miércoles, 8 de junio de 2011

Tic tac tic tac

El mundo se divide entre los A. cobardes, los B. supercobardes, los C. caguicas y los D. acojonados. Así es. Bueno, no vamos a ser tan simplistas, reconozcamos que existen puntualizaciones. Por ejemplo, entre el subgrupo de los cobardes, estamos los A.1: cobardes que disimulan serlo, los A.2: cobardes que aparentan precaución y los A.3: cobardes con justificación. Las subcategorías relativas al subtipo de explicación que pueden dar a su cobardía ya daría para un sinfín de A.subtreses que nos sumergiría en un maremagnum de causas que a todos nos suenan. Y es que el miedo es el peor cáncer de las capacidades del ser humano. Donde a todos nos salen metástasis en cada nuevo reto que afrontamos, en cada arruga que encontramos, cada escalón que nos tropezamos, en cada ex que nos cruzamos, o cada moco que nos sacamos.

Quizá el mayor miedo que le guardamos a la vida consiste en el propio vivir. Nos da miedo alejarnos de lo que nos da seguridad, desde que levantamos dos palmos del suelo. Tenemos un tembleque de piernas programado neuronalmente para que no se nos ocurra hacer tonterías que pongan en riesgo nuestra integridad (física, psicológica, emocional…). Pero es que esa integridad, muchas veces, sólo se conserva metiéndote en una urna de cristal donde tu vida a veces se convierte en el día a día monótono que tiene un pájaro enjaulado. Donde decir pío es lo más emocionante que uno puede hacer.

Tenemos miedo a vivir. A sentir. A pensar. A crecer. Miedo al cambio. Miedo a todo lo que suponga esfuerzo. Porque somos animalillos. Que nos quitan la correa y nos desorientamos. Sin saber si nos dejamos acariciar porque nos pica el lomo o necesitamos cariño, si enseñamos los dientes porque viene un perraco con mala pinta por la esquina o porque acabamos de estrenar el cepilllo eléctrico Oral B.

El peor de los miedos, sin duda alguna, es el miedo a intentar ser lo mejor que podemos ser. El miedo al esfuerzo por uno mismo. El miedo a levantar la cabeza y ver algo más allá. El miedo a aprender. El miedo a saber. El miedo a saber y querer saber más. Y este miedo se nutre de un sinfín de interruptores que ponen en OFF la capacidad de razonamiento humano. Porque desconectar la mente es el mejor anestésico contra el dolor que produce asomarse a la realidad. Y la realidad es que la vida pasa una vez y cada letra que lees eres un segundo más viejo. Una palabra más que te acerca al momento de tu muerte, o la de tu madre, la de tus piernas o tu razón. Una línea menos que te separa del punto en que ya no puedes o no quieres hacer más.

Y tu vida pasa y dejas que Telecinco se coma el tiempo que no te sirve de nada. Ese tiempo que transforma los músculos que hoy te permiten cosas, en dolores que maldirán lo que en su día pudiste hacer. Tu vida pasa mientras lees actualizaciones en Facebook que no te importan una puta mierda. Tus ojos pierden dioptrías a ritmo de clic sobre páginas que acumulan celulitis en tu muslo inferior. Tu vida corre y no te espera. Tu vida se caduca mientras dejas la juventud tirada entre personas que no compensa mirar si en realidad no te conocen. Mientras vacías la nevera sin sentido, matando el tiempo que le restas con tu amistad al colesterol. Tu vida se inmuniza de percibir lo verdadero mientras intentas escapar de ella a golpe de droga o puño cerrado. Tu tiempo se escapa mientras intentas escapar de lo que te ofrece. Y cada paso que el tiempo da, un camino más se cierra ante tus pies. Porque tienes tanto miedo de vivir tu vida, que prefieres que ella te encuentre a ti.

Porque el tiempo sólo es tuyo si lo sabes utilizar. Y el miedo es el sueño que lo acelera todo. Ya es hora de despertar.


Despierta.

lunes, 30 de mayo de 2011

Abuelos en el AVE

Me acompañan en la vuelta dos yayos manchegos. Ella se santigua cuando arrancamos. Él comenta cada canción del hilo musical. "Esto es música gallega" dice ahora. La música no es gallega ni de lejos, pero suelto un "sí" muy convencida. Hace un frío que pela.

Ella se manga unos cascos de más y me observa el escote. Se aguanta las ganas de combatir mi delgadez. Piensa que no como potajes y no deja de sonreír. Cruza los brazos sobre su barriga en ese modo que sólo las abuelas hacen. Es canija pero sus rodillas son de anchas como el muslo de Beyonce. Sus varices hacen dibujitos que me dan ganas de tocar. 

