No sé cómo empezar este tema porque tiene tela marinera. Sólo diré que me he inspirado al ver alguna foto de algunos de los que, hace no tanto, fueron mis amigos. Y ahora, simplemente, no los tengo cerca. Ni a sus (ahora) novias por cierto tampoco.
Yo era de las que sacaba uñas defendiendo que la amistad entre hombre y mujer existe. De hecho hace pocos años podía presumir de que el que fue mi primer novio era mi mejor amigo, mi segundo novio mi otro mejor amigo y algún otro que quiso ser mi novio y no lo fue, era mi amigo también. Eso, mi por entonces novio, no lo entendía. Pero ese era su problema. (Y quizá el de tantos otros...).
Decir que la amistad entre hombre y mujer no existe es decir que la amistad entre un israelí y un palestino tampoco. Es decir que un perro y un gato no se pueden llevar bien. Es decir que el café debe ir con leche. Es decir que una cerradura y una llave por cojones tienen que encajar. Y esto, me parece poco menos que triste.
Pero claro, decir que tal amistad no es posible, nos viene muy bien para apaciguar celos, tener controlado al otro, tenernos controlados a nosotros mismos y en definitiva evitar complicaciones. Porque sí, otra cosa no sé, pero la amistad entre hombre y mujer es un poquito más compleja de la cuenta. Más todavía si ha habido algo entre ellos.
Ser amiga de un amigo implica cosas. Implica no sólo que no podéis intercambiar ropa. Que veréis diferente ciertas cuestiones de la vida. Implica que la gente os preguntará mil veces si tenéis algo. Implica que su novia te mirará con cara de poker algún día que otro. Implica que ciertos afectos deberán regularse un poco. Porque puede que, en un momento dado, se dé un clic y uno de los dos mire al otro diferente. Y eso sí que es cierto. A más cercanía, con según qué personas, más probabilidad de que haya un pequeño momento en el que pueda haber atracción del uno hacia al otro y/o viceversa.
Y es que, en el fondo, nadie está totalmente seguro de la amistad que se tiene con otra persona de sexo opuesto. Porque tú eres una cara de la moneda, y la otra puede o no tener el mismo concepto que tú sobre la misma relación. Esto no siempre es transparente. Porque a veces, ni uno mismo lo quiere ver. Y me refiero a saber lo que siente el otro, o lo que siente uno mismo.
Mirando atrás (y a las uñas que sacaba) creo que he pecado un poco de idealista. Porque la soledad con la que te topas, cuando esos amigos desaparecen, te lo muestra así. Esa ausencia te dice que algo de vuestra relación ha impedido que tal vínculo se mantuviese. Y, que justo ese algo aparezca cuando uno de los dos encuentra novio/a, da mucho que pensar.
Sobre mi caso, sólo diré que el que era mi mejor amigo desapareció del mapa cuando empecé una relación con un amigo común; el segundo ex y mejor amigo acudió a las faldas de su novia (tras alguna reincidencia conmigo) y el que por entonces era mi novio, desde que me dejó no he vuelto a saber si vive, respira o se ha cambiado de sexo. Sobre los que en su momento fueron (sólo) mis grandes amigos, y hoy los veo de lejos en el Caralibro… a veces, la verdad, me hago muchas preguntas.
Me pregunto si me quisieron del mismo modo que yo a ellos. Me pregunto si se cansaron de esperar algo más o simplemente dejamos de estar cerca. Me pregunto si estarán enfadados, dolidos o mirando a otro lado. Me pregunto si lo estarán justificadamente. Me pregunto si leen esto y se preguntan cosas.
Me pregunto si me echan de menos... Me pregunto si se preguntan lo mismo que yo.
domingo, 28 de noviembre de 2010
sábado, 20 de noviembre de 2010
¿Control de emociones?
Pocos saben que las emociones tienen cada una su función. Y digo pocos, que incluso yo psicóloga, a veces lo olvido mientras me sueno los mocos intentando reabsorber lágrimas y sacar entereza. Y es que a veces no la hay. Entereza digo. Y lo más importante, la mayoría de veces no debemos intentar buscarla.
