martes, 8 de marzo de 2011

Palabras que me sostienen

Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un letargo en el que yacía mucho antes de dormirse. Se despertó entre letras y significados que tenían una forma simétrica, con una textura firme pero flexible a la vez. La extraña caligrafía de las palabras componía un trazo de líneas paralelas, unidas por puntos, compuestas de subpuntos… cuya distancia tendía al lado opuesto del infinito. 

Miró a su alrededor. Las palabras eran blancas sobre un fondo negro. Un fondo como el vacío o como el fondo del mar. De pronto tuvo miedo. Esa composición simétrica tejida cerca de ella desprendía un brillo luminoso y roto. Como el que refleja un cuchillo que se agita a lo lejos. Siguió leyendo. La curiosidad tiraba de ella recorriendo esas líneas blancas, paralelas, afiladas, donde por un segundo en ciertas esquinas veía su cara, fruto de espejismos, o de espejos quizás. Cerró los ojos un momento. Y su alrededor cobró forma. Era una tela de araña. Cuando quiso darse cuenta, un extraño sueño la devolvió a un lugar donde el tiempo dejó de pasar.

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Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un lugar donde el tic tac de su reloj no se escuchaba. Sólo se escuchaba el mar. Los destellos que la alcanzaban eran reflejo de las olas. Estaba tendida en una superficie tejida de letras y significados con forma simétrica, textura firme y flexible a la vez. Reconoció la caligrafía. 

Miró a su alrededor. El miedo se había ahogado en el fondo del vacío que ahora sentía lejano, a muchos metros por debajo del papel que le permitía flotar. La movió el ronroneo de la marea. Siguió leyendo. Con un sentimiento familiar extraño, reconocía los significados que la envolvían. Cerró los ojos y se vio. Un barco de papel la sostenía. Sobre él, ella: un dibujo. Un dibujo hecho de esos colores que solía ver cuando empezaba a soñar. 

El tiempo volvió a pararse.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un cuento ya escrito

A veces me siento en un cuento que está ya escrito. Un cuento que al pasar la página esconde un giro que, por alguna razón, presentía. Y sonrío, leyendo mis pasos hacia un lugar ya visitado. A veces me siento en un cuento ya escrito.

A veces busco personajes de mi cuento que sé que existen y todavía no están. Todavía no tienen una página donde leer su nombre, donde den pistas de su aspecto y las comillas escolten sus palabras. Los busco, sin saberlo. Pasando las páginas esperando, como quien espera en el portal de alguien que está por llegar.

A veces un personaje desaparece de tu vida. Uno de esos cuya presencia parecía indispensable en toda la narración. Y desaparece, dejándote la sensación de que necesitas que la historia que lees no sea la tuya. Que se transforme en la de otro, en otra cosa. Donde las personas que se van, vuelven, donde todo tiene arreglo. Donde existe la posibilidad de que volvamos a ser los de ayer, en la primera página.

A veces crees que lees, crees que entiendes lo que va pasando, y cuando reparas, muchas de las hojas que se quedan atrás aparecen vacías. Como el que se duerme sobre un libro que no espera a que te despiertes. Y pierdes el hilo. Y el tiempo deja su peso sobre tu pecho mientras respiras cada vez más despacio, pensando en otras cosas.

A veces escribes páginas que crees transparentes, coloridas y regalas. Las subrayas y haces notas a un lado. Incluso dibujos para ilustrar. Y tras el esfuerzo, ves que nadie las entiende. Nadie lee tu idioma. Nadie. Gritando tu cerebro en qwerty lo que otros sienten como un simple teclear.

A veces siento que soy yo la que escribo. Mis pasos suenan a teclas, los objetivos tienen forma de postit y una noche tiene nombre de capítulo con canción. A veces un error tiene un número de página, y pasas una página con un acierto detrás. Porque el cuento redefine sus reglas como el juego que inventan los niños. Como intentando hacer que ganes, aunque pierdas sin dignidad.

