la memoria con contados recuerdos. Y aunque tengo miedo de que la imagen de su sonrisa desdentada, su palillo en la boca y sus ojos de chaval desaparezcan con el tiempo… sé que el tiempo que nos dimos nunca se podrá perder. Él hizo de los minutos que le di, algo grande. Y espero que lo sepa allí donde esté.

miércoles, 5 de enero de 2011

La Navidad

Las navidades son una tortura china para muchos de nosotros. Esa banda sonora del anuncio de El Almendro está diseñada específicamente para torturar psicológicamente a quienes no tenemos casa donde volver. O así lo sentimos. Los que tenemos familias  tocadas o hundidas bien lo sabemos. Y cuando llegan las fechas me toca gestionar esa sensación de ser un satélite sin planeta donde girar.

Yo en concreto, soy hija única de padres divorciados al levantar un palmo del suelo. Mi padre rehizo su vida. Mi madre la rehace cada dos por tres. Hasta mi abuelo tiene novia. Y yo voy dando tumbos de un sitio para otro en función de cómo sople el viento. Condenada por esa inestabilidad que mamé desde que comía potitos. Y en Navidad esa inestabilidad es la misma, con obligado protocolo y polvorones y mazapanes. Y sabiendo que los Reyes no existen.

Supongo que esa es la situación normal del ser humano. Estamos solos. Nacemos solos, morimos solos. Y todo lo demás son espejismos para intentar que esa realidad sea más llevadera.  La familia nos garantiza sobrevivir. Aunque sólo sea porque al principio somos muy monos y olemos bien. Nos enseñan a adaptarnos (mejor o peor) al mundo. E incluso luego nos avalan o nos vienen a buscar al calabozo si procede.

Pero no toda familia es esa que sale en los anuncios. Ni en las series de la Neox. En realidad casi ninguna. Y en Navidad esa disonancia cognitiva* se acentúa. Nos ensordecen con villancicos horteras, nos bombardean con luces paranormales, nos ciegan con envoltorios de regalo estridentes y nos avasallan con muestras de cariño familiar que, en mi caso, me dan más arcadas que una pota de risquetos. Y entonces, miramos nuestro salón, sin árbol, sin regalos, sin gente y el teléfono sin sonar y nos queremos morir del asco, sin saber porqué.

Chocar con lo que se espera de nosotros (y nuestras familias) es el día a día de esta cultura de “hagamos ver que somos felices”. Nos crían en un ir y venir de mensajes en los que ser guap@, exitos@, inteligente, sociable, hetero, cult@, casad@, con piso y con hij@s es la base de la integración. Si no, pobre de ti.

La Navidad es como una foto de familia en la que todos tienen que estar bien juntos y guapos y sonrientes y bien alimentados pero no gordos y con regalos preparados y me cago en la leche de cosas más por favor. Que si bajase el niño Jesús repartía ostias a diestro y siniestro preguntándonos qué cojones estamos haciendo.

Porque es que a mí me empiezan a temblar las piernas desde noviembre. Que ya se encarga el hilo musical del Mercadona y las luces de la calle de que no se te vaya a olvidar. Cualquiera se olvida. La madre que los parió. Y no digo más tacos que mañana vienen los Reyes Magos. Pero ahora que lo pienso a mí no me traen nada y sigo cagándome en la madre de todo lo que se menea en torno a la Navidad. Con fundamento. Y con perdón.

Mi conclusión y solución, que siempre lanzo a primeros de diciembre, es hacer un llamamiento a todos los ovnis cercanos a la Tierra, para que desde el 23 de diciembre al 7 de enero me abduzca alguno, por favor. Que pago gastos de manutención. Que no doy problemas. Que les canto villancicos y les llevo turrón si hace falta. Y que luego lo guardo en secreto. Que no llamaré a Iker Jiménez ni a Mulder y Scully. Sin shock postraumático ni nada. Lo prometo. Todo con tal de no volver a sufrir a Anne Igartiburu dando las uvas, las muñecas de Famosa, las burbujas de Freixenet, la capa de Ramón García, los intentos frustrados de que toque la lotería, el porompompero de Rafael, los niños con los petardos, la zambomba, las caras de falsa ilusión ante regalos horrendos, los disfraces de Papá Noel hasta en los que venden pañuelos en los semáforos, las sobras de comidas hasta febrero, los amigos invisibles, el Grinch y Vaya Santa Claus en TVE1, los corticoles (a no, que esto es en septiembre).