martes, 26 de marzo de 2013

Dios no está en los bares

El otro día, un hombre con alto grado etílico, en el típico bar de hombres con alto grado etílico, se dirigió a mí para hablar de Dios. Y yo, le escuché. Y también hablé de Dios. 

Me gustan esos bares. No los frecuento, aunque admito que disfruto cuando, por la razón que sea, entro a tomarme un vino y una tapa sentada en una barra con hombres que me miran como si fuera una muñeca y hubiera caído en el sitio (y también un poco en el mundo)  por equivocación.

Me gustan esos bares, digo. Y me gustan esos hombres. Me gustan no como la que se los quiere llevar a casa, sentarlos en el sofá o meterlos en cama. Me gustan porque me parecen una muestra de autenticidad y un ejemplo de que Dios es la Mercedes Milá de un Gran Hermano magnífico, que nunca nos paramos a observar desde dentro. Desde esos bares. Desde esas banquetas altas donde se suele hablar de Dios.

Me gustan esos bares, decía. Y me gusta también hablar, más aún de Dios. Ese hombre, agarró el tema de Dios como el que saca un libro de Dostoievski y lo deja caer en medio de un quiosco. Como Tarantino poniendo encima de la mesa una pistola en medio de una cafetería donde suenan de fondo  los Beach Boys.

Con su ceroconmuchos  grados de alcohol en sangre, este hombre abarcó a Dios con la falsa grandeza que te otorga el whisky Dyc a las cuatro de la tarde, agotando a los cinco minutos todos  los pasajes de la Biblia con los que teorizar sobre la vida, su sentido y su sinrazón. Pero en el minuto 6, Dios pareció dejarle de lado, y se quedó con su mirada perdida en la barra, su ineficacia en la pronunciación  de sílabas y su vaso de tubo orientando el pulso de su mano. Como un niño que, queriendo jugar con los mayores, se da cuenta demasiado tarde de que a lo mejor hubiese sido mejor que le hubieran dicho que no. Dios le dejó en el banquillo, pensé.

Me quedé con él, hablando de otras cosas. Más mundanas. Más de estar por casa. Hablar de Dios es primera división, pensé también. Hablamos de los hijos. De su mujer. Hablamos del alcohol. Y pensé y no le dije que creo que Dios es ese árbitro que nos saca la roja sin saberlo. Que el banquillo es un sitio lleno de copas, drogas, heridas y vacuidad. El banquillo de Dios está lleno de personas que no saben jugar a la vida, que les queda grande y buscan refugio. Y terminan en sitios como ese bar.

Lo pensé y no lo dije. Pero le miré con la empatía con la que te mira el fisio que sabe que tienes una lesión que va a retirarte. Y le miré también obviando que lo que bebía y le ahogaba era su whisky Dyc. Y ahí, en el minuto 17, también sentí que el que nos miraba a nosotros puede que fuera Dios.

Pero Dios no está en los bares. Y si lo hace no se sienta, ni bebe whisky ni habla de sí mismo. Dios es entrenador y árbitro. Y muy listo y muy cabrón.

Pues eso.

lunes, 18 de marzo de 2013

La vida se hace bola

A mí es que la vida se me hace bola.


Me acuerdo de mi primo el pequeño. En casa de mis abuelos, a la hora de comer todas las miradas se centraban en él con angustia. Comiese lo que comiese sus mofletes se llenaban de materia infinita y, por blando que fuera lo que había en el plato, por pequeño que fuese el trozo llevado a la boca, todo lo que masticaba, por arte de magia, se hacía más y más grande, mi primo se convertía en un hámster y todos le miraban con angustia y desesperación, animándole a tragar aquello que por bueno que estuviese adquiría un sabor traumático a los ojos de todos los que le animábamos a deglutir. Un coñazo de comida. Un espectáculo. Un horror, vaya.

Y es que a veces la vida también se te hace bola.

Y hay realidades que no se pueden masticar. Hay realidades que la vida te las mete en la boca y te obliga a tragar mientras te pregunta cosas, te da palmadas en el pecho o te obliga a decir "Pamplona". Hay cosas que uno vomita y se tiene que volver a tragar, así en plan perrico por hambre o porque alguien le ofrece dinero por hacer esa asquerosidad. Hay realidades que parten los dientes y luego tienes que recogerlos por el suelo y sonreír. Y después, hay realidades muy simples como las que le daban a mi primo, realidades tan fáciles como los fideos, que en determinados momentos también se te hacen bola. Y entonces, te observas a ti misma, ahí, dándole vueltas a la sopa de letras, formando y teorizando palabras, masticando el caldo y diciéndote a ti misma: "lamadredelcordero, traga ya de una vez". Con la garganta bloqueada de tu propia presión. Y ganas de escupirlo todo y decirle a la vida: estoyhastaelmismísimodenopoderelegirloquequierodecomer.

