lunes, 31 de enero de 2011

Uno de mis mayores se va

Se ha ido don Francisco Bustamante. Y seguro que alguno buscará algún dato en su mente sobre un posible familiar de los de operación triunfo. Pero no. Paco es una de las decenas de personas llenas de arrugas, dolor de huesos y pastillas en el bolsillo que tengo en mi trabajo. Un taller de memoria es la excusa que encuentran para tener un sitio donde ir, sacar su cuaderno y ese niño que llevan dentro. Y encontrármelos cada día con su carpeta en la mano que no lleva el bastón, es la alegría más grande que tengo cada mañana.

Se les ilumina la cara cuando entran por la puerta. Vienen a pesar de un marido ciego que espera en casa, un luto sin cumplir o una retina a medio desprender. Los besos que me dan, aun cuando te manchan de Nivea o te raspan con sus pieles lija del 4, son como una manta de franela. Son mis niños disfrazados con arrugas. Y corregir esas láminas con letras faltas de cultura y ortografía de pequeñuelo es como un regalo bajo papel desgastado.

Después de la noticia de Paco he tenido que dar una clase mojada de tristeza. Tristeza de esa que no se seca. Tragándome el nudo en la garganta porque no me siento con derecho a sentirme mal. Y porque mi papel es rellenar los huecos que, la ausencia de Paco y sus duras vidas, van dejando cada vez más solos a los que quedan mirándome frente a mí. Y con su silla vacía, mientras les hablo de otras cosas, me planteo la sencillez de la muerte. Y me aplasta el pecho. Y mis dientes se aprietan como dejando en mi garganta la realidad de que Paco no vuelve. Y a los demás sólo nos queda echarle de menos y mirar hacia atrás.

Cuando escucho a la gente decir “yo no podría trabajar con mayores”, me da pena que se pierdan esto. Porque sentir que eres una persona importante en el último tramo de la vida de alguien no se puede explicar. Me llenan los ratos de momentos entre de Paco Martínez Soria y Muchachada Nui. Esas señoras con sus camisas estampadas, esos caramelillos que nunca te faltan, esos pañuelos sacados del escote, esas permanentes grandiosas, esos monederos sobaqueros, ese ímpetu por presentarme a sus nietos en edad de merecer… y esa filosofía vital como de cola del supermercado… me emblandece el alma.

He vuelto a mi casa y en el escritorio se me ha quedado una foto de Paco y yo. No me ha dado tiempo a dársela. Y a él no le ha dado tiempo a secuestrarme al próximo viaje del IMSERSO, como había prometido. Para colmo, el gangurrián me ha dejado el bolso lleno de trozos de romero que me trajo el otro día de su paseo por el campo… Me deja la memoria con contados recuerdos. Y aunque tengo miedo de que la imagen de su sonrisa desdentada, su palillo en la boca y sus ojos de chaval desaparezcan con el tiempo… sé que el tiempo que nos dimos nunca se podrá perder. Él hizo de los minutos que le di, algo grande. Y espero que lo sepa allí donde esté.

miércoles, 5 de enero de 2011

La Navidad

Las navidades son una tortura china para muchos de nosotros. Esa banda sonora del anuncio de El Almendro está diseñada específicamente para torturar psicológicamente a quienes no tenemos casa donde volver. O así lo sentimos. Los que tenemos familias  tocadas o hundidas bien lo sabemos. Y cuando llegan las fechas me toca gestionar esa sensación de ser un satélite sin planeta donde girar.

Yo en concreto, soy hija única de padres divorciados al levantar un palmo del suelo. Mi padre rehizo su vida. Mi madre la rehace cada dos por tres. Hasta mi abuelo tiene novia. Y yo voy dando tumbos de un sitio para otro en función de cómo sople el viento. Condenada por esa inestabilidad que mamé desde que comía potitos. Y en Navidad esa inestabilidad es la misma, con obligado protocolo y polvorones y mazapanes. Y sabiendo que los Reyes no existen.

Supongo que esa es la situación normal del ser humano. Estamos solos. Nacemos solos, morimos solos. Y todo lo demás son espejismos para intentar que esa realidad sea más llevadera.  La familia nos garantiza sobrevivir. Aunque sólo sea porque al principio somos muy monos y olemos bien. Nos enseñan a adaptarnos (mejor o peor) al mundo. E incluso luego nos avalan o nos vienen a buscar al calabozo si procede.

