¿No tenéis momentos donde parece que despertéis de un sueño, sólo que en vez de dormidos, pasa despiertos? Yo sí. Y a veces creo que me voy a encontrar de repente a Leonardo di Caprio al lado enchufado por vena a un maletín, mientras suena “Rien de rien” de Edith Piaf. A los que no hayan visto Origen, les sonará raro. Pero creo que esto es una sensación bastante común.
Algunos filósofos defienden la idea de que el hombre en su día a día está profundamente dormido. Y así lo creo. Nos dejamos consumir por el hábito, por la normalidad de estar vivo, por la desidia de vivir por derecho. Y esa es la clave de mucha infelicidad.
Además de estar dormidos en vida, creo que esta vida forma parte de otro sueño que vivimos juntos, donde nuestra capacidad de acción es limitada y el arquitecto del sueño nos enseña a aprender. Y ahí es donde incido.
Nos creemos dueños de nuestras vidas, como ese personaje de videojuego que no sabe dónde está. Habiendo nacido en ese sueño, nos dan cierto derecho a pensar que tenemos el control de lo que pasa alrededor. Y nos dan tanto tiempo para acostumbrarnos que, cuando de repente sentimos que todo esto es más grande/imprevisible de lo que podemos imaginar, nos entra el pánico. Para no sentir ese pánico, la gente a veces vive su vida como en piloto automático. Sin pensar demasiado, sin hacerse preguntas, ni valorar la oportunidad que se le ha otorgado vivir. O sin afrontar lo inevitable de enfrentarse a morir.
Pero la vida es así, ese es el reto. Viviendo en ese universo, tenemos el desafío de no creer que dictamos las reglas. Nacemos, vivimos y morimos en el videojuego. En este sueño. En este Gran Hermano. Me pregunto ahora si la luz blanca que uno ve cuando muere no serán los flashes de las cámaras que nos siguen hasta el plató de Mercedes Milá. Sólo que, el que irá vestido de diseños raros no será ella, sino Dios. Y ese Dios será un alter ego de nuestras conciencias disfrazado con un cuerpo adaptado a nuestros ídolos y preferencias. A mi Dios seguro que le ponen un disfraz de Punset, House o de Encantador de Perros (sí, el encantador de perros).
Pues eso, que tengo total fe de que estamos en una especie de realidad paralela. No me he comido ninguna seta, ni acabo de ver Cuarto Milenio, ni soy víctima de un poltergeist, ni soy fan de Matrix. Tampoco sé si esa fe se traduce en una exacta filosofía, religión o axioma científico.
Soy consciente de que vivimos en una superficie, donde pocos son los que se atreven a profundizar. Soy consciente de que vivimos en una necesidad de control constante, que nunca llega a funcionar. Consciente de que, a pesar de decidir muchas de las cosas que nos definen, sólo somos un personaje en esta historia. Un personaje que, cuando ve irse a otro personaje, putea al guionista. Personaje que, cree que vivirá en una única historia, con un único papel. Personaje que estudia incesante las influencias teatrales que rigen su existencia. Personaje que se carga el decorado (anti-desarrollo sostenible), se inventa los finales (cual Aramís Fuster), o no aguanta la insoportable levedad del ser y se tira al río con zapatos de cemento. Un personaje que no acepta la condición de personaje.
No sé si esto es un sueño dentro de un sueño. Pero a veces siento que me despierto. Sin tótem, ni Leo di Caprio. Me despierto cuando cierro los ojos y me sigo viendo. Cuando abro un libro, cuando creo, cuando pienso que pienso. Cuando apago telecinco. Cuando corro kilómetros. Cuando me equivoco. Cuando aprendo.
Me despierto cuando me alejo de mi personaje y me encuentro. Cuando me doy cuenta de que sueño. Cuando no me importa despertar. Cuando acepto la existencia. Cuando dejo ir lo que se va. Ahí es cuando despierto. Aunque luego me vuelva a acostar.