A veces descargo la ira sobre un papel que no se rompe. Intentando arrancar palabras que se vuelven a construir. Y vuelvo atrás para saber donde me encuentro. Preguntando a los personajes quién soy. Me miro en espejos que sólo reflejan el color de la tinta. Me pierdo en las páginas como quien no entiende números. Y siento que el papel se deshace en el agua… nadando en la nada. Convirtiéndose en tal.

A veces me siento en un cuento ya escrito. Y me intento asomar fuera, buscando mi ubicación. Como queriendo encontrar mi estante, cuánto polvo me cubre, el color de la cubierta y si tengo separador. Consciente de mi locura, vuelvo de nuevo a mi sitio. Busco una página donde dormirme y encontrar el personaje que se supone que soy. A veces me siento en un cuento ya escrito.

viernes, 18 de febrero de 2011

Un boceto de mí misma


Últimamente no leo tanto como me gustaría. Tampoco estudio, ni corro, ni escribo, ni pienso… tanto como me gustaría. Y me debato entre mis expectativas y mi realidad. Como tantos otros. Tolerar esa lucha entre esos dos frentes, a veces no es combinable con buscar un punto medio. Sobre todo en personas cuyo idealismo les empuja a subir las peores montañas.

A mi alrededor siempre he visto mucha fe en que algún día seré algo importante. Esta imagen colma de refuerzo, aunque también de frustración. Me acerco a los 30 y todavía no sé si me acerco a ese “algo grande” de lo que todos hablaban.

Últimamente no leo tanto como me gustaría. Y mi yo inteligente, eficaz y encantador se cabrea ante el espejo contra mi yo mediocre, pasivo e insoportable. Se pelean y me ponen la cabeza como un bombo. Y me quedo entre ellos dos, poniendo orden, con las manos tapándome los oídos mientras intento poner la música, la televisión o la distancia a correr cada vez más larga.

Y si me quedo en ese camino entre mi realidad y mis posibilidades, me pregunto si no soy más que un boceto de mí misma. Me pregunto si soy un esquema de mi propia narración. Y me pregunto quién soy. Y lo que quiero. Y qué hago. Y con quién quiero estar… Luego me pregunto quién coño soy. Qué coño quiero. Y qué coño hago. Y con quién coño quiero estar… Y nada. Que no tengo respuesta. Y entonces veo la montaña de libros que tengo por leer, el temario de oposición que me queda por estudiar, las páginas del cv que me quedan por rellenar… y me digo: no soy nadie.

Y ese “no soy nadie” muchas veces está anclado en ese punto medio en el que se encuentra lo que eres. A mitad de camino entre lo que has hecho y lo que podrías hacer. En ese punto donde a veces se siente que no eres suficientemente brillante para ser alguien, ni suficientemente ignorante para no ser nadie. Como en el puto limbo de la cualidad.

No sé si me estoy dando de bruces con mi mediocridad. Me cuesta aceptar que pueda corresponder a esa mayoría de personas que representa ese llamado “ni fu ni fa”, “ni pa ti ni pa mí”, “ni chicha ni limoná”. Y quizá por eso, muchos de los que demuestran un día su talento, sucumben al abismo de las verdaderas cagadas. De la dicotomía intelectiva y emocional, optando por sacudirse de extremo a extremo, con tal de no rozar ese temido punto medio. Porque ese punto medio tan defendido por la filosofía y el refranero popular, en la práctica no vende demasiado. Ni para con uno mismo.

Pues sí. Últimamente no leo tanto como me gustaría. Ni corro, ni pienso, ni trabajo, ni hago todo lo que puedo hacer. Y pasa el tiempo y la montaña de libros la sustituye una montaña de óleos, tras una montaña de discos y luego una montaña de personas a las que llamar. Y me enfrento de cara a la realidad de que quizá nunca sea algo grande, quizá nunca llegue a derribar esas montañas que rodean mi autoconcepto. Esas montañas que tiran de ese talento que también adormezco con drogas o programas de televisión. Y me enfrento a la realidad de que esa lucha a veces deja de lado lo importante. Que en el medio de tanta montaña hay una persona. Que esa persona ya lleva muchas montañas subidas. Y que esa persona soy yo. Sin óleos, sin escritos, sin conocimientos, sin adornos… Que un día podría quedarme sin piernas y seguiría siendo yo. Sin trabajo y seguiría siendo yo. Sin cultura y seguiría siendo yo.