Él tiene dientes postizos que se le mueven un poco cuando pronuncia algunas letras. Lleva un sonotone y huele a Brummel. En el bolsillo de su camisa tiene un pañuelo de tela muy bien planchado y un boli del PP. De su mariconera asoma un Nokia antiguo que mira con desafío de vez en cuando. Me entran ganas de saber qué más guardan dentro. Apuesto mi vida a que llevan caramelos Respiral o Werthers original.

"Olivos" dice él mirando por la ventana. Tardan muy poquito en dormirse. Él muy solemne, con la mano sobre la mesa. Ella con esa cara de complacida resignación. Me encantan. 

viernes, 13 de mayo de 2011

Running 38 de fiebre

Tengo mocos. Y mi voz, ahora entre apitufada y gangosa, deja atrás su habitual tono para pasar al modo Epi. O Blas… (que nunca me aclaro cual es el que habla bajito). Me duele la cabeza rollo ‘estoy a 80 metros bajo el agua’ y siento mi cerebro abrazado fuerte por su novia celosa: la presión intracraneal. El ibuprofeno se vuelve mi compañero de tienda en esta acampada por el bosque de lo que no distingo como alergia, resfriado o gripe A.

Pero me niego a aceptar la realidad, me enfundo las Mizuno y me disfrazo de persona saludable con más defensas que un palé de Actimeles en el camión de descarga del Carrefour. Avanzo por mi hogar con paso firme. Mi madre me mira estupefacta preguntándome una y otra vez qué hago, mientras esquiva en el pasillo los pañuelos de mocos que los bolsillos de mi chaqueta desprenden sin ton ni son. Como si de un momento crucial de telenovela se tratase, extiendo el brazo hacia ella inclinando mi cabeza hacia el otro lado y sostengo un 'NO ME FRENES. Estoy estupendabente. Nada se interpondrá entre los kilóbetros y yo.'

Así que, superdigna, con mi chaqueta de falsa impermeabilidad, ante mi perra artrítica con un ojo cubierto por el tercer párpado ese que tienen los perros, y mi madre negando con sus labios apretados pintados del tono que yo denomino 'rosa puti', atravieso la puerta… y me voy.

La brisa aterciopelada me mueve los pelos que se escapan de las horquillas del Todo a Cien, que parecen desaparecer de mis cajones como si tuvieran patas. Mi garganta percibe las moléculas de aire como si tragase tuercas de pendientes oxidados. Los pelos de mis piernas que han logrado escapar a la implacable Silkepil, se erizan cual gatico viendo a Lobezno pasar. Mis músculos me mandan faxes en braile, diciendo que en la despensa quedan Oreo falsas y que en la FDF vuelven a reponer Friends. Mi mp3 se enciende levantando una ceja, cegándome al informarme de la hora con su imperceptible tono ‘azul foco de ovni’. Y los auriculares se topan con mis oídos taponados por el sobrestock de mocos que ya no saben por dónde salir.

Paso por la basura, y una tele de plasma descansa triste como un muñeco abandonado de Toy Story, esperando que un voluntario la lleve bajo su axila silbando bajito hasta su salón. Mi vecino el guapo pasea a su perro en dirección contraria y hace un amago de hablarme. Las farolas fundidas me trasladan a un momento de escena chunga de Stephen King. La hora punta de los secuestradores de corredoras resuena al ritmo del afónico reloj de la iglesia. Los calcetines me pican. El sujetador me aprieta. Un gato maúlla y las cacas de perro amenazan en mi camino hacia el asfalto en la oscuridad.

Mañana, todo mi entorno me dice que estaré muerta. Pero hoy, por mis cojones que yo salgo a correr.

 

lunes, 4 de abril de 2011

Estar habiéndome ido

Siete claves que dan sentido a los pasos que hoy no quieren moverse. Siete trozos de cristal que componen algo roto. Siete puntos suspensivos que permiten respirar.

1. Hay luchas que se encuentran entre palabras, entre las teclas, entre tú y Dios, algunas forman un juego, un puzzle sin solución. Hoy sólo quiero escuchar el silencio que hace mucho tiempo sólo me daba la almohada. Los gritos ajenos me rompen la voz.

2. Algunas personas definen su ser sobre un cuadro descolgado. Forjan su identidad en trazos bruscos y siempre oscuros, y sienten perder su esencia estando entre los demás. La tristeza es causa y consecuencia de un círculo absurdo, mucho más fácil de andar sin una Black&Decker y tornillos en mano. Porque crecer duele. 

3. Tantas visiones de la realidad como ojos miran este mundo. Ojalá el brillo de unos pocos fuese capaz de restar hipermetropía a tanta ceguera de la razón que tacha de ilusas muchas verdades. 