El mundo nos educa en filosofías anti-emoción. Mejor dicho: en el control de las mismas. Aprendemos a negarlas (celosa ¿yo???), taponarlas (un dos tres cuatro cinco seis yo me calmaré todos lo veréis), transformarlas (Uy ¿cabrón? No nooo, he dicho Ramón), obviarlas (la la la…) e incluso racionalizarlas (no estoy en crisis, sólo es una desaceleración transitoria de mi estado de ánimo).
Las emociones es como si no estuviesen de moda. Y conceptos superenrollados como inteligencia emocional o coaching sumergen todavía más su valor. Parece que la emoción sea el anticristo de la autoeficacia y el cáncer de la autoestima. Que en la imagen del hombre/mujer del año nunca se ve a nadie haciendo pucheros, o tirándose de los pelos o de la peluca del de al lado.
Nos enseñan por ejemplo que hay que evitar la tristeza. A quién no le han dicho en pleno berrinche: “no llores, no llores...”. Nos crían en pro de la alegría, pero siempre mesurada (que hay que guardar las formas, nada de yiaaajas, yupis ni yupiyeis, con un “Estupendo” y sonrisa, basta). Nos aplacan el enfado casi con virtual camisa de fuerza: ¡Tranquilízate mujer! (y apretando los dientes decimos: que-se-tran-qui-li-ce-tu-pu-tta-ma-drrre). El asco también es algo muy poco fino (seguro que nadie ha visto escupir a Carmen Lomana). ¿El miedo? Eso es de mariquitas. Y la sorpresa evidentemente tampoco tiene nada de glamour, uno siempre tiene que aparentar que lo que viene ya lo sabía (o lo había leído en el Times, visto en la BBC o a lo sumo en documental de la dos).
Aprendemos a huir de la emoción. Nos entrenamos duramente en el arte de su camuflaje. Y lo hacemos de un modo tan sutil y asumido que cuando queremos darnos cuenta somos como un avatar robótico de la esencia del ser humano.
Cuando queremos darnos cuenta nos cuesta trabajo distinguir la tristeza de un dolor de cabeza. Confundimos el miedo con el enfado, la sorpresa con la alegría y hacemos una macedonia emocional indigesta en todas las direcciones. Y ni siquiera llorando por dentro ante el espejo uno mismo es capaz de escucharse gritar.
Y es que la emoción es el arma de supervivencia más inteligente que la inteligencia misma. Nos permite adaptarnos a todo lo que el mundo trae. Nos da información esencial sobre donde direccionar el camino y nos atrevemos (¡álmas de cántaro!) a desear el lujo de no tener que sentirlas.
Pero es que las emociones son como el alfabeto de la verdadera felicidad. La tristeza nos permite la reintegración, la asimilación de la pérdida y la reorganización de nuestras vidas. El miedo nos da claves del peligro almacenadas como en GPS cerebral. La sorpresa permite orientarnos hacia lo nuevo. El asco nos protege de lo que necesitamos rechazar. La ira focaliza nuestra energía para defendernos de un daño. Y la alegría, evidentemente, nos empuja hacia lo que en esencia es imprescindible seguir buscando: sexo, comida, amor y logros.
No hay emoción negativa. Ni dañina, si se acepta tal cual. Si nos permitimos vivirla. Lo negativo de la emoción es la interpretación que le otorgamos. Vivir la emoción nos libera. Nos comunica con nosotros mismos. Nos pone en contacto con la realidad. La realidad de vivir la vida tal y como viene. La vida tal cual.
Aceptar la emoción es en esencia aceptar eso. Y esa es, muchas veces, la lucha que hay en la base de toda esta resistencia.
Porque aceptar lo incontenible de la emoción es en parte aceptar lo incontrolable de la existencia. Aceptar los acontecimientos que nos dan vida y nos la quitan. Aceptar que no elegimos. Que por muy racionales que seamos, seguimos siendo ante todo humanos. Que no hay explicaciones que cuadriculen lo incomprensible de nuestro mundo. Que simplemente existimos. Eso es vivir felices. Esa es la verdadera lucha. Y eso en esencia es el verdadero vivir.
