El mundo se divide entre los A. cobardes, los B. supercobardes, los C. caguicas y los D. acojonados. Así es. Bueno, no vamos a ser tan simplistas, reconozcamos que existen puntualizaciones. Por ejemplo, entre el subgrupo de los cobardes, estamos los A.1: cobardes que disimulan serlo, los A.2: cobardes que aparentan precaución y los A.3: cobardes con justificación. Las subcategorías relativas al subtipo de explicación que pueden dar a su cobardía ya daría para un sinfín de A.subtreses que nos sumergiría en un maremagnum de causas que a todos nos suenan. Y es que el miedo es el peor cáncer de las capacidades del ser humano. Donde a todos nos salen metástasis en cada nuevo reto que afrontamos, en cada arruga que encontramos, cada escalón que nos tropezamos, en cada ex que nos cruzamos, o cada moco que nos sacamos.
Quizá el mayor miedo que le guardamos a la vida consiste en el propio vivir. Nos da miedo alejarnos de lo que nos da seguridad, desde que levantamos dos palmos del suelo. Tenemos un tembleque de piernas programado neuronalmente para que no se nos ocurra hacer tonterías que pongan en riesgo nuestra integridad (física, psicológica, emocional…). Pero es que esa integridad, muchas veces, sólo se conserva metiéndote en una urna de cristal donde tu vida a veces se convierte en el día a día monótono que tiene un pájaro enjaulado. Donde decir pío es lo más emocionante que uno puede hacer.
Tenemos miedo a vivir. A sentir. A pensar. A crecer. Miedo al cambio. Miedo a todo lo que suponga esfuerzo. Porque somos animalillos. Que nos quitan la correa y nos desorientamos. Sin saber si nos dejamos acariciar porque nos pica el lomo o necesitamos cariño, si enseñamos los dientes porque viene un perraco con mala pinta por la esquina o porque acabamos de estrenar el cepilllo eléctrico Oral B.
El peor de los miedos, sin duda alguna, es el miedo a intentar ser lo mejor que podemos ser. El miedo al esfuerzo por uno mismo. El miedo a levantar la cabeza y ver algo más allá. El miedo a aprender. El miedo a saber. El miedo a saber y querer saber más. Y este miedo se nutre de un sinfín de interruptores que ponen en OFF la capacidad de razonamiento humano. Porque desconectar la mente es el mejor anestésico contra el dolor que produce asomarse a la realidad. Y la realidad es que la vida pasa una vez y cada letra que lees eres un segundo más viejo. Una palabra más que te acerca al momento de tu muerte, o la de tu madre, la de tus piernas o tu razón. Una línea menos que te separa del punto en que ya no puedes o no quieres hacer más.
Y tu vida pasa y dejas que Telecinco se coma el tiempo que no te sirve de nada. Ese tiempo que transforma los músculos que hoy te permiten cosas, en dolores que maldirán lo que en su día pudiste hacer. Tu vida pasa mientras lees actualizaciones en Facebook que no te importan una puta mierda. Tus ojos pierden dioptrías a ritmo de clic sobre páginas que acumulan celulitis en tu muslo inferior. Tu vida corre y no te espera. Tu vida se caduca mientras dejas la juventud tirada entre personas que no compensa mirar si en realidad no te conocen. Mientras vacías la nevera sin sentido, matando el tiempo que le restas con tu amistad al colesterol. Tu vida se inmuniza de percibir lo verdadero mientras intentas escapar de ella a golpe de droga o puño cerrado. Tu tiempo se escapa mientras intentas escapar de lo que te ofrece. Y cada paso que el tiempo da, un camino más se cierra ante tus pies. Porque tienes tanto miedo de vivir tu vida, que prefieres que ella te encuentre a ti.
Porque el tiempo sólo es tuyo si lo sabes utilizar. Y el miedo es el sueño que lo acelera todo. Ya es hora de despertar.
Despierta.