Pero no toda familia es esa que sale en los anuncios. Ni en las series de la Neox. En realidad casi ninguna. Y en Navidad esa disonancia cognitiva* se acentúa. Nos ensordecen con villancicos horteras, nos bombardean con luces paranormales, nos ciegan con envoltorios de regalo estridentes y nos avasallan con muestras de cariño familiar que, en mi caso, me dan más arcadas que una pota de risquetos. Y entonces, miramos nuestro salón, sin árbol, sin regalos, sin gente y el teléfono sin sonar y nos queremos morir del asco, sin saber porqué.

Chocar con lo que se espera de nosotros (y nuestras familias) es el día a día de esta cultura de “hagamos ver que somos felices”. Nos crían en un ir y venir de mensajes en los que ser guap@, exitos@, inteligente, sociable, hetero, cult@, casad@, con piso y con hij@s es la base de la integración. Si no, pobre de ti.

La Navidad es como una foto de familia en la que todos tienen que estar bien juntos y guapos y sonrientes y bien alimentados pero no gordos y con regalos preparados y me cago en la leche de cosas más por favor. Que si bajase el niño Jesús repartía ostias a diestro y siniestro preguntándonos qué cojones estamos haciendo.

Porque es que a mí me empiezan a temblar las piernas desde noviembre. Que ya se encarga el hilo musical del Mercadona y las luces de la calle de que no se te vaya a olvidar. Cualquiera se olvida. La madre que los parió. Y no digo más tacos que mañana vienen los Reyes Magos. Pero ahora que lo pienso a mí no me traen nada y sigo cagándome en la madre de todo lo que se menea en torno a la Navidad. Con fundamento. Y con perdón.

Mi conclusión y solución, que siempre lanzo a primeros de diciembre, es hacer un llamamiento a todos los ovnis cercanos a la Tierra, para que desde el 23 de diciembre al 7 de enero me abduzca alguno, por favor. Que pago gastos de manutención. Que no doy problemas. Que les canto villancicos y les llevo turrón si hace falta. Y que luego lo guardo en secreto. Que no llamaré a Iker Jiménez ni a Mulder y Scully. Sin shock postraumático ni nada. Lo prometo. Todo con tal de no volver a sufrir a Anne Igartiburu dando las uvas, las muñecas de Famosa, las burbujas de Freixenet, la capa de Ramón García, los intentos frustrados de que toque la lotería, el porompompero de Rafael, los niños con los petardos, la zambomba, las caras de falsa ilusión ante regalos horrendos, los disfraces de Papá Noel hasta en los que venden pañuelos en los semáforos, las sobras de comidas hasta febrero, los amigos invisibles, el Grinch y Vaya Santa Claus en TVE1, los corticoles (a no, que esto es en septiembre).


lunes, 6 de diciembre de 2010

Vivir dormidos

¿No tenéis momentos donde parece que despertéis de un sueño, sólo que en vez de dormidos, pasa despiertos? Yo sí. Y a veces creo que me voy a encontrar de repente a Leonardo di Caprio al lado enchufado por vena a un maletín, mientras suena “Rien de rien” de Edith Piaf. A los que no hayan visto Origen, les sonará raro. Pero creo que esto es una sensación bastante común.

Algunos filósofos defienden la idea de que el hombre en su día a día está profundamente dormido. Y así lo creo. Nos dejamos consumir por el hábito, por la normalidad de estar vivo, por la desidia de vivir por derecho. Y esa es la clave de mucha infelicidad.

Además de estar dormidos en vida, creo que esta vida forma parte de otro sueño que vivimos juntos, donde nuestra capacidad de acción es limitada y el arquitecto del sueño nos enseña  a aprender. Y ahí es donde incido.

Nos creemos dueños de nuestras vidas, como ese personaje de videojuego que no sabe dónde está. Habiendo nacido en ese sueño, nos dan cierto derecho a pensar que tenemos el control de lo que pasa alrededor. Y nos dan tanto tiempo para acostumbrarnos que, cuando de repente sentimos que todo esto es más grande/imprevisible de lo que podemos imaginar, nos entra el pánico. Para no sentir ese pánico, la gente a veces vive su vida como en piloto automático. Sin pensar demasiado, sin hacerse preguntas, ni valorar la oportunidad que se le ha otorgado vivir. O sin afrontar lo inevitable de enfrentarse a morir.