El mundo nos educa en filosofías anti-emoción. Mejor dicho: en el control de las mismas. Aprendemos a negarlas (celosa ¿yo???), taponarlas (un dos tres cuatro cinco seis yo me calmaré todos lo veréis), transformarlas (Uy ¿cabrón? No nooo, he dicho Ramón), obviarlas (la la la…) e incluso racionalizarlas (no estoy en crisis, sólo es una desaceleración transitoria de mi estado de ánimo).
Las emociones es como si no estuviesen de moda. Y conceptos superenrollados como inteligencia emocional o coaching sumergen todavía más su valor. Parece que la emoción sea el anticristo de la autoeficacia y el cáncer de la autoestima. Que en la imagen del hombre/mujer del año nunca se ve a nadie haciendo pucheros, o tirándose de los pelos o de la peluca del de al lado.
Nos enseñan por ejemplo que hay que evitar la tristeza. A quién no le han dicho en pleno berrinche: “no llores, no llores...”. Nos crían en pro de la alegría, pero siempre mesurada (que hay que guardar las formas, nada de yiaaajas, yupis ni yupiyeis, con un “Estupendo” y sonrisa, basta). Nos aplacan el enfado casi con virtual camisa de fuerza: ¡Tranquilízate mujer! (y apretando los dientes decimos: que-se-tran-qui-li-ce-tu-pu-tta-ma-drrre). El asco también es algo muy poco fino (seguro que nadie ha visto escupir a Carmen Lomana). ¿El miedo? Eso es de mariquitas. Y la sorpresa evidentemente tampoco tiene nada de glamour, uno siempre tiene que aparentar que lo que viene ya lo sabía (o lo había leído en el Times, visto en la BBC o a lo sumo en documental de la dos).
Aprendemos a huir de la emoción. Nos entrenamos duramente en el arte de su camuflaje. Y lo hacemos de un modo tan sutil y asumido que cuando queremos darnos cuenta somos como un avatar robótico de la esencia del ser humano.
Cuando queremos darnos cuenta nos cuesta trabajo distinguir la tristeza de un dolor de cabeza. Confundimos el miedo con el enfado, la sorpresa con la alegría y hacemos una macedonia emocional indigesta en todas las direcciones. Y ni siquiera llorando por dentro ante el espejo uno mismo es capaz de escucharse gritar.
Y es que la emoción es el arma de supervivencia más inteligente que la inteligencia misma. Nos permite adaptarnos a todo lo que el mundo trae. Nos da información esencial sobre donde direccionar el camino y nos atrevemos (¡álmas de cántaro!) a desear el lujo de no tener que sentirlas.
Pero es que las emociones son como el alfabeto de la verdadera felicidad. La tristeza nos permite la reintegración, la asimilación de la pérdida y la reorganización de nuestras vidas. El miedo nos da claves del peligro almacenadas como en GPS cerebral. La sorpresa permite orientarnos hacia lo nuevo. El asco nos protege de lo que necesitamos rechazar. La ira focaliza nuestra energía para defendernos de un daño. Y la alegría, evidentemente, nos empuja hacia lo que en esencia es imprescindible seguir buscando: sexo, comida, amor y logros.
No hay emoción negativa. Ni dañina, si se acepta tal cual. Si nos permitimos vivirla. Lo negativo de la emoción es la interpretación que le otorgamos. Vivir la emoción nos libera. Nos comunica con nosotros mismos. Nos pone en contacto con la realidad. La realidad de vivir la vida tal y como viene. La vida tal cual.
Aceptar la emoción es en esencia aceptar eso. Y esa es, muchas veces, la lucha que hay en la base de toda esta resistencia.
Porque aceptar lo incontenible de la emoción es en parte aceptar lo incontrolable de la existencia. Aceptar los acontecimientos que nos dan vida y nos la quitan. Aceptar que no elegimos. Que por muy racionales que seamos, seguimos siendo ante todo humanos. Que no hay explicaciones que cuadriculen lo incomprensible de nuestro mundo. Que simplemente existimos. Eso es vivir felices. Esa es la verdadera lucha. Y eso en esencia es el verdadero vivir.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)