No puedo evitar sentir como el que está luchando en Vietnam
(aunque yo nunca he luchado en Vietnam) al ver cómo, una a una, todas las tetas
pequeñas que conozco van desapareciendo a mi alrededor. Pobres tetas pequeñas,
me digo yo, que terminan en los álbumes de fotos que se hacían sin filtro,
escondidas junto a las plataformas y cintas de cassette, borradas de
Facebook (si no había un jersey gordo que las disimulase) o metidas a la
papelera de reciclaje junto a las películas que ya has visto y las fotos porno
que te da vergüenza tener.
Pobres tetas, me repito. Pobre de lo pequeño que pierde
gracia. Pobre de todo aquello que se ve pisoteado por las modas, los trendic
topic, por lo mainstream (que todavía no sé lo exactamente ni lo que es). Pobres
de los sujetadores talla 80 que se quedan en el bidón de Madre Coraje esperando
ser cogidos con pena o encontrando otras tetas pequeñas que les den un futuro
mejor.
Y es que no puedo evitar sentirme como la que está en un
colegio de chicas (aunque yo nunca he ido a un colegio de chicas) y ve a sus
amigas cantando la última de las Spice Girls, y ella ni quiere cantar ni quiere
escuchar a las Spice Girls porque piensa que las Spice Girls son muy ridículas
y muy putas y en el fondo sus compañeras de clase lo son mucho también y se queda en
el recreo sola escribiendo en un cuaderno sobre la falta de valores
adolescentes en los colegios de pago al final de la EGB.
Así que me da como pena sentir que, cuando llega el verano, cada
vez más de mis amigas parecen azafatas de Valerio Lazarov. No puedo evitar
buscar a mi amiga detrás de esa mamachicho, queriendo gritarle a sus tetas ¡devuélveme a mi amiga!, mientras bajo el sol las miro y me pierdo en el
vacío absoluto con el que me comía el bocadillo en el recreo y pensaba que,
en el fondo, no ser guay era más guay que serlo. Me ensimismo en el (ahora) canalillo
de lo que antes veía como unas tetas personales y en la actualidad observo como dos bolas
con las que gastar botes de aceite Johnsons y rellenar los modelos del Bershka.
Y me pregunto: ¿dónde quedó el inconformismo? ¿dónde la seguridad en ti misma? ¿dónde
la resistencia a los valores superficiales? ¿dónde? ¿dónde?? EH???
Y yo en el fondo me siento mal. Me siento fatal. Y no porque
tenga las tetas pequeñas y mi único recurso para tener canalillo sea abrazarme
fuerte juntando los codos. Porque A VER, hostia, arriba la libertad de
expresión, de operación y de “quiérete mucho a ti mismo delaformaquetesalgadeloscojoneshacer", ¿no? Que quien no quiera cambiar su cuerpo que tire la primera faja. Que juzgar es más feo que las tetas pequeñas (y que las tetas
grandes también).
Pero la realidad es triste. Las tetas pequeñas desaparecen al
mismo ritmo que desaparecen los valores reales que van más allá del postureo,
el gafapastismo, o el feminismo de palo. Porque de la misma forma que detrás de
una camiseta de Stop Desahucios hay alguien que se supone que defiende esa causa, detrás de unas tetas de plástico
hay otra distinta reivindicación.
Quizá aceptar la diferencia en un mundo en el que todos
queremos ser guapos, sea un gesto de excesiva hipocresía. Quizá en el fondo yo
de adolescente también quería ser Mel C y cantaba el wannabe.
Quizá solo esté decepcionada con cómo gira el mundo. Quizá los verdaderos
complejos insolventables los tenga yo. Evidentemente cruzo los dedos, los brazos y codos
y, con mi falso canalillo, rezo por seguir siendo fuerte y defender la forma menos fácil de combatirlos.
Pero, EH: mujeres del mundo con tetas pequeñas, no os rindáis. O al final me tendré que operar también yo.