Pero en fin. Mi primo el cabrón aunque fuese viendo los dibujos, con toda la familia mirando en plan jurado de Splash, o con un petisuis puesto delante del plato a modo de zanahoria al final del camino, al final, al final, tragaba. Y nosotros, pues mira, también.

Que si la vida te pone lentejas aquí no te equivoques, que no las dejas. Y lo único que te queda es acostumbrarte desde el principio a sentarte, poner buena cara, echarle ketchup a lo que no te gusta y en la medida de lo posible nunca dejar de masticar. Y empujar la bola aunque sea con gintonics.  Que en la cocina solo entra Dios. Que Dios es esa madre que no se quita el delantal nunca. Esa que con los restos de todo hace croquetas. Y que aquí el que no traga, muere, de hostias, de pena o de inanición.

Pero qué queréis que os diga, hoy yo es que no tengo ketchup, no veo el petisuis y no tengo tele. Y a mí es que la vida se me hace bola.

jueves, 7 de marzo de 2013

HOLA



Un año y medio después: Hola. Una vez alguien me dijo que cuando uno empieza algo ya tiene la mayor parte del trabajo hecho. Y yo con un hola empiezo más o menos todo. Con un hola y poniendo ojitos. Así que, nada: Hola.

Un año y medio después me siento aquí delante y reflexiono sobre lo que me hizo dejar de sentarme aquí delante. Y volviendo al post anterior, sobre los miedos y el tic tac y los tiempos y todoesesermónqueosechésuperbonitoyverdaderoyauténticamenteimportante, pues todo eso que dije, me lo pasé por el forro. Básicamente. (He intentado buscar sinónimos para “forro” pero comprenderéis que era peor el remedio que la enfermedad).

Total, que me doy cuenta de que dejé no solo de publicar sino de escribir cosas porque me entró un ataque de inseguridad en mi aptitud narrativa y  una ola de pudor y autocensura basada en el soberbio axioma de “si no lo haces bien, no lo hagas”. Porque claro, yo no soy escritora. De hecho, no sé lo que soy. De hecho, no sé si soy algo. Pero, de hecho: ¿es que alguien lo sabe?

Pues eso, la inseguridad. Y esa inseguridad sobre la propia competencia viene de mano de personas imaginarias que se ponen en miniatura en tu hombro y te susurran: “Quilla, ¿qué haces? / Pff valiente porquería que estás haciendo… / La mediocridad hay que erradicarla del mundo. / Y tú quieres escribir? / Y bla bla bla”. Personas que en un momento dado de tu vida te muestran una manera de entender el mundo basada en unos rígidos criterios de lo correcto y lo incorrecto, de la calidad y la mediocridad, de lo que es o no talento... que identificarás por su capacidad de deslumbrar al personal con su uniforme de seguridad en sí mismos y de provocar en quien les escucha una sensación de volverte más insignificante que un trocico de pan en el catering de la boda de Alfonso de Borbón.

Esa gente a veces levanta grandes imperios y provoca modas, religiones, ideales o genocidios. Pero, ¿realmente hacen bien lo que hacen? ¿Realmente el éxito o reconocimiento que tienen está ligado a su competencia? ¿Realmente es importante tener competencia en algo para hacer lo que te salga de los cojones? ¿Realmente cuando haces lo que te sale de los cojones tiene derecho alguien a decirte lo que le sale de los cojones? Sí. Puede. No sé. Yo qué sé.

El caso es que yo he vuelto a escribir. Con mi teclado con restos de pipas. Con mi pijama de Hello Kitty. Con mi complejo de que el mundo es demasiado hostil para mi falta de talento y fragilidad. Y vuelvo a escribir porque al final me he pasado por el forro lo que determinadas personas imaginarias me dicen por encima de mi hombro. Porque en el hombro también se queda la caspa y porque hasta la caspa tiene derecho a caerse y escribir lo que le dé la gana. Porque si todos hiciéramos solo lo que se nos da bien hacer, el mundo sería un lugar lleno de Ristos Mejide señalando con el dedo, y porque al final de lo que se trata es de tolerar que uno nunca podrá ser ni hacer nada perfecto. Que la mediocridad es una genialidad, según la escuadra y el cartabón que la mide, y que estamos en el mundo para hacer, con todos los respetos, loquenossaledeloscojoneshacer. Y a mí lo que me sale es esto.