Creo que nos rodeamos de montañas porque necesitamos subirlas. Pero no porque haya algo en la cima. Y nos cargamos de una mochila enorme, donde metemos mucho de lo que encontramos en el camino. Y a veces en ese camino hay tanto esfuerzo que parece que nos convirtamos en lo que hemos subido. En lo que tenemos en la mochila. Y tanto peso, tanto peso no nos deja crecer.

lunes, 14 de febrero de 2011

San Valentín

Hoy es San Valentín. Para ser exactos San Valentín de los Cojones. También llamado San Calentín, San Regalín, San Corte Inglés o San Ballantines.  Tendríamos la opción de pasarlo por alto y decir que hoy es un día cualquiera, a no ser que pongas la televisión o te metas en unos grandes almacenes. Entonces amigo: estás perdido/a. Yo, de momento, no he vuelto a poner la televisión desde que vi el anuncio de una pizza en forma de corazón. A partir de mañana ya, si eso, la enciendo.

He hecho una propuesta vía Facebook. ROBAR los regalos para demostrar el amor. Porque el amor no se compra, porque ya compramos todos los días y porque me he imaginado los centros comerciales llenos de enamorados metiéndose cosas en el sobaco y no podía parar de reír. Me encantaría ver a Matías Prats esta noche contando la noticia. A lo mejor viene por esto el FBI (que por lo visto tiene a Marck Zuckerberg cogido por los huevos) y hacen una redada en mi casa. Pero como creo que la gente no me hace mucho caso, pues sigo mi idealista iniciativa. En contra del consumismo, a favor del amor y a favor de la coherencia en la manifestación del mismo.

Me han colgado esa foto de cupido amenazado con una pistola  y le he puesto un “me gusta” sin mucho ahínco. Porque la verdad, el dibujito hace gracia, pero creo que negarse al amor es de cobardes. Y que el miedo es el cáncer del crecimiento, ya sea éste personal, económico o social. El miedo nos hace pequeños. El miedo es el responsable de muchas heridas y mucha mierda que pisamos por la calle. Que por algo se dice “cagarse de miedo”. En el caso del amor, el miedo es el lastre que nos impide desde amarnos a nosotros mismos, hasta dejar que lo hagan los demás.

El miedo es como la voz esa de la abuela que dice todo el rato: ¡Cuidado no te vayas a caer!. Por culpa de lo cual, si nos crían así, al final vamos como de puntillas por el mundo, siempre con las bragas bien monas “no sea que nos vaya a pasar algo”. El miedo es responsable de que no seamos nosotros mismos. El miedo impide ponernos metas, porque no sabemos si podremos cumplirlas. El miedo nos obliga a disfrazarnos con trajes de tipo duro y una coraza de falsa seguridad. Y el miedo también nos hace jurar amor eterno, cuando lo necesitamos tanto que no aguantamos la idea de que se termine.

El ser humano es tan cobarde y tan soberbio que juega a prometer cosas que no están en su mano, como el amor. Nadie puede prometer que estará a tu lado, nunca. Y si lo hace, está hipotecando su felicidad, se convierte en un contrato, con lo cual el amor ya no es libre. Y eso precipita su fin. Luego viene el remordimiento por dejar a alguien, el enfado porque tú me abandonas o los socorridos cuernos/putadas varias para obligar al otro a que nos deje. Primero juramos y luego la liamos parda. Así funciona esto.