4. El viento a veces nos despierta, nos enfurece, nos empuja... Y la misma fuerza que hace llegar a ti una pluma perdida, se la lleva dejándote sólo el recuerdo de su tacto. Barcos que se mueven soplando o plumas que pesan como losas de hormigón. Nunca nada se queda en el exacto mismo sitio.

5. El orgullo es frío y triste como un hielo perdido en el suelo de la cocina. Cuando se derrite es una mancha similar a un pipí de perro o un descuido a la hora de fregar. La soberbia es el golpe seco de ese saco de hielo que escupe escarcha, congelando el silencio que se crea alrededor.

6. Jamás acostumbro a cerrar puertas, a no ser que se golpeen o me traigan frío. La misma libertad que concedo a mi perra para que monte guardia en mi alcoba se la doy a todo aquel que me sepa cuidar. Ella siempre está ahí cuando me despierto.

7. El exceso de lógica es a la felicidad lo que el exceso de normas a la libertad. La verdad no llega a los que no dejan de buscarla. El talento no existe si no encuentra aplicación. 

miércoles, 30 de marzo de 2011

Es el Festival

Mientras espero en un banco a una amiga en pleno centro, me doy cuenta de que estamos en la estupenda semana del estupendo Festival de Cine de Málaga. Tachán. Y no ha sido porque me haya encontrado a Hugo Silva, a la hija de Marisol o al nuevo vocalista de los 'Khaggcres weikin sky on the floor"  caminando sobre el mismo suelo. Más quisiera yo, que viniese aunque sea Rossi de Palma a sonarse un moco a mi lado con tal de haber evitado esa submunda realidad en la que me he visto metida en esta estupenda tarde de este estupendo festival.

Iba yo semitrotando sobre la acera, con unos leotardos manchados de restos de Licor del Polo, pelo suelto sin peinar desde ayer y un pañuelito de perretes raros que parecen alimentados en Bosnia Herzegovina. Iba mona, a la par que sencilla, a la par que en modo "odio vestirme de profesional cuando soy igual de profesional cuando voy en pijama". Total, que iba caminando por la calle, sumida en mi normalidad estética y actitudinal... cuando de repente veo llegar a una manada de adolescentes con el pelo como sacado de un anuncio de Pantenne pro V, las medias con brillo nivel piernas de Aída Nízar y maquillaje para disfrazar en Halloween a 6 camellos.

Buscando coherencia he sacado el reloj (por si he cambiado la hora mal), las he mirado mejor por si eran las Pussycats dolls o algún grupo estrella del Pop a punto de dar un concierto, las he vuelto a examinar como buscando una razón coherente por las que quince quinceañeras fuesen dando tal espectáculo una tarde cualquiera por las calles de Málaga... y, abrumada por la cantidad de "o sea´s" en su vocabulario, obnubilada por el brillo de joyas en proyectos de pechos que ya casidoblan los míos, colapsada por profundas teorías sobre la clave del atractivo de Mario Casas... he dicho: ay coño, que es el Festival.

Confirmando tal hallazgo, he encontrado en mi campo visual varios ejemplos del género de los llamados MCCQIDQTLAAF"Modernos Con Chapitas Que Informan De Que Tienen Libre Acceso Al Festival". Identificaciones que llevan para hacer la compra en el Supersol, para ir al wc, para pasear por las calles, los boulevares, las avenidas, para sacar al perro, echar gasolina, para barrer su patio, para ir a visitar a su abuela a la residencia, para poner lavadoras, para tenderlas, para comer pipas, caramelos, espaguetis, lacitos. Para todo. Para todo. No sea que haya un habitante a 87 kilómetros a la redonda que no se haya enterado de dónde cojones trabaja. Hombre: coño, que es el Festival.

Así que nada, con mis leotardos manchados, mis uñas con lo que un día fue esmalte, mi pañuelo estampado de perretes desnutridos, el pelo desestructurado y mi cara de: coño, que es el Festival, me he ido alejando de esa curiosa escena. Con mi sensación de pseudo homeless, sin chapita identificativa, sin maquillaje, sin estilo ni tacón suficiente y sin cultura televisiva para distinguir a un actor del Internado de otro de Pasión de Gavilanes, he huído de la marabunta de gente guay que rodeaba mi microsistema. Dejando atrás conversaciones estupendas, denso olor a Amour Amour de Cacharel y cierta incertidumbre de no saber si tras la esquina hay algún actor que le diese sentido a toda esa escena... he visto a mi amiga y le he dicho: Sofi, pordiosbendito, sácame de aquí, coño, que es el Festival.

martes, 8 de marzo de 2011

Palabras que me sostienen

Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un letargo en el que yacía mucho antes de dormirse. Se despertó entre letras y significados que tenían una forma simétrica, con una textura firme pero flexible a la vez. La extraña caligrafía de las palabras componía un trazo de líneas paralelas, unidas por puntos, compuestas de subpuntos… cuya distancia tendía al lado opuesto del infinito. 

