Sobrevivimos nuestro parto, a infancias con aparato y motes
de colegio. Sobrevivimos a comer lentejas, a vestir ropa color rosa, a los
gritos de mamá. Sobrevivimos a las enfermedades de los otros, a las hombreras y
medias de rejilla, a la muerte de nuestra amiga, a que se rompa el router. Sobrevivimos
a Jesulín cantando, al divorcio de nuestros padres, a la ruta del bacalao.
Sobrevivimos al final de Lost, al 11
M, al 11 S, a los maridos que nos pegan, a Jorge Bucay.
Sobrevivimos a Gran Hermano 13,
a Splash a Se llama Copla. Sobrevivimos a las albóndigas
de Ikea. Sobrevivimos a la puta vida. Y a lo que más nos cuesta sobrevivir es a
convivir con nosotros mismos. Porque decidme si el peor atentado no es nuestra
puta mente. Esa mala forma de pensar las cosas, que nos hace olvidar que la
vida es eso de sobrevivir a todo lo realmente terrorífico que vamos evitando en
el camino.
Vivir no es más que evitar la muerte. Esquivarla como te
dejen y puedas, mientras dices Ola ke ase a lo que vas encontrando por ahí.
Pero nos dictan aquello del sentido de la vida desde que comemos con Espinete,
como si todo lo que nos queda por recorrer tuviese un verdadero objetivo. Un
porqué. Un para qué. Y yo me pregunto mientras como galletas si el único
objetivo es solo sobrevivir. Superar el medio. Porque el fin es superar los
medios. Y lo jodido es que esos medios a veces nunca justifican el fin.
Porque dime tú a mí, en según qué casos, si está justificado
todo este devenir vital, todo ese pagar hipotecas, ponerte a dieta, saberte los
ríos de España, opositar, trabajar, dejar de trabajar, buscar trabajo, actualizar
Facebook, seguir buscando trabajo, volver a estudiar, declarar a Hacienda,
amar, putear a Bárcenas, desenamorarte, putear a Urdangarín, tener hijos, tener
cáncer, tener miedo, tener depresión, estar hasta los cojones, querer tirarte
por la ventana, no hacerlo, ver cómo se tiran otros, ver cómo los tiran otros,
ver que otros mueren, ver cómo otros viven, sentirte muerto, preguntarte el
sentido de la vida, comer galletas… y mientras tanto, por momentos, solo en algunos momentos,
tener la sensación de que a veces eres feliz. Y luego decir: no, espera no,
feliz no era, me he equivocao.
Que eso, que me pregunto si todo esto de la vida realmente
tiene sentido, porque yo lo busco, lo pregunto, lo pido, lo intento hasta
comprar. Miro en los bolsillos, en la mirada de un perro, en las bolsas de
plástico que se mueven con el viento como en American Beauty, en American
Beauty, en el resto de películas, en el amor, en correr, en el
sexo, en las drogas, en Leonard Cohen, en las bolsas de pipas, en la nevera, en
el tarot, en la India,
en alguna aplicación del iPhone, en las fotos de mi comunión. Como un ratón en
un laberinto, como un niño en a una gymkhana, y no encuentro el sentido. No.
A veces rezo. A veces rezo para recordarme que quizá cuando
nos muramos encontremos una fiesta sorpresa al final del túnel, con Dios y toda
la peña muerta, con Elvis y Kenny G bailando suave suave su su suave, y ya allí nos lo explican todo. Y entonces nos
reiremos. Y nos darán palmadas en la espalda mientras decimos: “Ahh, coño, eso era”.
A veces pienso eso. Luego termino de rezar y veo que todo sigue igual, y que no
me he muerto, no ha venido Dios a verme ni nada. Y que no queda otra que seguir
vivo por aquello de que morirse sin venir a cuento no está bien visto y tal.
Que la vida es esa fiesta a la que tienes que ir por cojones y si no bailas te
jodes, y si te vas a la francesa terminas manchando todo de sangre y quedas muy mal. Y digo: pues qué putada todo, voy a por otra galleta.