Pero la vida es así, ese es el reto. Viviendo en ese universo, tenemos el desafío de no creer que dictamos las reglas. Nacemos, vivimos y morimos en el videojuego. En este sueño. En este Gran Hermano. Me pregunto ahora si la luz blanca que uno ve cuando muere no serán los flashes de las cámaras que nos siguen hasta el plató de Mercedes Milá. Sólo que, el que irá vestido de diseños raros no será ella, sino Dios. Y ese Dios será un alter ego de nuestras conciencias disfrazado con un cuerpo adaptado a nuestros ídolos y preferencias. A mi Dios seguro que le ponen un disfraz de Punset, House o de Encantador de Perros (sí, el encantador de perros).

Pues eso, que tengo total fe de que estamos en una especie de realidad paralela. No me he comido ninguna seta, ni acabo de ver Cuarto Milenio, ni soy víctima de un poltergeist, ni soy fan de Matrix. Tampoco sé si esa fe se traduce en una exacta filosofía, religión o axioma científico.

Soy consciente de que vivimos en una superficie, donde pocos son los que se atreven a profundizar. Soy consciente de que vivimos en una necesidad de control constante, que nunca llega a funcionar. Consciente de que, a pesar de decidir muchas de las cosas que nos definen, sólo somos un personaje en esta historia. Un personaje que, cuando ve irse a otro personaje, putea al guionista. Personaje que, cree que vivirá en una única historia, con un único papel. Personaje que estudia incesante las influencias teatrales que rigen su existencia. Personaje que se carga el decorado (anti-desarrollo sostenible), se inventa los finales (cual Aramís Fuster), o no aguanta la insoportable levedad del ser y se tira al río con zapatos de cemento. Un personaje que no acepta la condición de personaje.

No sé si esto es un sueño dentro de un sueño. Pero a veces siento que me despierto. Sin tótem, ni Leo di Caprio. Me despierto cuando cierro los ojos y me sigo viendo. Cuando abro un libro, cuando creo, cuando pienso que pienso. Cuando apago telecinco. Cuando corro kilómetros. Cuando me equivoco. Cuando aprendo.

Me despierto cuando me alejo de mi personaje y me encuentro. Cuando me doy cuenta de que sueño. Cuando no me importa despertar. Cuando acepto la existencia. Cuando dejo ir lo que se va. Ahí es cuando despierto. Aunque luego me vuelva a acostar.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ex-istencia amistad hombre-mujer

No sé cómo empezar este tema porque tiene tela marinera. Sólo diré que me he inspirado al ver alguna foto de algunos de los que, hace no tanto, fueron mis amigos. Y ahora, simplemente, no los tengo cerca. Ni a sus (ahora) novias por cierto tampoco.

Yo era de las que sacaba uñas defendiendo que la amistad entre hombre y mujer existe. De hecho hace pocos años podía presumir de que el que fue mi primer novio era mi mejor amigo, mi segundo novio mi otro mejor amigo y algún otro que quiso ser mi novio y no lo fue, era mi amigo también. Eso, mi por entonces novio, no lo entendía. Pero ese era su problema. (Y quizá el de tantos otros...).

Decir que la amistad entre hombre y mujer no existe es decir que la amistad entre un israelí y un palestino tampoco. Es decir que un perro y un gato no se pueden llevar bien. Es decir que el café debe ir con leche. Es decir que una cerradura y una llave por cojones tienen que encajar. Y esto, me parece poco menos que triste.

Pero claro, decir que tal amistad no es posible, nos viene muy bien para apaciguar celos, tener controlado al otro, tenernos controlados a nosotros mismos y en definitiva evitar complicaciones. Porque sí, otra cosa no sé, pero la amistad entre hombre y mujer es un poquito más compleja de la cuenta. Más todavía si ha habido algo entre ellos.

Ser amiga de un amigo implica cosas. Implica no sólo que no podéis intercambiar ropa. Que veréis  diferente ciertas cuestiones de la vida. Implica que la gente os preguntará mil veces si tenéis algo. Implica que su novia te mirará con cara de poker algún día que otro. Implica que ciertos afectos deberán regularse un poco. Porque puede que, en un momento dado, se dé un clic y uno de los dos mire al otro diferente. Y eso sí que es cierto. A más cercanía, con según qué personas, más probabilidad de que haya un pequeño momento en el que pueda haber atracción del uno hacia al otro y/o viceversa.