Miró a su alrededor. Las palabras eran blancas sobre un fondo negro. Un fondo como el vacío o como el fondo del mar. De pronto tuvo miedo. Esa composición simétrica tejida cerca de ella desprendía un brillo luminoso y roto. Como el que refleja un cuchillo que se agita a lo lejos. Siguió leyendo. La curiosidad tiraba de ella recorriendo esas líneas blancas, paralelas, afiladas, donde por un segundo en ciertas esquinas veía su cara, fruto de espejismos, o de espejos quizás. Cerró los ojos un momento. Y su alrededor cobró forma. Era una tela de araña. Cuando quiso darse cuenta, un extraño sueño la devolvió a un lugar donde el tiempo dejó de pasar.

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Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un lugar donde el tic tac de su reloj no se escuchaba. Sólo se escuchaba el mar. Los destellos que la alcanzaban eran reflejo de las olas. Estaba tendida en una superficie tejida de letras y significados con forma simétrica, textura firme y flexible a la vez. Reconoció la caligrafía. 

Miró a su alrededor. El miedo se había ahogado en el fondo del vacío que ahora sentía lejano, a muchos metros por debajo del papel que le permitía flotar. La movió el ronroneo de la marea. Siguió leyendo. Con un sentimiento familiar extraño, reconocía los significados que la envolvían. Cerró los ojos y se vio. Un barco de papel la sostenía. Sobre él, ella: un dibujo. Un dibujo hecho de esos colores que solía ver cuando empezaba a soñar. 

El tiempo volvió a pararse.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un cuento ya escrito

A veces me siento en un cuento que está ya escrito. Un cuento que al pasar la página esconde un giro que, por alguna razón, presentía. Y sonrío, leyendo mis pasos hacia un lugar ya visitado. A veces me siento en un cuento ya escrito.

A veces busco personajes de mi cuento que sé que existen y todavía no están. Todavía no tienen una página donde leer su nombre, donde den pistas de su aspecto y las comillas escolten sus palabras. Los busco, sin saberlo. Pasando las páginas esperando, como quien espera en el portal de alguien que está por llegar.

A veces un personaje desaparece de tu vida. Uno de esos cuya presencia parecía indispensable en toda la narración. Y desaparece, dejándote la sensación de que necesitas que la historia que lees no sea la tuya. Que se transforme en la de otro, en otra cosa. Donde las personas que se van, vuelven, donde todo tiene arreglo. Donde existe la posibilidad de que volvamos a ser los de ayer, en la primera página.

A veces crees que lees, crees que entiendes lo que va pasando, y cuando reparas, muchas de las hojas que se quedan atrás aparecen vacías. Como el que se duerme sobre un libro que no espera a que te despiertes. Y pierdes el hilo. Y el tiempo deja su peso sobre tu pecho mientras respiras cada vez más despacio, pensando en otras cosas.

A veces escribes páginas que crees transparentes, coloridas y regalas. Las subrayas y haces notas a un lado. Incluso dibujos para ilustrar. Y tras el esfuerzo, ves que nadie las entiende. Nadie lee tu idioma. Nadie. Gritando tu cerebro en qwerty lo que otros sienten como un simple teclear.

A veces siento que soy yo la que escribo. Mis pasos suenan a teclas, los objetivos tienen forma de postit y una noche tiene nombre de capítulo con canción. A veces un error tiene un número de página, y pasas una página con un acierto detrás. Porque el cuento redefine sus reglas como el juego que inventan los niños. Como intentando hacer que ganes, aunque pierdas sin dignidad.

A veces descargo la ira sobre un papel que no se rompe. Intentando arrancar palabras que se vuelven a construir. Y vuelvo atrás para saber donde me encuentro. Preguntando a los personajes quién soy. Me miro en espejos que sólo reflejan el color de la tinta. Me pierdo en las páginas como quien no entiende números. Y siento que el papel se deshace en el agua… nadando en la nada. Convirtiéndose en tal.

A veces me siento en un cuento ya escrito. Y me intento asomar fuera, buscando mi ubicación. Como queriendo encontrar mi estante, cuánto polvo me cubre, el color de la cubierta y si tengo separador. Consciente de mi locura, vuelvo de nuevo a mi sitio. Busco una página donde dormirme y encontrar el personaje que se supone que soy. A veces me siento en un cuento ya escrito.