Se ha ido don Francisco Bustamante. Y seguro que alguno buscará algún dato en su mente sobre un posible familiar de los de operación triunfo. Pero no. Paco es una de las decenas de personas llenas de arrugas, dolor de huesos y pastillas en el bolsillo que tengo en mi trabajo. Un taller de memoria es la excusa que encuentran para tener un sitio donde ir, sacar su cuaderno y ese niño que llevan dentro. Y encontrármelos cada día con su carpeta en la mano que no lleva el bastón, es la alegría más grande que tengo cada mañana.
Se les ilumina la cara cuando entran por la puerta. Vienen a pesar de un marido ciego que espera en casa, un luto sin cumplir o una retina a medio desprender. Los besos que me dan, aun cuando te manchan de Nivea o te raspan con sus pieles lija del 4, son como una manta de franela. Son mis niños disfrazados con arrugas. Y corregir esas láminas con letras faltas de cultura y ortografía de pequeñuelo es como un regalo bajo papel desgastado.
Después de la noticia de Paco he tenido que dar una clase mojada de tristeza. Tristeza de esa que no se seca. Tragándome el nudo en la garganta porque no me siento con derecho a sentirme mal. Y porque mi papel es rellenar los huecos que, la ausencia de Paco y sus duras vidas, van dejando cada vez más solos a los que quedan mirándome frente a mí. Y con su silla vacía, mientras les hablo de otras cosas, me planteo la sencillez de la muerte. Y me aplasta el pecho. Y mis dientes se aprietan como dejando en mi garganta la realidad de que Paco no vuelve. Y a los demás sólo nos queda echarle de menos y mirar hacia atrás.
Cuando escucho a la gente decir “yo no podría trabajar con mayores”, me da pena que se pierdan esto. Porque sentir que eres una persona importante en el último tramo de la vida de alguien no se puede explicar. Me llenan los ratos de momentos entre de Paco Martínez Soria y Muchachada Nui. Esas señoras con sus camisas estampadas, esos caramelillos que nunca te faltan, esos pañuelos sacados del escote, esas permanentes grandiosas, esos monederos sobaqueros, ese ímpetu por presentarme a sus nietos en edad de merecer… y esa filosofía vital como de cola del supermercado… me emblandece el alma.
He vuelto a mi casa y en el escritorio se me ha quedado una foto de Paco y yo. No me ha dado tiempo a dársela. Y a él no le ha dado tiempo a secuestrarme al próximo viaje del IMSERSO, como había prometido. Para colmo, el gangurrián me ha dejado el bolso lleno de trozos de romero que me trajo el otro día de su paseo por el campo… Me deja la memoria con contados recuerdos. Y aunque tengo miedo de que la imagen de su sonrisa desdentada, su palillo en la boca y sus ojos de chaval desaparezcan con el tiempo… sé que el tiempo que nos dimos nunca se podrá perder. Él hizo de los minutos que le di, algo grande. Y espero que lo sepa allí donde esté.