Y es que, en el fondo, nadie está totalmente seguro de la amistad que se tiene con otra persona de sexo opuesto. Porque tú eres una cara de la moneda, y la otra puede o no tener el mismo concepto que tú sobre la misma relación. Esto no siempre es transparente. Porque a veces, ni uno mismo lo quiere ver. Y me refiero a saber lo que siente el otro, o lo que siente uno mismo.

Mirando atrás (y a las uñas que sacaba) creo que he pecado un poco de idealista. Porque la soledad con la que te topas, cuando esos amigos desaparecen, te lo muestra así. Esa ausencia te dice que algo de vuestra relación ha impedido que tal vínculo se mantuviese. Y, que justo ese algo aparezca cuando uno de los dos encuentra novio/a, da mucho que pensar.

Sobre mi caso, sólo diré que el que era mi mejor amigo desapareció del mapa cuando empecé una relación con un amigo común; el segundo ex y mejor amigo acudió a las faldas de su novia (tras alguna reincidencia conmigo) y el que por entonces era mi novio, desde que me dejó no he vuelto a saber si vive, respira o se ha cambiado de sexo. Sobre los que en su momento fueron (sólo) mis grandes amigos, y hoy los veo de lejos en el Caralibro… a veces, la verdad, me hago muchas preguntas.

Me pregunto si me quisieron del mismo modo que yo a ellos. Me pregunto si se cansaron de esperar algo más o simplemente dejamos de estar cerca. Me pregunto si estarán enfadados, dolidos o mirando a otro lado. Me pregunto si lo estarán justificadamente. Me pregunto si leen esto y se preguntan cosas.

Me pregunto si me echan de menos... Me pregunto si se preguntan lo mismo que yo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

¿Control de emociones?

Pocos saben que las emociones tienen cada una su función. Y digo pocos, que incluso yo psicóloga, a veces lo olvido mientras me sueno los mocos intentando reabsorber lágrimas y sacar entereza. Y es que a veces no la hay. Entereza digo. Y lo más importante, la mayoría de veces no debemos intentar buscarla.

El mundo nos educa en filosofías anti-emoción. Mejor dicho: en el control de las mismas. Aprendemos a negarlas (celosa ¿yo???), taponarlas (un dos tres cuatro cinco seis yo me calmaré todos lo veréis), transformarlas (Uy ¿cabrón? No nooo, he dicho Ramón), obviarlas (la la la…) e incluso racionalizarlas (no estoy en crisis, sólo es una desaceleración transitoria de mi estado de ánimo).

Las emociones es como si no estuviesen de moda. Y conceptos superenrollados como inteligencia emocional o coaching sumergen todavía más su valor. Parece que la emoción sea el anticristo de la autoeficacia y el cáncer de la autoestima. Que en la imagen del hombre/mujer del año nunca se ve a nadie haciendo pucheros, o tirándose de los pelos o de la peluca del de al lado.

Nos enseñan por ejemplo que hay que evitar la tristeza. A quién no le han dicho en pleno berrinche: “no llores, no llores...”. Nos crían en pro de la alegría, pero siempre mesurada (que hay que guardar las formas, nada de yiaaajas, yupis ni yupiyeis, con un “Estupendo” y sonrisa, basta). Nos aplacan el enfado casi con virtual camisa de fuerza: ¡Tranquilízate mujer! (y apretando los dientes decimos: que-se-tran-qui-li-ce-tu-pu-tta-ma-drrre). El asco también es algo muy poco fino (seguro que nadie ha visto escupir a Carmen Lomana). ¿El miedo? Eso es de mariquitas. Y la sorpresa evidentemente tampoco tiene nada de glamour, uno siempre tiene que aparentar que lo que viene ya lo sabía (o lo había leído en el Times, visto en la BBC o a lo sumo en documental de la dos).  

Aprendemos a huir de la emoción. Nos entrenamos duramente en el arte de su camuflaje. Y lo hacemos de un modo tan sutil y asumido que cuando queremos darnos cuenta somos como un avatar robótico de la esencia del ser humano.

Cuando queremos darnos cuenta nos cuesta trabajo distinguir la tristeza de un dolor de cabeza. Confundimos el miedo con el enfado, la sorpresa con la alegría y hacemos una macedonia emocional indigesta en todas las direcciones. Y ni siquiera llorando por dentro ante el espejo uno mismo es capaz de escucharse gritar.

