lunes, 31 de enero de 2011

Uno de mis mayores se va

Se ha ido don Francisco Bustamante. Y seguro que alguno buscará algún dato en su mente sobre un posible familiar de los de operación triunfo. Pero no. Paco es una de las decenas de personas llenas de arrugas, dolor de huesos y pastillas en el bolsillo que tengo en mi trabajo. Un taller de memoria es la excusa que encuentran para tener un sitio donde ir, sacar su cuaderno y ese niño que llevan dentro. Y encontrármelos cada día con su carpeta en la mano que no lleva el bastón, es la alegría más grande que tengo cada mañana.

Se les ilumina la cara cuando entran por la puerta. Vienen a pesar de un marido ciego que espera en casa, un luto sin cumplir o una retina a medio desprender. Los besos que me dan, aun cuando te manchan de Nivea o te raspan con sus pieles lija del 4, son como una manta de franela. Son mis niños disfrazados con arrugas. Y corregir esas láminas con letras faltas de cultura y ortografía de pequeñuelo es como un regalo bajo papel desgastado.

Después de la noticia de Paco he tenido que dar una clase mojada de tristeza. Tristeza de esa que no se seca. Tragándome el nudo en la garganta porque no me siento con derecho a sentirme mal. Y porque mi papel es rellenar los huecos que, la ausencia de Paco y sus duras vidas, van dejando cada vez más solos a los que quedan mirándome frente a mí. Y con su silla vacía, mientras les hablo de otras cosas, me planteo la sencillez de la muerte. Y me aplasta el pecho. Y mis dientes se aprietan como dejando en mi garganta la realidad de que Paco no vuelve. Y a los demás sólo nos queda echarle de menos y mirar hacia atrás.

Cuando escucho a la gente decir “yo no podría trabajar con mayores”, me da pena que se pierdan esto. Porque sentir que eres una persona importante en el último tramo de la vida de alguien no se puede explicar. Me llenan los ratos de momentos entre de Paco Martínez Soria y Muchachada Nui. Esas señoras con sus camisas estampadas, esos caramelillos que nunca te faltan, esos pañuelos sacados del escote, esas permanentes grandiosas, esos monederos sobaqueros, ese ímpetu por presentarme a sus nietos en edad de merecer… y esa filosofía vital como de cola del supermercado… me emblandece el alma.

He vuelto a mi casa y en el escritorio se me ha quedado una foto de Paco y yo. No me ha dado tiempo a dársela. Y a él no le ha dado tiempo a secuestrarme al próximo viaje del IMSERSO, como había prometido. Para colmo, el gangurrián me ha dejado el bolso lleno de trozos de romero que me trajo el otro día de su paseo por el campo… Me deja la memoria con contados recuerdos. Y aunque tengo miedo de que la imagen de su sonrisa desdentada, su palillo en la boca y sus ojos de chaval desaparezcan con el tiempo… sé que el tiempo que nos dimos nunca se podrá perder. Él hizo de los minutos que le di, algo grande. Y espero que lo sepa allí donde esté.

miércoles, 5 de enero de 2011

La Navidad

Las navidades son una tortura china para muchos de nosotros. Esa banda sonora del anuncio de El Almendro está diseñada específicamente para torturar psicológicamente a quienes no tenemos casa donde volver. O así lo sentimos. Los que tenemos familias  tocadas o hundidas bien lo sabemos. Y cuando llegan las fechas me toca gestionar esa sensación de ser un satélite sin planeta donde girar.

Yo en concreto, soy hija única de padres divorciados al levantar un palmo del suelo. Mi padre rehizo su vida. Mi madre la rehace cada dos por tres. Hasta mi abuelo tiene novia. Y yo voy dando tumbos de un sitio para otro en función de cómo sople el viento. Condenada por esa inestabilidad que mamé desde que comía potitos. Y en Navidad esa inestabilidad es la misma, con obligado protocolo y polvorones y mazapanes. Y sabiendo que los Reyes no existen.

Supongo que esa es la situación normal del ser humano. Estamos solos. Nacemos solos, morimos solos. Y todo lo demás son espejismos para intentar que esa realidad sea más llevadera.  La familia nos garantiza sobrevivir. Aunque sólo sea porque al principio somos muy monos y olemos bien. Nos enseñan a adaptarnos (mejor o peor) al mundo. E incluso luego nos avalan o nos vienen a buscar al calabozo si procede.

Pero no toda familia es esa que sale en los anuncios. Ni en las series de la Neox. En realidad casi ninguna. Y en Navidad esa disonancia cognitiva* se acentúa. Nos ensordecen con villancicos horteras, nos bombardean con luces paranormales, nos ciegan con envoltorios de regalo estridentes y nos avasallan con muestras de cariño familiar que, en mi caso, me dan más arcadas que una pota de risquetos. Y entonces, miramos nuestro salón, sin árbol, sin regalos, sin gente y el teléfono sin sonar y nos queremos morir del asco, sin saber porqué.

Chocar con lo que se espera de nosotros (y nuestras familias) es el día a día de esta cultura de “hagamos ver que somos felices”. Nos crían en un ir y venir de mensajes en los que ser guap@, exitos@, inteligente, sociable, hetero, cult@, casad@, con piso y con hij@s es la base de la integración. Si no, pobre de ti.

La Navidad es como una foto de familia en la que todos tienen que estar bien juntos y guapos y sonrientes y bien alimentados pero no gordos y con regalos preparados y me cago en la leche de cosas más por favor. Que si bajase el niño Jesús repartía ostias a diestro y siniestro preguntándonos qué cojones estamos haciendo.

Porque es que a mí me empiezan a temblar las piernas desde noviembre. Que ya se encarga el hilo musical del Mercadona y las luces de la calle de que no se te vaya a olvidar. Cualquiera se olvida. La madre que los parió. Y no digo más tacos que mañana vienen los Reyes Magos. Pero ahora que lo pienso a mí no me traen nada y sigo cagándome en la madre de todo lo que se menea en torno a la Navidad. Con fundamento. Y con perdón.

Mi conclusión y solución, que siempre lanzo a primeros de diciembre, es hacer un llamamiento a todos los ovnis cercanos a la Tierra, para que desde el 23 de diciembre al 7 de enero me abduzca alguno, por favor. Que pago gastos de manutención. Que no doy problemas. Que les canto villancicos y les llevo turrón si hace falta. Y que luego lo guardo en secreto. Que no llamaré a Iker Jiménez ni a Mulder y Scully. Sin shock postraumático ni nada. Lo prometo. Todo con tal de no volver a sufrir a Anne Igartiburu dando las uvas, las muñecas de Famosa, las burbujas de Freixenet, la capa de Ramón García, los intentos frustrados de que toque la lotería, el porompompero de Rafael, los niños con los petardos, la zambomba, las caras de falsa ilusión ante regalos horrendos, los disfraces de Papá Noel hasta en los que venden pañuelos en los semáforos, las sobras de comidas hasta febrero, los amigos invisibles, el Grinch y Vaya Santa Claus en TVE1, los corticoles (a no, que esto es en septiembre).