miércoles, 24 de abril de 2013

El fin de las tetas pequeñas



No puedo evitar sentir como el que está luchando en Vietnam (aunque yo nunca he luchado en Vietnam) al ver cómo, una a una, todas las tetas pequeñas que conozco van desapareciendo a mi alrededor. Pobres tetas pequeñas, me digo yo, que terminan en los álbumes de fotos que se hacían sin filtro, escondidas junto a las plataformas y cintas de cassette, borradas de Facebook (si no había un jersey gordo que las disimulase) o metidas a la papelera de reciclaje junto a las películas que ya has visto y las fotos porno que te da vergüenza tener.

Pobres tetas, me repito. Pobre de lo pequeño que pierde gracia. Pobre de todo aquello que se ve pisoteado por las modas, los trendic topic, por lo mainstream (que todavía no sé lo exactamente ni lo que es). Pobres de los sujetadores talla 80 que se quedan en el bidón de Madre Coraje esperando ser cogidos con pena o encontrando otras tetas pequeñas que les den un futuro mejor.

Y es que no puedo evitar sentirme como la que está en un colegio de chicas (aunque yo nunca he ido a un colegio de chicas) y ve a sus amigas cantando la última de las Spice Girls, y ella ni quiere cantar ni quiere escuchar a las Spice Girls porque piensa que las Spice Girls son muy ridículas y muy putas y en el fondo sus compañeras de clase lo son mucho también y se queda en el recreo sola escribiendo en un cuaderno sobre la falta de valores adolescentes en los colegios de pago al final de la EGB.

Así que me da como pena sentir que, cuando llega el verano, cada vez más de mis amigas parecen azafatas de Valerio Lazarov. No puedo evitar buscar a mi amiga detrás de esa mamachicho, queriendo gritarle a sus tetas ¡devuélveme a mi amiga!, mientras bajo el sol las miro y me pierdo en el vacío absoluto con el que me comía el bocadillo en el recreo y pensaba que, en el fondo, no ser guay era más guay que serlo. Me ensimismo en el (ahora) canalillo de lo que antes veía como unas tetas personales y en la actualidad observo como dos bolas con las que gastar botes de aceite Johnsons y rellenar los modelos del Bershka. Y me pregunto: ¿dónde quedó el inconformismo? ¿dónde la seguridad en ti misma? ¿dónde la resistencia a los valores superficiales? ¿dónde? ¿dónde?? EH???

Y yo en el fondo me siento mal. Me siento fatal. Y no porque tenga las tetas pequeñas y mi único recurso para tener canalillo sea abrazarme fuerte juntando los codos. Porque A VER, hostia, arriba la libertad de expresión, de operación y de “quiérete mucho a ti mismo delaformaquetesalgadeloscojoneshacer", ¿no? Que quien no quiera cambiar su cuerpo que tire la primera faja. Que juzgar es más feo que las tetas pequeñas (y que las tetas grandes también).

Pero la realidad es triste. Las tetas pequeñas desaparecen al mismo ritmo que desaparecen los valores reales que van más allá del postureo, el gafapastismo, o el feminismo de palo. Porque de la misma forma que detrás de una camiseta de Stop Desahucios hay alguien que se supone que defiende  esa causa, detrás de unas tetas de plástico hay otra distinta reivindicación.

Quizá aceptar la diferencia en un mundo en el que todos queremos ser guapos, sea un gesto de excesiva hipocresía. Quizá en el fondo yo de adolescente también quería ser Mel C y cantaba el wannabe. Quizá solo esté decepcionada con cómo gira el mundo. Quizá los verdaderos complejos insolventables los tenga yo. Evidentemente cruzo los dedos, los brazos y codos y, con mi falso canalillo, rezo por seguir siendo fuerte y defender la forma menos fácil de combatirlos.

