Mientras espero en un banco a una amiga en pleno centro, me doy cuenta de que estamos en la estupenda semana del estupendo Festival de Cine de Málaga. Tachán. Y no ha sido porque me haya encontrado a Hugo Silva, a la hija de Marisol o al nuevo vocalista de los 'Khaggcres weikin sky on the floor" caminando sobre el mismo suelo. Más quisiera yo, que viniese aunque sea Rossi de Palma a sonarse un moco a mi lado con tal de haber evitado esa submunda realidad en la que me he visto metida en esta estupenda tarde de este estupendo festival.
Iba yo semitrotando sobre la acera, con unos leotardos manchados de restos de Licor del Polo, pelo suelto sin peinar desde ayer y un pañuelito de perretes raros que parecen alimentados en Bosnia Herzegovina. Iba mona, a la par que sencilla, a la par que en modo "odio vestirme de profesional cuando soy igual de profesional cuando voy en pijama". Total, que iba caminando por la calle, sumida en mi normalidad estética y actitudinal... cuando de repente veo llegar a una manada de adolescentes con el pelo como sacado de un anuncio de Pantenne pro V, las medias con brillo nivel piernas de Aída Nízar y maquillaje para disfrazar en Halloween a 6 camellos.
Buscando coherencia he sacado el reloj (por si he cambiado la hora mal), las he mirado mejor por si eran las Pussycats dolls o algún grupo estrella del Pop a punto de dar un concierto, las he vuelto a examinar como buscando una razón coherente por las que quince quinceañeras fuesen dando tal espectáculo una tarde cualquiera por las calles de Málaga... y, abrumada por la cantidad de "o sea´s" en su vocabulario, obnubilada por el brillo de joyas en proyectos de pechos que ya casidoblan los míos, colapsada por profundas teorías sobre la clave del atractivo de Mario Casas... he dicho: ay coño, que es el Festival.
Confirmando tal hallazgo, he encontrado en mi campo visual varios ejemplos del género de los llamados MCCQIDQTLAAF"Modernos Con Chapitas Que Informan De Que Tienen Libre Acceso Al Festival". Identificaciones que llevan para hacer la compra en el Supersol, para ir al wc, para pasear por las calles, los boulevares, las avenidas, para sacar al perro, echar gasolina, para barrer su patio, para ir a visitar a su abuela a la residencia, para poner lavadoras, para tenderlas, para comer pipas, caramelos, espaguetis, lacitos. Para todo. Para todo. No sea que haya un habitante a 87 kilómetros a la redonda que no se haya enterado de dónde cojones trabaja. Hombre: coño, que es el Festival.
Así que nada, con mis leotardos manchados, mis uñas con lo que un día fue esmalte, mi pañuelo estampado de perretes desnutridos, el pelo desestructurado y mi cara de: coño, que es el Festival, me he ido alejando de esa curiosa escena. Con mi sensación de pseudo homeless, sin chapita identificativa, sin maquillaje, sin estilo ni tacón suficiente y sin cultura televisiva para distinguir a un actor del Internado de otro de Pasión de Gavilanes, he huído de la marabunta de gente guay que rodeaba mi microsistema. Dejando atrás conversaciones estupendas, denso olor a Amour Amour de Cacharel y cierta incertidumbre de no saber si tras la esquina hay algún actor que le diese sentido a toda esa escena... he visto a mi amiga y le he dicho: Sofi, pordiosbendito, sácame de aquí, coño, que es el Festival.
miércoles, 30 de marzo de 2011
martes, 8 de marzo de 2011
Palabras que me sostienen
Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un letargo en el que yacía mucho antes de dormirse. Se despertó entre letras y significados que tenían una forma simétrica, con una textura firme pero flexible a la vez. La extraña caligrafía de las palabras componía un trazo de líneas paralelas, unidas por puntos, compuestas de subpuntos… cuya distancia tendía al lado opuesto del infinito.
Miró a su alrededor. Las palabras eran blancas sobre un fondo negro. Un fondo como el vacío o como el fondo del mar. De pronto tuvo miedo. Esa composición simétrica tejida cerca de ella desprendía un brillo luminoso y roto. Como el que refleja un cuchillo que se agita a lo lejos. Siguió leyendo. La curiosidad tiraba de ella recorriendo esas líneas blancas, paralelas, afiladas, donde por un segundo en ciertas esquinas veía su cara, fruto de espejismos, o de espejos quizás. Cerró los ojos un momento. Y su alrededor cobró forma. Era una tela de araña. Cuando quiso darse cuenta, un extraño sueño la devolvió a un lugar donde el tiempo dejó de pasar.
Se durmió leyendo sobre un trozo de metal y amaneció con una carta en la mano. Las palabras la despertaron de un lugar donde el tic tac de su reloj no se escuchaba. Sólo se escuchaba el mar. Los destellos que la alcanzaban eran reflejo de las olas. Estaba tendida en una superficie tejida de letras y significados con forma simétrica, textura firme y flexible a la vez. Reconoció la caligrafía.
Miró a su alrededor. El miedo se había ahogado en el fondo del vacío que ahora sentía lejano, a muchos metros por debajo del papel que le permitía flotar. La movió el ronroneo de la marea. Siguió leyendo. Con un sentimiento familiar extraño, reconocía los significados que la envolvían. Cerró los ojos y se vio. Un barco de papel la sostenía. Sobre él, ella: un dibujo. Un dibujo hecho de esos colores que solía ver cuando empezaba a soñar.
El tiempo volvió a pararse.
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