Y es que todo sería más fácil si entendiésemos el amor como lo que es: algo temporal. En realidad, todo en esta vida lo es. Todo se termina. Y es nuestra resistencia a aceptar eso, lo que nos lleva a aferrarnos siempre a algo. Si aceptamos tal clave, entenderemos que las personas entran en tu vida y algún día saldrán. Cuando se termine el amor nos enfadaremos con el mundo, pero no con el otro. Nos dolerá, pero no sufriremos. Cuando hablemos de la muerte lo haremos con naturalidad, como cuando hablamos de que un yogur se caduca. Cuando celebremos San Valentín, no nos saldrá sarpullido en contra del amor. Y cuando venga cupido a lanzarnos una flecha, no nos cagaremos en su señora madre. Y podremos comernos una pizza con forma de corazón sin un nudo en la garganta. Con la seguridad de que la pizza en un rato se termina,  se transforma a cuchillazos… y que, cuando nos sacie el hambre y pasen las horas, elegiremos otra cosa con la que acallar las tripas… Quizá tal y como pasa con el amor.

lunes, 31 de enero de 2011

Uno de mis mayores se va

Se ha ido don Francisco Bustamante. Y seguro que alguno buscará algún dato en su mente sobre un posible familiar de los de operación triunfo. Pero no. Paco es una de las decenas de personas llenas de arrugas, dolor de huesos y pastillas en el bolsillo que tengo en mi trabajo. Un taller de memoria es la excusa que encuentran para tener un sitio donde ir, sacar su cuaderno y ese niño que llevan dentro. Y encontrármelos cada día con su carpeta en la mano que no lleva el bastón, es la alegría más grande que tengo cada mañana.

Se les ilumina la cara cuando entran por la puerta. Vienen a pesar de un marido ciego que espera en casa, un luto sin cumplir o una retina a medio desprender. Los besos que me dan, aun cuando te manchan de Nivea o te raspan con sus pieles lija del 4, son como una manta de franela. Son mis niños disfrazados con arrugas. Y corregir esas láminas con letras faltas de cultura y ortografía de pequeñuelo es como un regalo bajo papel desgastado.

Después de la noticia de Paco he tenido que dar una clase mojada de tristeza. Tristeza de esa que no se seca. Tragándome el nudo en la garganta porque no me siento con derecho a sentirme mal. Y porque mi papel es rellenar los huecos que, la ausencia de Paco y sus duras vidas, van dejando cada vez más solos a los que quedan mirándome frente a mí. Y con su silla vacía, mientras les hablo de otras cosas, me planteo la sencillez de la muerte. Y me aplasta el pecho. Y mis dientes se aprietan como dejando en mi garganta la realidad de que Paco no vuelve. Y a los demás sólo nos queda echarle de menos y mirar hacia atrás.

Cuando escucho a la gente decir “yo no podría trabajar con mayores”, me da pena que se pierdan esto. Porque sentir que eres una persona importante en el último tramo de la vida de alguien no se puede explicar. Me llenan los ratos de momentos entre de Paco Martínez Soria y Muchachada Nui. Esas señoras con sus camisas estampadas, esos caramelillos que nunca te faltan, esos pañuelos sacados del escote, esas permanentes grandiosas, esos monederos sobaqueros, ese ímpetu por presentarme a sus nietos en edad de merecer… y esa filosofía vital como de cola del supermercado… me emblandece el alma.

He vuelto a mi casa y en el escritorio se me ha quedado una foto de Paco y yo. No me ha dado tiempo a dársela. Y a él no le ha dado tiempo a secuestrarme al próximo viaje del IMSERSO, como había prometido. Para colmo, el gangurrián me ha dejado el bolso lleno de trozos de romero que me trajo el otro día de su paseo por el campo… Me deja la memoria con contados recuerdos. Y aunque tengo miedo de que la imagen de su sonrisa desdentada, su palillo en la boca y sus ojos de chaval desaparezcan con el tiempo… sé que el tiempo que nos dimos nunca se podrá perder. Él hizo de los minutos que le di, algo grande. Y espero que lo sepa allí donde esté.

miércoles, 5 de enero de 2011

La Navidad

Las navidades son una tortura china para muchos de nosotros. Esa banda sonora del anuncio de El Almendro está diseñada específicamente para torturar psicológicamente a quienes no tenemos casa donde volver. O así lo sentimos. Los que tenemos familias  tocadas o hundidas bien lo sabemos. Y cuando llegan las fechas me toca gestionar esa sensación de ser un satélite sin planeta donde girar.