Pero, EH: mujeres del mundo con tetas pequeñas, no os rindáis. O al final me tendré que operar también yo.

lunes, 22 de abril de 2013

Sobrevivir a la vida



Sobrevivimos nuestro parto, a infancias con aparato y motes de colegio. Sobrevivimos a comer lentejas, a vestir ropa color rosa, a los gritos de mamá. Sobrevivimos a las enfermedades de los otros, a las hombreras y medias de rejilla, a la muerte de nuestra amiga, a que se rompa el router. Sobrevivimos a Jesulín cantando, al divorcio de nuestros padres, a la ruta del bacalao. Sobrevivimos al final de Lost, al 11 M, al 11 S, a los maridos que nos pegan, a Jorge Bucay. Sobrevivimos a Gran Hermano 13, a Splash a Se llama Copla. Sobrevivimos a las albóndigas de Ikea. Sobrevivimos a la puta vida. Y a lo que más nos cuesta sobrevivir es a convivir con nosotros mismos. Porque decidme si el peor atentado no es nuestra puta mente. Esa mala forma de pensar las cosas, que nos hace olvidar que la vida es eso de sobrevivir a todo lo realmente terrorífico que vamos evitando en el camino.

Vivir no es más que evitar la muerte. Esquivarla como te dejen y puedas, mientras dices Ola ke ase a lo que vas encontrando por ahí. Pero nos dictan aquello del sentido de la vida desde que comemos con Espinete, como si todo lo que nos queda por recorrer tuviese un verdadero objetivo. Un porqué. Un para qué. Y yo me pregunto mientras como galletas si el único objetivo es solo sobrevivir. Superar el medio. Porque el fin es superar los medios. Y lo jodido es que esos medios a veces nunca justifican el fin.

Porque dime tú a mí, en según qué casos, si está justificado todo este devenir vital, todo ese pagar hipotecas, ponerte a dieta, saberte los ríos de España, opositar, trabajar, dejar de trabajar, buscar trabajo, actualizar Facebook, seguir buscando trabajo, volver a estudiar, declarar a Hacienda, amar, putear a Bárcenas, desenamorarte, putear a Urdangarín, tener hijos, tener cáncer, tener miedo, tener depresión, estar hasta los cojones, querer tirarte por la ventana, no hacerlo, ver cómo se tiran otros, ver cómo los tiran otros, ver que otros mueren, ver cómo otros viven, sentirte muerto, preguntarte el sentido de la vida, comer galletas… y mientras tanto, por momentos, solo en algunos momentos, tener la sensación de que a veces eres feliz. Y luego decir: no, espera no, feliz no era, me he equivocao.

Que eso, que me pregunto si todo esto de la vida realmente tiene sentido, porque yo lo busco, lo pregunto, lo pido, lo intento hasta comprar. Miro en los bolsillos, en la mirada de un perro, en las bolsas de plástico que se mueven con el viento como en American Beauty, en American Beauty, en el resto de películas, en el amor, en correr, en el sexo, en las drogas, en Leonard Cohen, en las bolsas de pipas, en la nevera, en el tarot, en la India, en alguna aplicación del iPhone, en las fotos de mi comunión. Como un ratón en un laberinto, como un niño en a una gymkhana, y no encuentro el sentido. No.

A veces rezo. A veces rezo para recordarme que quizá cuando nos muramos encontremos una fiesta sorpresa al final del túnel, con Dios y toda la peña muerta, con Elvis y Kenny G bailando suave suave su su suave,  y ya allí nos lo explican todo. Y entonces nos reiremos. Y nos darán palmadas en la espalda mientras decimos: “Ahh, coño, eso era”. A veces pienso eso. Luego termino de rezar y veo que todo sigue igual, y que no me he muerto, no ha venido Dios a verme ni nada. Y que no queda otra que seguir vivo por aquello de que morirse sin venir a cuento no está bien visto y tal. Que la vida es esa fiesta a la que tienes que ir por cojones y si no bailas te jodes, y si te vas a la francesa terminas manchando todo de sangre y quedas muy mal. Y digo: pues qué putada todo, voy a por otra galleta.