Tengo mocos. Y mi voz, ahora entre apitufada y gangosa, deja atrás su habitual tono para pasar al modo Epi. O Blas… (que nunca me aclaro cual es el que habla bajito). Me duele la cabeza rollo ‘estoy a 80 metros bajo el agua’ y siento mi cerebro abrazado fuerte por su novia celosa: la presión intracraneal. El ibuprofeno se vuelve mi compañero de tienda en esta acampada por el bosque de lo que no distingo como alergia, resfriado o gripe A.
Pero me niego a aceptar la realidad, me enfundo las Mizuno y me disfrazo de persona saludable con más defensas que un palé de Actimeles en el camión de descarga del Carrefour. Avanzo por mi hogar con paso firme. Mi madre me mira estupefacta preguntándome una y otra vez qué hago, mientras esquiva en el pasillo los pañuelos de mocos que los bolsillos de mi chaqueta desprenden sin ton ni son. Como si de un momento crucial de telenovela se tratase, extiendo el brazo hacia ella inclinando mi cabeza hacia el otro lado y sostengo un 'NO ME FRENES. Estoy estupendabente. Nada se interpondrá entre los kilóbetros y yo.'
Así que, superdigna, con mi chaqueta de falsa impermeabilidad, ante mi perra artrítica con un ojo cubierto por el tercer párpado ese que tienen los perros, y mi madre negando con sus labios apretados pintados del tono que yo denomino 'rosa puti', atravieso la puerta… y me voy.
La brisa aterciopelada me mueve los pelos que se escapan de las horquillas del Todo a Cien, que parecen desaparecer de mis cajones como si tuvieran patas. Mi garganta percibe las moléculas de aire como si tragase tuercas de pendientes oxidados. Los pelos de mis piernas que han logrado escapar a la implacable Silkepil, se erizan cual gatico viendo a Lobezno pasar. Mis músculos me mandan faxes en braile, diciendo que en la despensa quedan Oreo falsas y que en la FDF vuelven a reponer Friends. Mi mp3 se enciende levantando una ceja, cegándome al informarme de la hora con su imperceptible tono ‘azul foco de ovni’. Y los auriculares se topan con mis oídos taponados por el sobrestock de mocos que ya no saben por dónde salir.
Paso por la basura, y una tele de plasma descansa triste como un muñeco abandonado de Toy Story, esperando que un voluntario la lleve bajo su axila silbando bajito hasta su salón. Mi vecino el guapo pasea a su perro en dirección contraria y hace un amago de hablarme. Las farolas fundidas me trasladan a un momento de escena chunga de Stephen King. La hora punta de los secuestradores de corredoras resuena al ritmo del afónico reloj de la iglesia. Los calcetines me pican. El sujetador me aprieta. Un gato maúlla y las cacas de perro amenazan en mi camino hacia el asfalto en la oscuridad.
Mañana, todo mi entorno me dice que estaré muerta. Pero hoy, por mis cojones que yo salgo a correr.
Welcome back, super woman!
ResponderEliminar"Espartanas que no pueden pronunciar la eme porque se niegan a guardar reposo"
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