Y es que la emoción es el arma de supervivencia más inteligente que la inteligencia misma. Nos permite adaptarnos a todo lo que el mundo trae. Nos da información esencial sobre donde direccionar el camino y nos atrevemos (¡álmas de cántaro!) a desear el lujo de no tener que sentirlas.

Pero es que las emociones son como el alfabeto de la verdadera felicidad. La tristeza nos permite la reintegración, la asimilación de la pérdida y la reorganización de nuestras vidas. El miedo nos da claves del peligro almacenadas como en GPS cerebral. La sorpresa permite orientarnos hacia lo nuevo. El asco nos protege de lo que necesitamos rechazar. La ira focaliza nuestra energía para defendernos de un daño. Y la alegría, evidentemente, nos empuja hacia lo que en esencia es imprescindible seguir buscando: sexo, comida, amor y logros.

No hay emoción negativa. Ni dañina, si se acepta tal cual. Si nos permitimos vivirla. Lo negativo de la emoción es la interpretación que le otorgamos. Vivir la emoción nos libera. Nos comunica con nosotros mismos. Nos pone en contacto con la realidad. La realidad de vivir la vida tal y como viene. La vida tal cual.

Aceptar la emoción es en esencia aceptar eso. Y esa es, muchas veces, la lucha que hay en la base de toda esta resistencia.

Porque aceptar lo incontenible de la emoción es en parte aceptar lo incontrolable de la existencia. Aceptar los acontecimientos que nos dan vida y nos la quitan. Aceptar que no elegimos. Que por muy racionales que seamos, seguimos siendo ante todo humanos. Que no hay explicaciones que cuadriculen lo incomprensible de nuestro mundo. Que simplemente existimos. Eso es vivir felices. Esa es la verdadera lucha. Y eso en esencia es el verdadero vivir.

sábado, 30 de octubre de 2010

Si no hubiese segundas oportunidades

Tengo una amiga muy inteligente (…bueno, varias). El caso es que, la más bella y profunda de ellas me sorprendió el otro día exponiendo lo siguiente:

Amiga bella -> "¿Y si no hubiese segundas oportunidades? ¿No nos esforzaríamos más? ¿No aprenderíamos más rápido? ¿No seríamos más felices? ¿No aprovecharíamos más la vida??"

Yo -> "Si no hubiese segundas oportunidades… Si no hubiese segundas oportunidades… Si no hubiese segundas oportunidades......"

Y de repente, un sin fin de hipótesis me abordaban el cerebro… como rebelándome ante el hecho de que la amiga más cerebralmente competente me estuviese defendiendo tal estupi-hipótesis. Y ante tal estupipótesis me rebelé con un sinfín de estupicontrahipótesis.

Si no hubiese segundas oportunidades. Si no hubiese segundas oportunidades viviríamos como encorsetados con una presión psicológica de la leche. Sería como un todo o nada. Yo me moriría de estrés y me saldría psoriasis hasta en el globo ocular. No habría espontaneidad ni creatividad. Todos iríamos a la apuesta segura. El mundo tendría por bandera un sinfín de eslóganes conservadores tipo “pan para hoy… cría cuervos… más vale pájaro en mano” y tal.

Si no hubiese segundas oportunidades no existirían los programas tipo Hermano mayor y Gran hermano vip. Las teleoperadoras de Orange se morirían de aburrimiento o de agobio impidiendo cambios infinitos de operador. La mayoría de mis amigos, delincuentes o drogadictos estarían fuera del juego. Los niños que salen en Supernanny quedarían a la mano de Dios. Tamara/Ambar/Yurena se habría quedado sin nombre a la primera de cambio.

Si no hubiera segundas oportunidades viviríamos en un elitismo mental donde no se respetarían los distintos ritmos de aprendizaje. Cada vez que hiciésemos algo nuevo sería como selectividad, hasta para aprender a atarnos los cordones. Si no diéramos segundas oportunidades no nos quedarían amigos, sólo nos quedarían los del Facebook. No existiría ni por asomo anatomía de Grey y hubiésemos lapidado a House en el minuto uno. Adiós también a las segundas partes de películas. Las series serían un sin fin de entrar y salir personajes, aunque adiós también al paro de actores. Las relaciones serían o estables o inexistentes. No existirían las reconciliaciones y por tanto adiós al sexo de reconciliación (Dios noooo). Creo que las ex pejigueras serían más pejigueras todavía. Todos viviríamos como con un post-it cerebral perenne diciendo ¿qué hubiera pasado si…? Seguro que no existiríamos la mayoría de nosotros. Lidia Lozano trabajaría en un Mercadona.