Yo en concreto, soy hija única de padres divorciados al levantar un palmo del suelo. Mi padre rehizo su vida. Mi madre la rehace cada dos por tres. Hasta mi abuelo tiene novia. Y yo voy dando tumbos de un sitio para otro en función de cómo sople el viento. Condenada por esa inestabilidad que mamé desde que comía potitos. Y en Navidad esa inestabilidad es la misma, con obligado protocolo y polvorones y mazapanes. Y sabiendo que los Reyes no existen.

Supongo que esa es la situación normal del ser humano. Estamos solos. Nacemos solos, morimos solos. Y todo lo demás son espejismos para intentar que esa realidad sea más llevadera.  La familia nos garantiza sobrevivir. Aunque sólo sea porque al principio somos muy monos y olemos bien. Nos enseñan a adaptarnos (mejor o peor) al mundo. E incluso luego nos avalan o nos vienen a buscar al calabozo si procede.

Pero no toda familia es esa que sale en los anuncios. Ni en las series de la Neox. En realidad casi ninguna. Y en Navidad esa disonancia cognitiva* se acentúa. Nos ensordecen con villancicos horteras, nos bombardean con luces paranormales, nos ciegan con envoltorios de regalo estridentes y nos avasallan con muestras de cariño familiar que, en mi caso, me dan más arcadas que una pota de risquetos. Y entonces, miramos nuestro salón, sin árbol, sin regalos, sin gente y el teléfono sin sonar y nos queremos morir del asco, sin saber porqué.

Chocar con lo que se espera de nosotros (y nuestras familias) es el día a día de esta cultura de “hagamos ver que somos felices”. Nos crían en un ir y venir de mensajes en los que ser guap@, exitos@, inteligente, sociable, hetero, cult@, casad@, con piso y con hij@s es la base de la integración. Si no, pobre de ti.

La Navidad es como una foto de familia en la que todos tienen que estar bien juntos y guapos y sonrientes y bien alimentados pero no gordos y con regalos preparados y me cago en la leche de cosas más por favor. Que si bajase el niño Jesús repartía ostias a diestro y siniestro preguntándonos qué cojones estamos haciendo.

Porque es que a mí me empiezan a temblar las piernas desde noviembre. Que ya se encarga el hilo musical del Mercadona y las luces de la calle de que no se te vaya a olvidar. Cualquiera se olvida. La madre que los parió. Y no digo más tacos que mañana vienen los Reyes Magos. Pero ahora que lo pienso a mí no me traen nada y sigo cagándome en la madre de todo lo que se menea en torno a la Navidad. Con fundamento. Y con perdón.

Mi conclusión y solución, que siempre lanzo a primeros de diciembre, es hacer un llamamiento a todos los ovnis cercanos a la Tierra, para que desde el 23 de diciembre al 7 de enero me abduzca alguno, por favor. Que pago gastos de manutención. Que no doy problemas. Que les canto villancicos y les llevo turrón si hace falta. Y que luego lo guardo en secreto. Que no llamaré a Iker Jiménez ni a Mulder y Scully. Sin shock postraumático ni nada. Lo prometo. Todo con tal de no volver a sufrir a Anne Igartiburu dando las uvas, las muñecas de Famosa, las burbujas de Freixenet, la capa de Ramón García, los intentos frustrados de que toque la lotería, el porompompero de Rafael, los niños con los petardos, la zambomba, las caras de falsa ilusión ante regalos horrendos, los disfraces de Papá Noel hasta en los que venden pañuelos en los semáforos, las sobras de comidas hasta febrero, los amigos invisibles, el Grinch y Vaya Santa Claus en TVE1, los corticoles (a no, que esto es en septiembre).


lunes, 6 de diciembre de 2010

Vivir dormidos

¿No tenéis momentos donde parece que despertéis de un sueño, sólo que en vez de dormidos, pasa despiertos? Yo sí. Y a veces creo que me voy a encontrar de repente a Leonardo di Caprio al lado enchufado por vena a un maletín, mientras suena “Rien de rien” de Edith Piaf. A los que no hayan visto Origen, les sonará raro. Pero creo que esto es una sensación bastante común.