Si no hubiera segundas oportunidades sería como si todos los juegos terminasen nada más empezar. Como un cara o cruz. No podríamos afrontar los miedos. No nos dejarían saldar cuentas pendientes. No podría haber reinserción, ni podríamos plantearnos ni por asomo la reencarnación. Quizá no existirían los transplantes, sobre todo para los cirróticos. Los gordos o flacos y los calvos lo serían para siempre. No existirían ni el Gym Body 8, ni el Biomanán, ni los crecepelos tampoco. Ni siquiera el Just for men. Ahora que lo pienso tampoco existirían las tetas de plástico. Adiós a la cirugía en general. Dios ¿cómo sería entonces Cher?? Michael Jackson a lo mejor no habría muerto. Adiós por cierto también a Nip Tuck. Kate Moss también iría a echar currículum al Mercadona.

Si no hubiera segundas oportunidades quizá en nuestros errores no tendríamos tanto cargo de conciencia. No habría riesgo de tropezar con la misma piedra. Todas serían distintas y el camino sería más recto. Quizá los golpes no fuesen repetidos en el mismo sitio. Quizá no lloviese sobre mojado. Pero si no hubiese segundas oportunidades… se perdería la esencia del esfuerzo. Porque las segundas oportunidades permiten que, en la libertad de elegir no volver a equivocarse, esté el verdadero valor de la acción.

viernes, 29 de octubre de 2010

¿...y por qué mi blog?

El otro día me preguntaron sobre el sentido de mi blog. Y me pillaron un poco vulgarmente dicho en bragas. Supongo que cuando uno hace un blog debería tener clara la intencionalidad de sus escritos, los valores a transmitir, el público al que se dirige, bla bla bla bla bla bla. Me puse a reflexionar entonces sobre la adecuación o no de palabras como bragas, joderes, pedos, etc. Me puse a analizar entonces la necesidad o no de hablar de mi vida tal cual así la vivo. Me planteé muchos capítulos que, dependiendo de quien los lea…. Pues me daría más o menos repelús. Reflexioné sobre si estas páginas reflejan mi valía profesional, mi cv, mi cociente intelectual,…  Y luego también valoré si de aquí se desprende mi calidad humana, mis actitudes, mis yoquesécuantascosas más.

Unos cuantos minutos u horas o días después… dije: al carajo.

Esto es una ventana a mi mundo interno. Esto es un cajón abierto a muchas páginas que quizá mañana queden muertas si me atropella un autobús. Esto es mucho más que un fondo de caramelos con experiencias sembradas de palabras poco glamurosas. Es mi forma de ver y transformar el mundo. Es mi desagüe de expresión. Es mi impulso a la reflexión, a la conciencia sobre el porqué de las cosas. Es un empujón hacia el lado positivo de la vida. Es realismo y surrealismo jugando a expresar lo mismo. Es un lápiz de creatividad capaz de reescribir todo lo que nos llega, nos duele o nos hace reir… Un lápiz al que saco punta cada vez que me siento ante el portátil. Tal cual. Sin miedo. Y sin goma de borrar.

De pequeña me encantaban las manualidades. Y he aquí una más. Hecha de transparencia y  espontaneidad que quien me conoce, reconoce. Barnizada con sentido del humor, evitando que el dibujo se pierda. Tengo una cartulina que sustenta todo, que se llama necesidad incombustible de análisis. Y una barra de pegamento que siempre llevo en mano para luchar contra el sufrimiento de uno mismo y de los demás. Los trozos de cosas que vivo, que aprendo y que cada día llenan mi cerebro de interrogaciones también llenan lo que dejo aquí. Y la herramienta base de la Psicología es mi mesa de trabajo. Lo demás que escondo (como persona y profesional) se queda mucha mucha distancia por delante o detrás de mis palabras.

Este es mi pequeño collage. Mi ventana donde gritar sin miedo a que miren los vecinos. Mi dibujo del mundo. Y el resto de palomitas que encuentro a veces en el bolso. Que os llegue, os las comáis o no, creo que ya… es cosa vuestra.