Algunos filósofos defienden la idea de que el hombre en su día a día está profundamente dormido. Y así lo creo. Nos dejamos consumir por el hábito, por la normalidad de estar vivo, por la desidia de vivir por derecho. Y esa es la clave de mucha infelicidad.

Además de estar dormidos en vida, creo que esta vida forma parte de otro sueño que vivimos juntos, donde nuestra capacidad de acción es limitada y el arquitecto del sueño nos enseña  a aprender. Y ahí es donde incido.

Nos creemos dueños de nuestras vidas, como ese personaje de videojuego que no sabe dónde está. Habiendo nacido en ese sueño, nos dan cierto derecho a pensar que tenemos el control de lo que pasa alrededor. Y nos dan tanto tiempo para acostumbrarnos que, cuando de repente sentimos que todo esto es más grande/imprevisible de lo que podemos imaginar, nos entra el pánico. Para no sentir ese pánico, la gente a veces vive su vida como en piloto automático. Sin pensar demasiado, sin hacerse preguntas, ni valorar la oportunidad que se le ha otorgado vivir. O sin afrontar lo inevitable de enfrentarse a morir.

Pero la vida es así, ese es el reto. Viviendo en ese universo, tenemos el desafío de no creer que dictamos las reglas. Nacemos, vivimos y morimos en el videojuego. En este sueño. En este Gran Hermano. Me pregunto ahora si la luz blanca que uno ve cuando muere no serán los flashes de las cámaras que nos siguen hasta el plató de Mercedes Milá. Sólo que, el que irá vestido de diseños raros no será ella, sino Dios. Y ese Dios será un alter ego de nuestras conciencias disfrazado con un cuerpo adaptado a nuestros ídolos y preferencias. A mi Dios seguro que le ponen un disfraz de Punset, House o de Encantador de Perros (sí, el encantador de perros).

Pues eso, que tengo total fe de que estamos en una especie de realidad paralela. No me he comido ninguna seta, ni acabo de ver Cuarto Milenio, ni soy víctima de un poltergeist, ni soy fan de Matrix. Tampoco sé si esa fe se traduce en una exacta filosofía, religión o axioma científico.

Soy consciente de que vivimos en una superficie, donde pocos son los que se atreven a profundizar. Soy consciente de que vivimos en una necesidad de control constante, que nunca llega a funcionar. Consciente de que, a pesar de decidir muchas de las cosas que nos definen, sólo somos un personaje en esta historia. Un personaje que, cuando ve irse a otro personaje, putea al guionista. Personaje que, cree que vivirá en una única historia, con un único papel. Personaje que estudia incesante las influencias teatrales que rigen su existencia. Personaje que se carga el decorado (anti-desarrollo sostenible), se inventa los finales (cual Aramís Fuster), o no aguanta la insoportable levedad del ser y se tira al río con zapatos de cemento. Un personaje que no acepta la condición de personaje.

No sé si esto es un sueño dentro de un sueño. Pero a veces siento que me despierto. Sin tótem, ni Leo di Caprio. Me despierto cuando cierro los ojos y me sigo viendo. Cuando abro un libro, cuando creo, cuando pienso que pienso. Cuando apago telecinco. Cuando corro kilómetros. Cuando me equivoco. Cuando aprendo.

Me despierto cuando me alejo de mi personaje y me encuentro. Cuando me doy cuenta de que sueño. Cuando no me importa despertar. Cuando acepto la existencia. Cuando dejo ir lo que se va. Ahí es cuando despierto. Aunque luego me vuelva a acostar.